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Opinión

11/06/2020 13:01

Por todos los desaparecidos

Por: José Antonio Fontana

El semanario Búsqueda en su última edición del jueves 28 de mayo, publica una columna titulada “La pesadilla de Joaquín” , que lleva la firma del periodista Gabriel Pereyra.

Por todos los desaparecidos

FocoUy

Publicado: 11/06/2020 13:01

Sin entrar a analizar los comentarios y meditaciones vertidos en la nota por su autor, vemos oportuno contribuir con algunas consideraciones que entendemos relevantes, a la información aportada y las conclusiones a las que arriba el columnista.

No se trata de poner en duda su derecho a expresarse y a cambiar de opinión con respecto a cualquier posición asumida con anterioridad; pero el mensaje
encriptado que al parecer conlleva esa nota, merece una especial consideración.

El tema de los detenidos-desaparecidos, ocupó un lugar destacado en la agenda de gobiernos y organizaciones no gubernamentales del extranjero durante la dictadura, a partir de las gestiones realizadas por los exiliados políticos desde el exterior. Con la vuelta de la democracia, el asunto se instaló en el país con cierta resistencia. Jorge Batlle le dio su total apoyo y lo hizo efectivo creando incluso una comisión especial a tal efecto. De allí en más y luego de quince años de gobiernos de izquierda con mayorías absolutas en el parlamento, intentando esclarecer esas angustiantes situaciones, parece haber llegado el momento de reflexionar.

Está de más señalar que la sociedad toda, y ni que hablar los familiares directos de las víctimas, mantendrán en su memoria los hechos acontecidos. Agregado al dolor por la pérdida de seres queridos está el horror de haber soportado el oprobio y las consecuencias del terrorismo de Estado. Realidad que no debe ser olvidada nunca, como forma de evitar que pueda volver a repetirse.

El golpe de Estado se produjo en Uruguay en junio de 1973. El autor del artículo de referencia rondaría por esa época los ocho años. La angustia que el describe e invade a Joaquín, su hijo de nueve años y protagonista de su historia, es perfectamente entendible. Ante hechos aberrantes y de difícil comprensión para cualquier persona, es lógico que un niño de su edad se angustie. Pero eso pudo también haberle ocurrido al autor del artículo, de manera similar, más de cuarenta años atrás. Hace mucho tiempo que Uruguay vive en una pesadilla. Por eso vale la pena revisar algunos detalles que la nota y su conclusión, parecerían omitir.

Uruguay vivió tiempos de mucha prosperidad en la primera mitad del siglo pasado. La fuerza laboral aportada por los inmigrantes, las reformas modernizadoras de Batlle y Ordóñez y el alto valor de las materias primas producidas, coincidieron en el campo fértil de un país liberal, donde la educación era gratuita y de primer nivel, hasta la universidad.

Hacia 1947, la irrupción del neobatllismo encabezado por Luis Batlle Berres, dio rienda suelta a un estatismo y populismo sin precedentes. A partir de allí, para muchos jóvenes, pasó a ser más interesante conseguir un empleo público al amparo de algún político “amigo” que aprender un oficio, seguir una carrera o trabajar en un empleo en el sector privado. Ese estigma nos persigue hasta nuestros días.

Como era lógico esperar, el Estado macro cefálico y su ineficiencia, se fueron
devorando no solo la economía sino también al espíritu emprendedor y el
entusiasmo de mucha gente. Para tener éxito en cualquier actividad, pasó a ser imprescindible estar políticamente bien relacionado. Todos los privilegios incluida la mayor o menor tolerancia frente a cualquier normativa, se repartían desde el Estado y con los amigos.

Esa situación claramente injusta, falta de ética, desalentadora y a contrapelo de la libre competencia y de la prosperidad, constituyó el terreno apropiado para que al amparo de la revolución cubana y de sus financistas de Moscú, se produjera el advenimiento de la guerrilla urbana que hizo de los más jóvenes y vulnerables, su campo de reclutamiento.

La revuelta del Mayo francés, tergiversada a su antojo por los intelectuales de
izquierda también financiados desde Rusia, colaboró con esa lamentable tarea.

La extrema izquierda ganó por diversos métodos los centros de estudio, donde los estudiantes asistían desde hogares golpeados social y económicamente por la nefasta situación creada por el neobatllismo.

El resto de la historia es bien conocido. Primero la aparición de los Tupamaros, su accionar terrorista y posterior desintegración y destrucción, en plena democracia, por métodos poco ortodoxos. Desaparecido el riesgo subversivo, el aprovechamiento forzado de la situación por parte de los militares, para alzarse con el poder y permanecer allí por 12 interminables años.

En ese contexto, en la deplorable tarea de destruir la democracia y la sociedad, tupamaros y militares contribuyeron, cada cual a su manera.

Según comenta el columnista, a su hijo Joaquín de nueve años, el pasado 20 de mayo, día de la marcha del recuerdo, algo le afectó sobremanera. Al parecer ocurrió al sentir los lúgubres “presente” que transmitidos por radio y televisión escuchaba por una ventana abierta después de la mención de cada nombre. En mi barrio y a la misma hora, un vehículo con potentes altoparlantes transmitía la misma fúnebre lista de nombres de desaparecidos, más de cuarenta años después.

Un acto cuasi teatral que, a tanto tiempo de ocurridos aquellos acontecimientos, se sustenta además, como bandera política.

Y es aquí donde es importante detenernos. Porque además de los desaparecidos cuya memoria se honra el 20 de mayo, están todos los muertos y damnificados que dejó la guerrilla en su accionar, pasando por inocentes policías y soldados, secuestros y asesinatos, explosiones que no contemplaban consecuencias y muchos daños más.

Y están también los otros desaparecidos nunca nombrados. Los desaparecidos anónimos. Aquellos que, perdiendo el esfuerzo de generaciones en el país, vendieron lo que tenían como pudieron y se exiliaron por causa de los Tupamaros primero y de la dictadura después. Cualquiera de las dos alternativas garantizaba la pérdida de la libertad y el terrorismo de Estado.

Eran orientales libres y no aceptaban como opción la opresión denigrante, viniera de quien viniera.

Muchos de esos miles y miles de uruguayos que no estaban en ninguno de los
bandos en disputa, se desarraigaron para siempre. Vidas y familias fueron
destruidas. Muchos murieron anónimamente y en tierras extrañas.

Ellos también son desaparecidos de este país y merecedores de homenajes.

Los obligó a exiliarse el terrorismo; pero nunca participaron en acciones contra la democracia, ni eligieron la opción política que los organizadores de estas proclamas pregonan.

Por esa razón, sus nombres no integran la lista.

El terrorismo de Estado es una aberración imperdonable que no puede volver a repetirse.

Es bueno tenerlo claro dado que hoy, en Cuba, Nicaragua y Venezuela y con total desparpajo, no solo se aplica, sino que se hace con la aceptación y hasta el beneplácito de muchos de los que en Uruguay marchan cada 20 de mayo. Y ese oprobio que ya cumple más de sesenta años, amenaza con extenderse a la
región.

La sensibilidad de Joaquín es sagrada. Lo es la de todos los niños y adolescentes, que tienen además todo el derecho a preguntar e informarse de toda la verdad a través de sus progenitores y maestros, en relación con los acontecimientos del presente y del pasado, para construir su futuro.

En la información y consejos entregadas por sus mentores, deberían afirmarse su confianza y seguridad en vez de su angustia.

Tal vez la mejor manera de evitar las pesadillas sea crecer sin herencias de odios ni rencores, sabiéndose integrantes de una sociedad justa, positiva y armónica, que busca asegurar la convivencia en paz.

Por todos nosotros, pero muy especialmente por esos niños y jóvenes, parece
haber llegado el tiempo de dar vuelta la página y de cerrar el capítulo.

De eso, el Uruguay ha tenido una larga, reiterada y efectiva cadena de
experiencias, a lo largo de su corta y agitada historia.

Esta vez, no tendría por qué ser diferente.