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Actualidad

8/03/2017 23:46

Bastante más que un puñadito

Por: César Bianchi

Diez cuadras de un universo variopinto de mujeres reivindicaron desde abortar libremente a vestirse con calzas. Y pedían que no las maten.

Bastante más que un puñadito

Federico Montero

A las 21 horas un grupo de mujeres feministas terminó su lectura coral de una larga plataforma de género que fue celebrada con cánticos y griteríos futboleros. Fue entonces cuando una de las coordinadoras, Lilián Abracinskas de Mujer y Salud Uruguay, estimó que la cantidad de mujeres que vio marchar duplicaba largamente la marcha del 8 de marzo de 1989 cuando fueron 20.000 . Para ella, de hecho, eran casi 50.000 mujeres (y unos cuántos hombres y niños) marchando por 18 de Julio, a lo largo de más de 10 cuadras.

Pero para ECOS comenzó con un puñadito. Mejor dicho, con Las Puñadito, un grupo sui generis que se formó casi sin querer y por Twitter para contestarle al intendente de Durazno, que el 27 de enero dijo que el sistema político se dejaba dominar por "un puñadito de mujeres" argumentando así por qué estaba en contra de prorrogar la ley de cuotas para parlamentarias.

La veintena de mujeres que a las 17.30 estaban en Plaza Fabini con remeras negras y la leyenda #LasPuñadito eran, de alguna forma, la materialización de una respuesta enérgica y feminista a la frase de Carmelo Vidalín.

Claudia Olivera, militante de la comisión de género del Frente Amplio, se indignó en el escenario virtual tras leer a Vidalín y medio en broma medio en serio propuso la idea de formar #Las Punadito en Twitter, que censura las eñes. Empezó a tuitear con Susana, con Mariela, y vio cómo se sumaban dirigentes de otros partidos, como la colorada Patricia Soria o la nacionalista Beatriz Argimón. Ese primer día de abierta la cuenta fueron trending topic y enseguida abrieron cuenta en Facebook.

Lo que empezó con una ironía dirigida al intendente Vidalín terminó en una reunión, hace dos semanas, en Cotidiano Mujer. Hoy el núcleo duro de Las Puñadito son 50 mujeres, más miles que siguen sus planteos por los derechos de la mujer en redes sociales. Entre un montón de activistas sin nombres famosos, aparecieron con la remera la directora del Consejo de Educación Secundaria, Celsa Puente, y la senadora frentista Margarita Percovich.

Puente dijo a ECOS que quiso sumarse para visibilizar los reclamos de las mujeres, y para contestarle a Vidalín. "Como que quedó eso de 'puñadito de mujeres dominantes, como si fuéramos un grupo de mujeres alocadas que queremos apropiarnos de lo que no nos corresponde. Somos personas, y no queremos subordinar a nadie, porque nunca haríamos lo que nos hacen", dijo la directora de Secundaria. Que, además, confesó que a ella le gusta la ironía como reacción.

Mientras Las Puñadito iban sumando adherentes en la Plaza del Entrevero, un par de añosas mujeres desprejuiciadas bailaban tangos entre sí. El bandoneón marcaba el ritmo del 2x4 y las mujeres improvisaban. Susana Acosta, de 67 años, morena, bailaba bien apretada a María del Carmen González, de 74. Se conocieron hace meses en esa misma plaza, a donde fueron a ver cómo parejas bailaban. Hasta que por falta de hombres decidieron ponerse a bailar tango, el género musical más machista de la historia (cabeza a cabeza con el reggaetón). "¡Es que hay pocos hombres! Se mueren más los hombres, ¿viste? Y como una vez discriminaron una pareja del mismo sexo por ponerse a bailar acá, decidimos protestar haciéndolo", explicó Acosta, quien dijo que tras un par de cortes y quebradas, se sumaría a la marcha.

Sobre las 18, cuando cada vez más hordas de mujeres se sumaban a la manifestación y ya predominaban los colores negro y violeta, Las Puñadito entonaron uno de sus hits amenazantes: "Carmelo, ojito, ¡vienen Las Puñadito!", lo que ruborizó a la senadora Verónica Alonso, correligionaria del destinatario del cántico, que apenas esbozó una sonrisa después que una agitó sus manos y agregó: "¡Temblá Carmelo, temblá!"

Pasadas las 18.20, gremios como Fuecys, APU, el Sindicato de Trabajadores de la Industria Química, Fucvam y la Federación Uruguaya de la Salud, entre otros, ya decían presente en la marcha. Y las consignas que se repetían en carteles y pancartas fueron varias: desde la defensa a la ley de la Salud Sexual y Reproductiva hasta las elocuentes banderas multicolores del colectivo LGBT o consignas por la justicia medioambiental que pedía "Justicia para Berta" en alusión a Berta Cáceres, una mujer hondureña, líder indígena, feminista y activista medioambiental asesinada el año pasado.

La marcha dio para todo tipo de consignas, pero todas tenían como objeto de derechos a la mujer. Y si en los días previos al 8 de marzo alguna activista dijo que no había nada que festejar, a juzgar por lo visto en la noche del miércoles, le erró. La inusitada convocatoria tuvo mucho de celebración. A diferencia de la silenciosa Marcha por los Desaparecidos, la del 8M de 2017 tuvo un tono festivo inocultable, a pesar de los tristes motivos que la justifican. Que se entienda: saltaban y se abrazaban, lloraban emocionadas, cantaban cánticos de tribuna, tiraban gases de colores, bailaban al ritmo de las cuerdas de tambores La Melaza y La Roma. Reclamaron, exigieron, pero lo vivieron como una fiesta.

No, no más, no matan...

Mujeres altas, petisas, rubias, morochas, pelirrojas, flacas, gordas, lindas y feas, heterosexuales y homosexuales que se mostraban de la mano y sin pudor, otras con la cara pintada de violeta, con muslos tatuados, con el símbolo de la mujer en las mejillas, con remeras que decían "Ni una menos". Mujeres recién salidas de la oficina, mujeres punks, anarcas, obreras, y hasta representativas de todo el sistema político, mujeres de clase alta, media y baja. Mujeres que acataron el paro y otras que no se animaron a faltar a su trabajo, por miedo. Mujeres que por no querer volver a su casa con miedo, fueron.

Una adolescente caminaba entre la gente con pasos de mujer determinada. Parecía, por la forma de caminar, de esas féminas que no andan por la vida pidiendo permiso. Pero Ianla Rivera, de 16 años, se quedó callada cuando le pregunté por qué lucía una remera que decía "Puta feminista". Se echó a reír y no le salían las palabras. Por suerte la auxilió su amiga Natalia Quevedo, de 19: en rigor, la dueña de la remera. Dijo que había escrito ese mensaje en su remera para resignificar el vocablo "puta". "Si puta es vestirme como se me canta, tener sexo con quien yo quiero y sentirme libre, entonces somos putas", dijo muy convencida.

Entre parejas con el mate y el termo o chicas fumando porro llegó José Mujica con Lucía Topolansky para opacar a José Bayardi, Marina Arismendi, Ana Olivera, Henry Engler o Enrique Pintado, que también se mezclaron entre la gente. A Pepe y Lucía se les complicó el trayecto, de tanto cariño traducido en selfies.

Pablo vendía choripanes y hamburguesas a 70 pesos frente a la explanada de la Facultad de Derecho. Pensaba poner su carrito en la Plaza Fabini, pero se dio cuenta que le sería más redituable al lado de donde estaba previsto leerse la proclama final. No perdió tiempo en pedir permiso para vender los choris: sencillamente a las 19 se apostó allí y empezó a vender.

Al lado, en la fachada de la Biblioteca Nacional, Cervantes y Sócrates habían sido ataviados para la ocasión con túnicas o bufandas color violeta, porque alguien no quiso que se quedaran afuera de la movilización. Es más, el auto del Quijote tenía a sus pies un cartel pintado a mano que decía: "Saquen sus rosarios de nuestros ovarios".

Era uno de los centenares de carteles que emitieron mensajes en la noche del miércoles. Algunos de ellos decían, reclamaban, exigían: "Yo quiero elegir las manos que me tocan", "La primera igualdad es la equidad. Víctor Hugo", "Mi ex me dijo que usaba calzas para provocar", "Justicia ambiental: lucha antipatriarcal", "No somos una alternativa, somos una revolución" o "Vivas y furiosas contra el patriarcado y el capital que nos oprime". Otro, que le daba un mentís al uso del masculino como generalizador de ambos sexos, decía elocuente: "Seres humanas".

Karina militaba quieta con su perro yorkshire Felipe en una vereda. Lo curioso es que Felipe tenía un penacho pintado de violeta con tintas de maquillaje. Como Sócrates y Cervantes, el perrito no quiso quedarse fuera de la protesta feminista. Karina, en tanto, dijo que su gremio, Ademu, no se sumó al paro. "Algunas docentes sencillamente no fueron a trabajar y se les descontó el jornal, como si hubieran faltado sin un motivo" , se lamentó.

Otra maestra, Lucía Pereira -me dice que es mi tía por parte de madre-, no pudo dejar de ir a dar clase a la escuela 92. En cambio su amiga Nancy Bertullo, que trabaja en el Inau, faltó. "Sentía que tenía que ser así", dice.

Calcular las mujeres que adhirieron al paro internacional de actividades remuneradas o no es una tarea tan difícil como calcular cuánta gente fue a la marcha.

Carla, una mujer que sostenía un cartel con la fecha y los nombres de los últimos femicidios de 2016 y 2017, sí faltó a trabajar el miércoles. En realidad, era su día franco en la Médica Uruguaya, pero como ya habían arreglado con sus colegas enfermeras, ninguna iría a trabajar. "Si no hubiera sido mi día libre, no iba a ir", dijo resuelta.

Las amigas Romina y Valentina, en cambio, no pensaron igual. La primera tiene una clínica estética y dice que "por necesidad" fue a trabajar, la segunda no tiene empleo, pero dice que si lo tuviera, no hubiera faltado. Para manifestarse, les basta con asistir a la marcha.

Proclama final

Sobre las 20.30, una variedad de sensibilidades femeninas (y de hombres que las apoyan) esperaba la lectura de la proclama frente a la Facultad de Derecho, que tenía un enorme telón que decía "IGUALDAD 8 DE MARZO". Dejaron un espacio libre en la calle, como un hueco como los que hacen en un recital para el pogo o la Amsterdam para que ahí vaya la barra brava. El lugar libre en el medio de 18 era para que La Melaza le pusiera música de tambores a la espera.

Sobre las 20.45 un colectivo representativo de distintas organizaciones feministas dio lectura a la proclama, que había sido repartida como folleto durante la movilización. La lectura tuvo puntos altos, interrumpidos por vítores y griterío de estadios, cuando dijeron al unísono: "¡Paramos y estamos juntas, en alerta y en las calles una vez más!" o como cuando gritaron: "¡Tocan a una, tocan a todas!"

El acto masivo terminó cuando se leyó: "Nosotras, que creemos en nuestra fuerza colectiva, gritamos fuerte para que se sumen otras, muchas otras. Nosotras seguimos con el puño en alto y la dignidad rebelde". Estaba claro: el hombre machista y abusador de su supremacía física era el enemigo declarado. Y ellas no son ningún puñadito.