Empresario metalúrgico: "Al Estado solo le importa cobrarnos"

Publicado: 24/06/2017 15:58 | Actualizado:
Empresario metalúrgico: "Al Estado solo le importa cobrarnos"
Presidencia

Empresarios y trabajadores del sector afrontan la contracción de la industria manufacturera. Cierran fábricas y crece la desocupación.

“Este país no está armado para el desarrollo industrial, y si no mire lo que pasó con Fumaya: no hay ninguna empresa que haya apostado más a la industria que ellos”. Al otro lado del teléfono el malestar del empresario Carlos Olmedo es evidente. “A Daniel (Aliskevich, director de la compañía) lo conozco desde hace 40 años; se jugó cuatro o cinco millones de dólares para hacer una fábrica modelo que hoy tuvo que cerrar”.

Olmedo (65), gerente general de la empresa metalúrgica Tecmec, dedicado “a estar detrás de los fierros” desde los 14 años, como él se define, asegura estar “involucrado emocionalmente” con el cese de la producción de esa compañía porque la decisión que tomó, “lógica, dadas las circunstancias” de altos costos y baja competitividad ante los productos importados con mejores precios, para él se trató de una “renuncia” que no quiere afrontar para su empresa.

“Si no fuéramos optimistas –dice–, ya habríamos cerrado hace mucho tiempo”.

La frustración y perseverancia de Olmedo, explica Gabriel Murara, vicepresidente de la Cámara de Industria, o el cierre de fábricas históricas como Fumaya, son dos situaciones muy frecuentes, no solo en el sector metalúrgico sino en toda el área de la industria manufacturera, que transita por “uno de los peores momentos de su historia”.

Es que es muy difícil hacer frente, por una lado, a los altos costos internos, y por el otro, a la competencia desleal que ofrecen países poderosos.

“Si el gobierno hubiera cumplido con el rango meta de un 80% de inflación para estos últimos 12 años –dice Murara–, y no hubiera permitido que se elevara a 145%, el panorama de hoy sería muy distinto”. El corolario, añade, serían tarifas públicas y salarios más bajos –“los sueldos subieron muchísimo”– y, ergo, mejor competitividad. Y además, de ese modo, las variaciones del precio del dólar no afectarían tanto como ahora.

Y luego, la competencia –injusta, desleal– muy difícil de empardar que representa, por ejemplo, China, el coloso de la industria manufacturera por excelencia, donde la legislación laboral dista mucho de la uruguaya, permitiendo jornadas de trabajo que superan la de ocho horas.

“Y además no tienen ninguna restricción medioambiental como tenemos nosotros”, recuerda el vicepresidente de la Cámara, lo que permite una producción mucho más eficiente. Por eso el reclamo por más protección a la industria local: “¿Cómo puede ser –dice– que haya el mismo arancel para los productos que provienen de países así?”.

Pero para imponer un recargo especial para los artículos chinos, por ejemplo, se necesitaría de una voluntad política “que muchos tienen miedo de asumir”. ¿La razón? Muy simple, dice. “El comercio con China es importantísimo para este país. Cualquier restricción a sus exportaciones nos traería represalias”.

Desocupación y reinserción

Según datos de la Cámara, de los 11 mil trabajadores que había en 2015, se redujeron a ocho mil en 2016, y hoy deben ser menos aún, se asegura, aunque todavía no haya datos oficiales para 2017.

Pero además, hay otro problema: la dificultad en la reinserción en la misma rama, agravada por la contradicción paradójica de que a la contracción de la industria se le agrega una masa de trabajadores que en los últimos años –y debido a cierto repunte coyuntural que reportó la actividad entre 2010 y 2014– ha aumentado tanto en número y como en capacitación.

La instrucción fue brindada gracias a convenios acordados por los distintos sindicatos con el directorio de Ancap y otras compañías privadas, tras los cuales se les les ofreció formación en distintos áreas, como en soldadura, cañerías, montaje y obra civil, cuenta Danilo Dárdano, secretario de política industrial de la Unión Nacional de Trabajadores del Metal y de Ramas Afines.

Pero ahora, ese “enorme ejército de reserva” afronta un desempleo y una estabilidad que crece cada año. “El desafío del país es resolver dónde posicionarnos, porque ya casi no quedan fábricas históricas”, dice el sindicalista.

El mejor escenario laboral es al mismo tiempo el más incierto: “Subirse a los barcos para hacerles mantenimiento y reparaciones, con contratos que nunca superan los dos meses”.

Otra opción es que sean contratados en obras de montaje industrial, como fue el caso de la construcción de las plantas de celulosa de UPM y Montes del Plata, pero los contratos también están supeditados a una duración determinada, que son los tiempos de las obras.

“Aquello de trabajar toda una vida en una misma empresa hasta jubilarse pertenece al pasado; hoy, con suerte, si ingresamos a la planilla de una planta metalúrgica podemos planificar un empleo seguro por 20 años, pero eso en el mejor de los casos”, lamenta.

“La mayoría de ellos –agrega, con pesar, Gabriel Murara–, con excelente capacitación industrial específica, termina trabajando en deliverys. Esa es la realidad”.

Pesimismo

A la industria nacional solo le quedan dos caminos: producir reduciendo cada vez más el valor agregado, ya que cuanto más elaborada es la producción más alto es el costo país y el riesgo al quiebre, o directamente cesar la actividad.

"El futuro no es para nada halagüeño", afirma Murara, quien asegura que Fumaya cerró su planta –dejando a cerca de 20 empleados en la calle– para evitar fundirse.

Y otros tienen “más espalda”, bajan la cabeza y siguen luchando, como es el caso de Tecmec, que pasó de tener 47 empleados hace tres años a 16 en la actualidad. “No tenemos más gerentes, ya no hay capataces, y yo tengo que trabajar 12 horas por día a mis 65 años… luchamos para sobrevivir”, se queja Olmedo, a cargo de una empresa que, por lo pronto, planifica hacerse cargo de parte de la producción de Fumaya y mantener así su marca en el mercado –los directivos de esta compañía no quisieron hacer declaraciones para esta nota–.

“Al Estado no le importa nuestra situación –dice el gerente–. Pregunto: ¿alguien del Ministerio de Industria, Energía y Minería fue a visitar la planta de Fumaya para manifestar su preocupación? No, nadie. A ellos solo les importa cobrarnos”.