Dolor, impotencia y miedo caminan por las calles de Santa Lucía

Por: Leonel García

Actualidad

11/11/2016 12:17

Dolor, impotencia y miedo caminan por las calles de Santa Lucía

ECOS/Leonel García

La plaza Tomás Berreta, siempre escenario de festejos, ahora lo fue de una tragedia.

Un pueblo donde hoy no se ven camisetas de Peñarol o Nacional está herido mientras el país vuelve a palpitar con el fútbol.

Una ciudad golpeada, dominada por la angustia y la impotencia. Eso es hoy Santa Lucía, Canelones. Así está luego del último 28 de setiembre. Ese fue el peor día de su historia bicentenaria, cuando un grupo de hinchas de Peñarol que festejaba el aniversario de su club fue atacado a balazos por fanáticos de Nacional que habían llegado desde Montevideo.

En Santa Lucía, una pequeña ciudad de unos 18.000 habitantes, hay un gran involucramiento de los vecinos en las actividades comunitarias, todos se conocen y se asisten, los alumnos aún tratan de usted al docente, al que saludan antes de comenzar la clase. Lo que cambió es que ya casi no se ven camisetas de Peñarol y Nacional por la calle. Hay miedo.

Esto es mucho decir. Santa Lucía siempre había sido una ciudad futbolera y bullanguera. El festejo de Peñarol cada 28 de setiembre en la céntrica plaza Tomás Berreta, sobre la esquina de Rivera y Argentina, desde ahora marcada por la peor tragedia, era un clásico. Lo mismo los 14 de mayo en la esquina opuesta, Roosevelt y Legnani, para los de Nacional. De hecho, aún quedan vestigios de las últimas pintadas en rojo, azul y blanco en muros, columnas y árboles.

Antes los profesores debían pedirles a los alumnos, casi por favor, que "no daba" que vinieran a clases con remeras y camperones de los dos grandes, más allá de que las disputas locales no pasaran de chisporroteos. Ahora los propios jóvenes temen ponerse los colores queridos.

Y hay mucho dolor. Hernán Fioritto, uno de los baleados, nunca pudo recuperarse de sus heridas y murió el viernes 4 de noviembre. Flores amarillas, blancas, rojas y violetas adornan su tumba, tapada con tierra, en el cementerio local; el mismo que en su entierro recibió una multitud pocas veces recordada.

Otro de los hinchas heridos, Sebastián Enciso, sigue peleando por su vida en el hospital Maciel de Montevideo.

“Ojalá hubiera sido un sueño”, suspira Karina Lavalleja, mientras abre su local de ropa que da a la plaza, escenario del atentado. Conoce a los Fioritto y los quiere. Nadie de la ciudad lo puede creer. A Hernán, justo a Hernán. Si bien nadie merece esa suerte, él menos que nadie, coinciden todos los vecinos entrevistados.

La selección uruguaya vuelve a la cancha por la doble fecha de las eliminatorias. La pelota vuelve a rodar en el campeonato uruguayo este fin de semana, luego de suspenderse en el anterior, justamente, por el fallecimiento del joven. Pero en Santa Lucía la tragedia sigue estando a flor de piel: “Todo el mundo habla constantemente de esto. Nadie lo puede creer. Y mi marido ya ni escucha los partidos”, dice la comerciante.

En la cola de un Abitab hay un hombre canoso, carrasposo, vestido de sport: “Esto tocó fondo. Hay que dejarse de joder con los colores”. Este local de cobranzas está en la misma esquina de Rivera y Argentina donde Hernán, que cumplió los 20 años en plena agonía, recibió un cobarde disparo por la espalda.
La esquina de Rivera y Argentina, donde pasó lo peor.
La esquina de Rivera y Argentina, donde pasó lo peor.

“Esta es una herida profunda, algo impensable acá. Un mojón de la historia, algo muy difícil de sobrellevar y el golpe más duro que recibí como vecino”, dice Raúl Estramil, alcalde reelecto de Santa Lucía.

“Esto marcó un antes y un después. Este era un pueblo bullanguero. Ahora ves tristeza y miedo”, afirma Marcelo Rabaquino, subdirector del liceo de Santa Lucía.

“Cuando se muere Hernán, todos nos morimos un poco”, escribió el vecino y rotario santalucense Omar Adi en la edición del 9 de noviembre del semanario local El Pueblo.

Al norte de la ciudad, un hombre no puede creer el calvario que le toca vivir a él y a los suyos. “Nunca pasó algo así acá. Nunca. Con mi mujer nos estamos preguntando por qué pasó esto y por qué nos tocó a nosotros…”, se pregunta, y no encuentra respuesta, Eduardo Fioritto, el padre de Hernán.

Eduardo Fioritto, padre de Hernán.
Eduardo Fioritto, padre de Hernán.


“Estoy esperando verlo salir o entrar por alguna puerta”, deja caer.

De mostrador en mostrador

El sol comienza a pegar fuerte ya en la mañana en Santa Lucía. Con Canelones a 15 kilómetros y Montevideo a 60, cerca del mediodía el escaso movimiento denota su condición de ciudad dormitorio.

Las colonias psiquiátricas Etchepare y Santín Carlos Rossi, a diez kilómetros, son la principal fuente local de trabajo. De hecho, el alcalde Estramil estima que el 70% de los funcionarios de las colonias vive en Santa Lucía. El jefe comunal estima que hay más de 40 casas de salud, reglamentadas o no. “La psiquiátrica es una industria bastante interesante acá”, se permite bromear el alcalde.

Hasta el 28 de setiembre, todo lo concerniente a las colonias era lo que más hacía figurar a Santa Lucía –una ciudad cuya fundación comenzó en 1781 y donde se construyó el primer hotel turístico que hubo en el país, el Oriental, en 1872— en los medios. No es una ciudad peligrosa. No se puede decir que quien camine de noche esté llamando a la mala suerte. Sin embargo, varios entrevistados expresaron que la pequeña ciudad no escapa a la realidad de delitos violentos y el consumo de drogas que se experimenta en todo el país.

Carlos “Pippo” Tabó es el concesionario del club 23 de Marzo, el club social de Santa Lucía, donde se baila viernes y sábado. No hubo ánimo para festejos el fin de semana pasado y los bailes estuvieron suspendidos por duelo. La barra de Hernán siempre iba ahí. “Lo que el pueblo siente es consternación. Por lo que pasó y por a quién le pasó. Esto caló hondo, es una ciudad vieja y los más jóvenes no se olvidan más”.

Tabó está detrás del mostrador de Don Pippo, el restaurante del club, en la esquina de la plaza opuesta a donde pasó lo peor. Ahí solían festejar los bolsos; en la otra punta, los manyas. Nada fuera de lo común. Desde el día terrible, en ese mostrador se sucedieron las catarsis vecinales: “qué injusticia”, “cómo cambió la sociedad”, “qué increíble que gente con estudios pueda haber hecho eso”, “al fútbol no voy más” o “el fútbol no tiene la culpa”.

“Yo soy de Peñarol. El año pasado estuve en el festejo con mi hijo de 13 años. Me pudo haber tocado a mí o a él. Hasta que no me vuelva la confianza, no lo llevo más a una cancha. Ningún color importa más que una vida”, afirma Tabó.
El año pasado estuve en el festejo con mi hijo de 13 años. Me pudo haber tocado a mí o a él.

En una ciudad dormitorio, otro mostrador, el de la compañía de transportes Copsa, es casi un confesionario. Quizá por eso, el hombre que lo atiende —vinculado al fútbol santalucense, vecino de toda la vida y conocido de todo el pueblo— prefiere no dar su identidad. Pero desarrolla un panorama del sentir actual de sus paisanos.

“Acá tenemos todos el ánimo por el piso", dice. "Nadie puede creer además que le tocara a él. Acá hay rivalidad entre hinchas, pero no pasa de eso. Cuando cumplió años Nacional hubo pintadas de todo tipo y nada más”.

Que en una ciudad que se ufanaba que todos sabían de todos y de su solidaridad, uno de los 15 hinchas de Nacional procesados por el ataque a balazos fuera de Santa Lucía es considerado como una traición a la comunidad; otro es de la vecina Canelones. “Eso te da una bronca terrible”, afirma el hombre. “De todas formas, no escuché a nadie que hablara de represalias”.

A diferencia de lo que pasó con la Asociación Uruguaya de Fútbol, la liga local, que incluye clubes de Santa Lucía, Canelones, Joanicó, El Dorado y Las Piedras, aún está suspendida por duelo y aún no se sabe si volverá a jugar. “Hay gente que me ha dicho que nunca más va a ir al fútbol. Yo que sé. Ya sé que es otra cosa, pero hoy (por el jueves) a ver la selección va a ir un mundo de gente”, dice el hombre del otro lado del mostrador de Copsa.

¿Prevenir?

La mayoría de los santalucenses ven el regreso del fútbol, luego del episodio que los enlutó, como la lógica de que el show debe continuar. “Que jueguen o no jueguen no cambia nada. La muerte no se puede arreglar”, se limita a decir Sandra Britos, secretaria del semanario local El Pueblo. “Es terrible la sensación de impotencia. Lo único que se puede hacer es prevenir”, resume.

“Se puede hacer más vigilancia, más patrullaje y más control. Pero hay cosas que son difíciles de predecir”, dice el alcalde Estramil. La postura oficial tiene su lógica: a nadie le entraba en la cabeza que un grupo de asesinos viajara 70 kilómetros, con armas de fuego, para robar banderas a los balazos. La seccional de Santa Lucía tiene poco más de 40 efectivos y ninguna experiencia en este tipo de sucesos.

Estramil no oculta su bronca por el vecino de Santa Lucía que les pasó información de un festejo. Para él, fue una entrega lisa y llana. Prefiere contar otras historias, como el héroe anónimo que en medio de la balacera que levantó a un niño de diez años que se había quedado quieto, paralizado del terror. “Lo sacó de la troya y salió corriendo”.

“No creo que la gente deje de participar en actividades comunitarias, de expresarse”, opina, desea, el alcalde. Sin embargo, hay cambios que ya son palpables. La peña Santa Lucía Mirasol, en calle Nardone, cerró de golpe luego del ataque. Nadie en la ciudad sabe a ciencia cierta los motivos, pero no es difícil imaginarlos.

Miedos.

En la puerta del liceo n° 1 Santos Rabaquino, Rodrigo Sosa, Santiago Espinoza, Nicolás C. y Franco E. (los dos últimos son menores de edad) están charlando animadamente, palpitando el fin de clases. La sonrisa se les borra si se les pregunta por la muerte de Hernán Fioritto.

Tampoco ellos lo pueden creer. En Santa Lucía, dicen, los hinchas de Peñarol y Nacional hasta ahora iban juntos al estadio. Mencionan los audios de whatsapp de presuntos barras bravas que se han filtrado, que anuncian una inminente guerra. Esa guerra ya no les es ajena pese a que, aseguran y reaseguran, ahí se conocen todos. “Pero ahora hay miedo hasta de ponerse una remera de uno de los clubes”, reconoce Rodrigo. También hay muchas dudas sobre qué pasará en el próximo cumpleaños de Nacional, el 14 de mayo.
Ahora hay miedo hasta de ponerse una remera de uno de los clubes.

El hermano de Franco era amigo de Hernán. Fue al sanatorio a verlo todos los días. La muerte de su compañero lo dejó destrozado. “A mí me gustaría saber qué vino a hacer esta gente acá, en Santa Lucía…”.

La profesora de literatura María José Olivera, que desde hace siete años da clases en Santa Lucía, nunca vio un hecho violento y celebra la buena educación de sus alumnos. La docente lamenta que, luego de la tragedia, solo se atienda lo epidérmico: “La consecuencia son daños y dolor, gente que no se va a recuperar más. Pero no se atienden las causas. Los políticos y la ‘gente del fútbol’ ataca las consecuencias, no las causas”.

Un texto que publicó en Facebook, titulado “Duelo por Santa Lucía”, habla de jóvenes consternados y angustiados, y de caras de dolor, de bronca y de miedo.

Miedo fue lo que encontró Marcelo Rabaquino, subdirector del liceo, en los jóvenes. “Se angustiaban, lloraban y no sabían por qué”. Lo que se hizo con todo el personal docente fue trabajar, clase por casa, tranquilizando a los jóvenes e inculcando conceptos perdidos en tiempos violentos: que el fútbol es un juego, que no son más que colores, que todo termina en 90 minutos, que la vida vale más que todo, que la justicia funciona.

A media voz, sufriendo un dolor de esos que hace difícil hasta respirar, Eduardo Fioritto, un padre que perdió a su hijo expresa un deseo: “Ojalá lo de Hernán sirva para generar conciencia, que esto no pase más”.