Una uruguaya con 107 años de historias que contar

Publicado: 31/01/2017 07:10
Una uruguaya con 107 años de historias que contar
Tessa García

Apenas fue a la escuela. Comenzó a trabajar a los 6 años, en la casa de una familia rica donde le pegaban.

por Tessa García

En el corazón de La Unión hay un residencial de ancianos bastante humilde pero limpio y con sus paredes pintadas de colores. También hay plantas y adornos familiares. Llegué sin avisar y me alegró ver todo pulcro y ordenado, con los residentes sentados en sillones, uno al lado del otro y en una mesa de comedor. Todos en silencio hablaban consigo mismos, tal como sucede en la mayoría de los geriátricos, parpadeaban, contemplaban y hacían pasar el tiempo.

Una de las viejitas está sentada en una esquina con un semblante apacible. Es María Antonia Romero Pais, una mujer agradable, con un suave olor a flores y ojos celestes bien claros. El 8 de enero cumplió 107 años, aun con su mente lúcida.

- Nací en 1910 cerca de la costa del Tala, a los dos días mamá me llevó para San Ramón. Dios me ha alargado la vida, por algo será. Yo tenía cinco hermanos y ahora estoy sola. Me siento acá y me pongo a pensar cómo los perdí a todos, también a mi madre y a mi padre. Me quedaron los hijos que vienen a verme cuando pueden, uno está en Australia. Mi hija, que tiene 80 años, viene a tomar mate todas las mañanas y se va. La ves y parece una muchacha joven, no tiene arrugas. Y mírame a mí tampoco tengo arrugas, nunca tuve y no voy a tener ahora.

- ¿Qué recuerdos tiene de su niñez?

- Cuando tenía 6 años me llevaron a Chamizo (nota: localidad en el departamento de Florida) a acompañar a una señora. Pero cuando llegué me hacían lavar pisos y me pusieron a cocinar. Yo era muy chica y no sabía hacer nada, tuve que aprender a lavar y cocinar. La primer comida que hice fue un guiso de porotos colorados. Pasé muchas ahí, la señorita era tan mala que me agarraba de las orejas o del pelo si algo no quedaba bien. Yo lloraba y me quería volver a casa. Tuve que aguantar hasta los 10 años. Me llevaban muy poco a pasear para ver a mamá. Un día mamá me preguntó si me quería ir con ella y le dije: "mamá, siempre me quise ir". Me empezaron a pagar 15 pesos a lo último, cocinaba, hacía todo y planchaba la ropa de la casa.

- ¿Pero qué era? ¿Una casa de familia?

- Sí, eran seis, dos mujeres, dos varones, el señor y la señora. La señora se murió estando yo ahí. La hija mayor era mala, me pegaba, me tiraba del pelo, ni me quiero acordar, ahí pasé una vida negra. Era en Chamizo para adentro, puro campo, una familia de mucha plata.

- ¿Y su madre por qué la dejó allí?

- Mamá trabajaba, pobrecita, y había perdido a papá. Nunca había trabajado y tuvo que empezar cuando quedó viuda. Lavaba ropa. No me podía mantener a mí y a mis hermanos. Pero me sacó de ahí.

- ¿Qué pasó cuando cumplió 10 años?

- Me llevaron de nuevo para San Ramón con mamá. Había una señora vecina de mamá y ella manejaba a mamá y le habló del coronel Luis Galarza -porque ella les lavaba todo-. Le dijo a mamá que me mandaran a lo del coronel que me iban a criar bien. Bien jorobada. Y me mandaron a lo del coronel Galarza. Tenía que hervirle tres huevos de noche para que él cenara y rezar un padre nuestro mientras hervía la caldera para que estuvieran a punto. Yo rezaba y las lágrimas me corrían, quería irme. Empecé a no comer nada para que me llevaran de nuevo a casa. Le tenía miedo a Galarza, yo veía como le pegaba a un negrito esclavo que tenía y se pasaba de la cuenta, yo no podía ver que le pegara así. Él era un hombre malo, tenía poder. La casa está todavía, la odio, no la puedo mirar. Él tenía plata y yo no tenía nada. Pasé de todo, no te puedo decir que pasé una niñez linda. Después que fui grande aprendí a defenderme, pero de chica no tenía quien me defienda... Ahora nadie me ataca, con la edad que tengo...

- ¿Nunca sintió rabia con su madre?

- Yo la adoraba. Mi madre no podía hacer más que lo que hacía. Tenía que mantener a mis cuatro hermanos, un platito más podría haber... pero esa vecina la enloquecía.

- ¿Después que volvió a lo de su madre cómo siguió su vida?

- Teníamos que aguantar las borracheras de mi padre, que no traía plata. No era violento pero se gastaba todo con los amigos chupeteando. Un día vendió todo engañado. Yo la veía a mamá con los vestidos desgreñados y se ponía el saco de papá. Vi mucha pobreza. Ahí me llevaron a cuidar a mi abuela, en campaña. Nunca me gustó la campaña. Mi abuela no me gustaba nada, era muy rezongona, no me agradaba. Ella me mandaba a juntar viruta para prender el carbón y yo me quedaba jugando, me olvidaba, andaba con la bolsa vacía.

- ¿Cuándo mejoró su vida?

- Cuando me casé. Me fui a vivir a la casa de mi suegro y después se murieron mi suegro y suegra. Yo lo que hacía era trabajar, nunca me faltaba el trabajo. Cobraba muy barato, no sabía cobrar, no sabía nada. No tenía a quién preguntarle. Cobraba baratísimo y todos me llamaban, seguro nunca me faltaba el trabajo. ¿Tú tenés mamá?

- Sí.

- Que Dios te la conserve, que Dios te la ayude y te la tenga toda la vida. Yo el otro día decía ‘ay qué falta me hace mamá’. A toda hora estaba dispuesta mamá.

- ¿Cómo es su alimentación? ¿Será eso lo que la mantiene tan sana?

- Todos me preguntan, pero no sé. Primero tomo mate y después leche. Toda mi vida tomé leche, a veces con gofio, a veces con pan. Y me gustaba leche con café, cuando tenía.

- ¿Qué le parece la compañía? (señalando a los demás habitantes del residencial) ¿Hablan mucho entre ustedes?

- No, no hablan nada, les hablás y no te contestan, ya estoy acostumbrada.

- ¿Cómo es un día suyo hoy?

- Ahora no hago nada, me quebré la cadera o no sé qué y quedé media inútil. Hasta hace poco me hacía la cama, todavía si tuviera necesidad lo haría, me visto también pero me ayudan. Yo trabajé hasta hace pocos años de lavandera y planchadora de ropa con almidón. Mirá las manos cómo las tengo.

- ¿Cuáles fueron los días más felices de su vida?

- Cuando me casé con mi novio Artemio López. Lo conocí en el pueblo, él era un niño todavía, repartía bebidas, recién se ponía pantalones largos.

- ¿Siempre se llevaron bien?

- Siempre, siempre, yo lo peleaba a veces cuando él tomaba, pero ¿quién le hacía dejar la bebida? Nadie. Tomaba de todo. Vivía borracho. Yo lo sabía. A mí me dijeron "no te casés con él, mirá que el Toto es borracho". Yo lo quería, lo adoraba. Él me cuidaba mucho, pero no me daba plata: tenía que trabajar yo. Todavía lo extraño, me hace falta, si él estuviera vivo yo no estaría acá.

- ¿Cómo era la vida con su marido?

- Yo trabajaba en mi casa, planchaba de noche y de día secaba la ropa. Vivíamos de eso, mucho más que lo que traía mi marido, porque él tomaba mucho. Él me ayudaba a cuidar a los niños, sino no podía planchar, que me pedían a tal hora la ropa y yo tenía que entregarla. La ropa de almidón cuesta mucho planchar, sábanas, fundas, ropa de cama, camisas, les daba lustre a los cuellos. Cuando mi marido se murió me dejó la pensión. Y yo seguí trabajando, lavaba pisos y vidrios. Había un jardinero ahí cerca que me daba los trajes y yo le cobraba 100 pesos por lavarlos, qué boba que era, por plancharlo y entregárselo pronto para que se lo ponga.

- ¿Cómo fueron las relaciones sexuales con él?

- Estaba bien, andaba bien. No me hacía mucha gracia en ocasiones, pero yo tenía que hacerle caso, era mi marido.

- ¿Le gustaba ser madre?

- Y sí, estaba enloquecida con mis hijos. Tres varones y una mujer.

- ¿Y su trabajo?

- No, me cansaba mucho y además con los chiquilines era bravo. Aprendí a planchar porque me gustaba, pero no sabía que iba a ser tan pesado, lavaba de día y planchaba de noche, me quedé medio ciega. Traje un planchón que llevaba carbón y mi marido me compró una plancha eléctrica. Con ella me defendía mejor.

- ¿Fue a la escuela?

- Muy poco, hasta los 6 años, en San Ramón. Papá me llevaba a caballo. Pero aprendí a leer de grande.


- ¿Y ahora qué es lo que más le gusta hacer?

- Cuando vienen mis hijos me quedo contenta. Ahora no tengo mucho para ver. Cuando veía, estudiaba mucho la Biblia.

-¿Es religiosa?

-Sí, testigo de Jehová. Desde hace como 40 años, ellos iban a casa de a dos, comían en casa, todo. Aprendí y empecé a ir al salón del Reino. Yo iba porque creía en Dios y en Jesús. Tocaban timbre y se metían para adentro.

-¿Sigue rezando?

-Sí, cuando me acuesto. Le agradezco a Dios todo lo que me da, la vida. Mis hijos, le pido que no me falten ellos.