El día que los asesinos y "el aguante" sepultaron todos los festejos

Por: Danilo Costas

16/12/2019 15:21

El día que los asesinos y "el aguante" sepultaron todos los festejos

FocoUy

Un hincha de Nacional que festejaba el título con sus amigos fue asesinado a balazos y es producto de la peor cara de una ola de violencia.

Un balazo, dos, tres, cuatro, cinco. La gente que corre en estampida, desorientada, con las pulsaciones a mil y el instinto de supervivencia activado como una alerta. Un grito, dos gritos, cien gritos. Un cuerpo que cae, el horror que se hace carne y una emergencia que no llega. Un muerto, un herido. Una familia destrozada y un festejo que se volvió velorio.

El tirador que se escapa corriendo, cubriéndose la cara, consciente de que las cámaras de seguridad del lugar pueden captar sus movimientos.

Ya es de noche, tarde y las luces del Estadio Centenario se apagaron con los ecos de la hinchada de Nacional festejando la obtención del Campeonato Uruguayo y de la otra hinchada, la de Peñarol, largando la bronca por no poder confirmar su tan ansiado Tricampeonato.

Después de cenar en familia y en medio de ese tortuoso ritual de domingo a la noche, de poner despertador y preparar cosas para el inicio de la semana laboral, empiezan a caer los mensajes. Uno detrás del otro. "Balas, heridos, muerte, violencia". El texto no viene solo, viene acompañado de videos.

Durante los festejos del campeonato obtenido por Nacional un uruguayo fue asesinado a balazos. A sangre fría. Sin mediar palabra. Llevaba los colores de su club y estaba festejando. A su homicida no le importó, desenfundó un arma, volvió sobre sus pazos, apuntó y tiró a matar.

El fútbol es un juego maravilloso, pero algunos se empeñan en destrozarlo.

El mismo deporte, que debería ser un factor de inclusión y celebración, parió una cultura del aguante que devoró las fronteras del folclore de tribuna y se volvió un negocio millonario.

Una industria lucrativa y letal, ya que engrosó la lista de los homicidios uruguayos para revelar la peor cara de la sociedad: la de matarte por llevar una camiseta diferente a la propia. La vida no vale nada.

La frontera entre el color de cancha y los balazos es muy difusa, entre hinchadas que se reparten inflables provocativos y que entonan canciones de cancha que reivindican muertes y asesinatos. La estupidez colectiva se metió en el inconsciente y borró los límites etarios, sociales y económicos.

Quien crea que las canciones que dicen “como me voy a olvidar cuando matamos una gallina” o “mandale una al Rodri que está en el cajón” se cantan solo en el núcleo duro de las barras bravas y de los sectores vulnerados de las hinchadas, está profundamente equivocado. La canción se expande como una peste y la cantan todos, o la inmensa mayoría.

La Secretaría Nacional de Deportes le pidió a la Asociación Uruguaya de Fútbol que los árbitros pararan el juego cada vez que se escucharan estos cánticos. Sin embargo, la medida fue tan efectiva como un pelotazo al aire. Ni la AUF se comprometió con el tema ni los árbitros asumieron esa potestad como tal, salvo contadas excepciones.

El ataque a balazos contra un grupo de hinchas que celebra la victoria de su club no es nuevo y es un fenómeno que se repite.

La relación entre las barras bravas que parieron esa cultura del aguante y los sectores de poder tampoco es nueva y desnuda la peor cara de un negocio lucrativo que está pudriendo al deporte por dentro.

No se trata de los "inadaptados de siempre". Repetir eso como un mantra es una mentira grande como el Estadio Centenario y un ejercicio estéril de lavar las culpas. Los violentos están perfectamente adaptados, conocen las reglas del sistema, tienen vínculos con el poder y los utilizan para su rentabilidad.

Basta con ver como se prestan para las campañas electorales de cada club, como operan en favor de tal o cual candidato y lo que exigen a cambio de esa lealtad en los escalones de la tribuna. Entradas, dinero en efectivo, viajes al exterior. Prestarse como brazo gordo del poder político no es gratis.

Los colores, que para la mayoría de los hinchas genuinos son el dueño de sus obsesiones y sus desvelos, para otros se transformaron en la vía más rápida para hacer negocios y perpetuar roles de dominio.

¿El asesino del hincha de Nacional pertenecía a una barra brava? Ni la Policía lo sabe. Al momento de escribir esta columna el Fiscal Especializado en Homicidios, Juan Gómez, declaraba a los medios que aún no tenía confirmación sobre la identidad del tirador.

La identidad del muerto también se mantiene en reserva. Trascendió un nombre en redes sociales pero el propio señalado salió a aclarar que está vivo.

Esta confusión de nombres e identidades poco le importa a la familia de la víctima, que pasará las peores fiestas de fin de año de su vida y deberá convivir con la misma indignación e impotencia que las familias de Hernán Fioritto, Diego Posadas, Héctor Da Cunha, Pablo Montiel, Rodrigo Núñez, Rodrigo Barrios, Daniel Tosquellas, Carlos Gómez y Soledad Barrios.

Todos cayeron sin remedio por balas mortales, golpes cobardes o puñaladas arteras luego de partidos de fútbol o partidos de básquetbol. De juegos, donde la violencia gana terreno para dejar víctimas y victimarios.

Andar a balazos por la calle es violencia. Apuñalar a un rival es violencia. Golpear en patota a una hincha de otro club es violencia. Cantar canciones que celebran la muerte ajena es violencia. Golpear el vestuario de los jueces. Amenazar y pintar la casa de un árbitro es violencia.

La cultura del aguante, generada y extendida por las barras bravas, tampoco es un fenómeno que se limita al deporte y la propia evidencia deja a muchos al borde del ridículo.

"Yo creo que esa cultura no se va a erradicar, porque tiene raíces muy profundas, en término de identidad y de pertenencia. No hay barras bravas solamente en la cancha, además, también la hay en la política, donde cada vez más se quiere escuchar lo que se quiere escuchar y no al otro. Las redes sociales son un ejemplo. Hay todo un fenómeno a nivel social donde se va reagrupando la gente en esa sociedad. Y en la diversidad que todos celebramos, también genera menos tolerancia", dijo a este portal el sociólogo y especialista en el fenómeno barra-brava, Leonardo Mendiondo.

Ver rasgarse las vestiduras a políticos que hasta no hace mucho tiempo arreglaban sus diferencias a las trompadas dentro de las paredes del Parlamento no parece muy coherente.

Aprovechar la muerte para hacer política-partidaria mientras la familia llora el cuerpo aún caliente de la víctima es una muestra de miserabilidad que no viene al caso.

Estas muertes nos interpelan como sociedad y también como medios de comunicación. Los periodistas no podemos salir impunes porque amplificar determinados mensajes, darle voz y manija a los irresponsables en la batalla por el rating y justificar el "folclore" también tiene un costo. Y ese costo se paga con sangre.

Tenemos un problema y es hora de hacernos cargo.