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Editorial

23/06/2020 22:07

“Ladrón o no ladrón, queremos a Perón”

El venezolano Carlos Rangel, en su libro “Del Buen Salvaje al Buen
Revolucionario”, comenta en referencia al peronismo desarrollado en los años
cincuenta, lo siguiente: “Juan Domingo Perón asumió el control de la Argentina en un momento cuando ese país había acumulado un excedente de recursos y de reservas monetarias, por exportaciones en brusco ascenso (…) Los sectores recreadores de riqueza de esa economía, que seguían (y siguen)
siendo básicamente las actividades agropecuarias, fueron castigados con
severos gravámenes (en la peor tradición mercantilista hispánica) para
financiar el aumento en los salarios reales de los trabajadores industriales y a
la vez un descabellado proyecto de autarquía industrial. En general toda la
estructura costos-precios de la economía fue trastornada artificialmente para dar satisfacciones inmediatas, psicológicas y materiales, a los
‘descamisados’…”

Como si el tiempo no hubiera transcurrido, el análisis anterior podría aplicarse, a grandes rasgos, para definir la línea política y económica que orienta en la actualidad al gobierno de Alberto Fernández, setenta años después y sin excedente alguno.

“…el ‘Justicialismo’… tuvo desde siempre, como todo fascismo, ánimo
represivo, cursi, oscurantista.”- alega Rangel en la obra citada.

En 2008, la entonces presidente y hoy vicepresidente Cristina Kirchner, se
refirió a los productores rurales que ocupaban las rutas en reclamo por una
reducción de la presión fiscal que les permitiera sostenerse, con una frase que
se volvió famosa: "En nombre de la Constitución y de las leyes, liberen las rutas y dejen que los argentinos volvamos a producir y trabajar".

Irónicamente, al mismo tiempo, piqueteros argentinos impedían el paso
vehicular por los puentes internacionales que unen a ese país con Uruguay. La
excusa alegada para mantener el bloqueo, era la instalación por razones
“ambientales”, de la primera planta de celulosa en territorio uruguayo, que
Argentina había pretendido instalar en su territorio sin éxito. Bajo la misma
Constitución y las mismas leyes aludidas en su discurso, el gobierno de
Cristina Fernández, al igual que el de su antecesor, su marido, Néstor Kirchner, toleraba y de hecho respaldaba, la insólita medida.

Formada desde un principio en las prácticas mercantilistas coloniales, dos
siglos de independencia no alcanzaron para cambiar la forma de razonar de
muchos representantes y representados en Latinoamérica. La mentira está
instalada y la promesa fácil, alimentada por una ambición de poder y corrupción sin límites, han degradado la democracia y la región, hasta niveles de asombro.

En setiembre de 1955, un golpe de estado terminó con el gobierno peronista
de la época.

Recuerda Rangel en su libro que “…los ‘descamisados’ hicieron algunas
débiles manifestaciones a favor del dictador derrocado. Su consigna era
lamentable: ‘Ladrón o no ladrón, queremos a Perón’ “