Miserables pescando en la desgracia

Por: Leonardo Haberkorn

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22/02/2019 12:52

Publicado: 22/02/2019 12:52

Escribe Leonardo Haberkorn*

El asesinato no aclarado del grafitero Felipe Cabral, de 29 años, conmovió a la sociedad y tensó el debate político.

Como tantas y tantas muertes de los últimos tiempos, la muerte de Cabral golpeó por su violencia y su sinsentido. Lo mismo que cientos de casos que se van apilando día tras día en una contabilidad trágica.

Solo en las últimas semanas hay que recordar a la comerciante de 67 años apuñalada en Toledo para robarle dos perfumes; al Ricky, que tenía dos muertes a cuestas y andaba libre, acribillado por un enemigo; a una inmigrante cubana, asesinada por su pareja; a Federico Olivera, al que mataron para robarle una moto que sus asesinos malvendieron en 500 pesos; a Nelda González, muerta de siete balazos en un tiroteo con ladrones que llevaban caretas de carnaval; al policía Javier de María, asesinado por un sicario que contrató su propio hermano; al agente John Fontes, de 39 años, muerto por rapiñeros que se llevaron su bicicleta y su mochila; al ferretero asesinado por asaltantes en su comercio de camino del Andaluz.

Uruguay, que supo ser un país tranquilo y orgulloso de su paz, tuvo en 2018 más de un homicidio por día: 382 personas muertas en forma violenta. Un homicidio cada 23 horas. Un promedio mayor que el de Argentina.

Las noticias en este campo han ido generando una especie de anestesia. Lo que antes hubiera horrorizado, hoy se toma con resignación y naturalidad.

En octubre, entre la noche de un jueves y la tarde de un viernes, ocurrieron seis homicidios en Montevideo y Canelones. Un trabajador fue asesinado en Manga, un anciano fue apuñalado por un familiar, una mujer fue degollada en Casavalle, un hombre murió baleado en la ruta Interbalnearia y dos hombres aparecieron muertos en una casa en Solymar.

Nada ya que nos asombre.

Ante el horror cotidiano de tantas vidas perdidas en un país que supo ser otra cosa, le sucede un horror menor, muy propio del estado actual de las cosas: la diferenciación entre muertos, la indignación o justificación selectiva ante la violencia, el uso de la sangre para confirmar o rebatir la ideología propia.

Si la asesinada es una mujer por su pareja, algunas pondrán el grito en el cielo.
Pero no dirán nada si la asesinada es una mujer comerciante muerta por un hombre asaltante. Algunos harán arder las redes sociales ante un comerciante asesinado, pero callarán ante cada uno de los muchos presos asesinados en las cárceles del estado uruguayo. Incluso les parecerá bien. Justo. Y pedirán más muertes de ese tipo.

Mujer u hombre; en Casavalle o en Punta Gorda; policía, chorro o trabajador; “femicidio” o “ajuste de cuentas”. Los crímenes no se condenan por su horror intrínseco, sino de acuerdo a cómo sus circunstancias o sus detalles cuadran con el esquema partidario o ideológico que se defiende.

El caso de Cabral llegó al paroxismo en este sentido.

A la tristeza de tantas muertes vanas hay que sumarle la pena que provoca ver una sociedad tan hipócrita y con una doble moral tan evidente. Y el dolor de asistir al pobre espectáculo que dan algunos políticos que se suman al coro de atraso y barbarie, alentando a las barras bravas, buscando pescar un votito con un tuit oportuno en medio de la desgracia.

Bárbaros con iphone y redes sociales.

Seremos un país civilizado el día en que cada vida valga lo mismo.

*Leonardo Haberkorn, periodista y escritor.