Gerardo Sotelo: "El Che Guevara era un criminal con todas las letras"

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29/01/2017 07:41

Gerardo Sotelo: "El Che Guevara era un criminal con todas las letras"

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Optimista, de buen humor, con un pasado de credenciales izquierdistas, Gerardo Sotelo repasa su carrera y los ideales que la impulsan.

por Leonardo Haberkorn

-Has trabajado en todo tipo de medio de prensa…

-Sí, menos en agencias.

-Si tuvieras que elegir el que más te gusta, ¿cuál sería?

-Lo que me hace sentir más auténtico y más gratificado es escribir. También es lo que menos paga, lo cual es curioso porque la palabra escrita te genera un compromiso mayor, una responsabilidad agregada, porque perdura inalterable.

-¿Siempre supiste que ibas a ser periodista?

-Siempre tuve una fascinación íntima, familiar y personal, por los medios. No el deslumbramiento del mundo del espectáculo…

-No la fama.

-¡No! Mi padre era obrero gráfico, en una época en la que los diarios eran muy importantes. Mi tío también. Y los obreros gráficos en esa época eran como una aristocracia de la clase obrera, por estar en contacto con la literatura, con el pensamiento escrito. A mí los diarios me llamaban mucho la atención desde chico. Y también la radio. Además, desde muy niño a la gente le llamaba la atención mi voz, que era más o menos como la que tengo ahora pero a los 10 años (se ríe). Todo el mundo me decía, qué linda voz para la radio.

-¿Eras el presentador en las fiestas de la escuela?

-Sí, a pesar de una cosa muy curiosa: yo era muy tímido. Cuando estaba en sexto, iba a la escuela Venezuela, un edificio enorme que había sido del colegio Alemán hasta la guerra. Y las maestras me eligieron para ser presentador, delante de todos los padres, maestras, compañeros. Y yo tenía 11 años. ¡Me acuerdo de la ropa que tenía puesta debajo de la túnica! Lo hice con muchos nervios, pero con una gran solvencia, según dijeron. Esos nervios me duraron hasta hace muy poco.

-No parece.

-Sí, sobre todo cuando me contratan para hacer de presentador, un trabajo que hasta hoy si pudiera no hacerlo, no lo haría. Pero al revés de escribir, se paga muy bien.

-¿Tu padre y tu tío, obreros, eran militantes sindicales?

-Sí. Mi padre trabajaba en la imprenta de la UTE y era delegado. Eso me marcó mucho porque coincidió con la crisis política del 68 al 73. Mi padre estuvo militarizado. Fue detenido en la huelga general del 73. Mi madre también, aunque que tenía una militancia menor. Todo eso me marcó. Yo me críe frente a la UTU de Gonzalo Ramírez y durante todo 1968, 69, 70, vi todo el tiempo movilizaciones, ocupaciones, la represión, todo ocurría en la puerta de mi casa. Era muy fuerte. Todo eso me condicionó, me formó. Me marcaron los excesos a los que te puede llevar la falta de comprensión del otro y todo ese período de la historia uruguaya del que todavía nos falta aprender tanto.
Me marcaron los excesos a los que te puede llevar la falta de comprensión del otro.

-¿A qué excesos te referís?

-La intolerancia mutua, la radicalización en las posiciones, los excesos en los métodos de lucha, el desprecio por la opinión ajena, por la vida ajena.

-Empezaste a trabajar como periodista en plena dictadura.

-Sí, en la revista Opción, en el año 81. Antes había publicado un par de artículos en la revista Noticias. Opción fue una experiencia extraordinaria, que duró muy poco porque en seguida fue clausurada cuando en su entorno se formó la comisión por el voto en blanco en las elecciones internas de 1982, porque el Frente Amplio estaba proscripto. Clausuraron la revista y metieron presa a toda la comisión, a Tomás Linn, al doctor Francisco Ottonelli, actual embajador en el Vaticano. Al año siguiente salió su sucesor, el semanario Aquí, donde estuve hasta que cerró en 1989.

-¿Cómo entraste en ese circuito de revistas y semanarios opositores?

-Fue por vínculos institucionales, partidarios, amistades vinculadas al PDC, a la Iglesia.

-¿Eras creyente? ¿Lo sos hoy?

-¡Son dos preguntas distintas! (se ríe). Yo en aquella época trabajaba mucho en la Iglesia, en la pastoral juvenil, de ahí conozco a Pablo Mieres, por ejemplo. Si bien yo no era demócrata cristiano, tenía muchos amigos que estaban en la clandestinidad en el PDC, también en el Partido Comunista, el Socialista, el Partido Nacional. Fue Carlos Muñoz el que me dijo que el PDC iba a sacar una revista, que fue Opción. Y cuando la clausuraron, Tomás Linn, que volvió a estar al frente del semanario Aquí, eligió a alguna gente para seguir en la nueva publicación. Para que la dictadura no pudiera alegar que Aquí era una continuación de Opción, a mí me tocó firmar con seudónimo. ¡Y yo escribía de música! Pero igual firmé Gabriel Soriano hasta que volvió la democracia.

-¿Cómo era hacer periodismo en aquellos años?

-Horrible, visto a la distancia. Pero nos parecía natural porque era el tiempo que nos tocaba vivir.

-También había un gran entusiasmo.

-Una gran expectativa. También una gran incertidumbre. El periodismo era vivido como una mezcla de profesionalismo y militancia. Para empezar, buena parte de nosotros, los más jóvenes, vivíamos de otra cosa, teníamos otro trabajo, porque hacer periodismo era extremadamente inseguro. Yo cobré a destajo, o sea por nota publicada, casi diez años. Tenía otro empleo. Pedro Silva, que llegaría a ser secretario de redacción de Aquí y hoy está en El Observador, trabajaba en un estudio contable. Un día me lo encontré y me contó que había dejado el estudio. “Me voy a dedicar solamente al periodismo”, me dijo. ¡Era una audacia! Le pregunté si estaba seguro, le dije que tenía familia, que tenía hijos. “Sabés lo que pasa, Gerardo, o te dedicás a esto o te dedicás a otra cosa. Algún día vos también vas a tener que tomar esa decisión”, me dijo. Sería 1984. Me pareció una locura lo que me estaba diciendo. Yo también tenía hijos chicos en ese momento.

-¿Y cuál era tu empleo extra por fuera del periodismo?

-Trabajaba en el Serpaj, donde tenía un salario fijo. Además, el periodismo no era como hoy. El origen del periodismo es muy humilde. Era un oficio para hijos de clase media baja: un puesto al que podían aspirar los hijos de los obreros, de los zapateros, de los carpinteros, que lo veían como la posibilidad de acceder a un empleo de oficina medianamente pulcro, aunque en un ambiente nocturno, con mucho alcohol. No tenía el prestigio que puede tener hoy, ni las posibilidades de hacer una carrera. Los lugares de trabajo eran muy pocos. Y nosotros además teníamos el estigma de que trabajábamos ¡en semanarios de oposición! Y mi caso, en el primer semanario de izquierda que salía. ¡Era la doble lepra! Uno no aspiraba a trabajar en Canal 10, en radio Sarandí o Carve. Estabas por fuera. Y no sabías hasta cuándo.

-¿Cuándo te animaste a apostar por el periodismo?

-Mucho después. Recién cuando apareció la oportunidad de hacer televisión, en 1993.

-Para una investigación que estoy haciendo me he topado con muchas notas tuyas en el semanario Alternativa Socialista, en el que no recordaba que hubieras trabajado.

-Sí, yo tenía una vinculación partidaria, porque estaba afiliado al Partido Socialista. Era un semanario aún más inestable que Aquí. Ahí compartíamos redacción con muchos colegas queridos, sobre todo con el Negro García Ramón, que después estuvo muchos años en El Espectador. Hacíamos un semanario solo con palitos, porque si aparecía una chaucha la comíamos. Padecíamos estrecheces de todo tipo, pero fue una experiencia muy valiosa porque ya tenía algunas responsabilidades mayores.

- En aquel momento existía en el PS un sector muy renovador, joven, que proponía que una revalorización democrática muy revulsiva en la izquierda. Alternativa Socialista jugó un papel muy importante en difundir esas ideas.

-Era la respuesta de una generación a otra generación que había relativizado todo, a tal punto que nos llevó a un golpe de Estado. Por supuesto que el golpe lo dieron Bordaberry y los generales, pero muchos lo habían aplaudido antes cuando creían que iban a estar en la bañadera los campeones, como decía Juceca, y luego fueron sus víctimas. Y otros habían mirado para el costado.

Por eso yo me refiero a aquel grupo como una generación. Hubo cosas que fueron laudadas en ese momento por los que teníamos memoria de las cosas que habían pasado antes del golpe de estado, y que sabíamos que había caminos que conducían al precipicio. Había que tener coraje para decir todo eso en un partido que se definía como marxista y leninista. De ese grupo muchos ya no están en el partido. Ya no estamos.

Gerardo Sotelo recibiendo un premio Gardel
Gerardo Sotelo recibiendo un premio Gardel
-Entre los temas laudados entonces está la revalorización de la democracia. ¿Se está perdiendo hoy ese consenso de aquellos años en cuanto a que había caminos que ya no se podían transitar, que la democracia había que cuidarla?

- Lo que se ha ido perdiendo es la capacidad de debatir. Ya no hay aquellos debates ideológicos. Creo que es el resultado del triunfo arrollador de la izquierda en lo electoral, que terminó por liquidar cualquier debate, porque ¿para qué debatir si ya ganaste? La gente no valora adecuadamente la dimensión del triunfo del Frente Amplio. Se queda únicamente con el triunfo electoral, que siempre es momentáneo, fugaz. Pero el triunfo fue cultural, social, en toda la línea. Y lo más difícil de poner en debate es el relato. Cuando uno plantea cosas diferentes a la ortodoxia, sos inmediatamente encapsulado, agraviado o expulsado. O vos terminás adocenado...
La gente se queda únicamente con el triunfo electoral del Frente. Pero el triunfo fue cultural, social, en toda la línea

-¿Fracasó entonces esa renovación de la izquierda que generó tantos debates a fines de los 80 y principios de los 90?

-Creo que en buena medida, triunfó. No hubo ningún acta ni ningún momento donde se proclamara ese triunfo, pero como la sociedad uruguaya no admitía ninguna locura de tipo ideológico, en el discurso se aceptó. Hemos transitado por 12 años de gobierno del Frente Amplio donde a nadie se le ocurrieron cosas demasiado locas. Y las cosas locas que se votaron a nivel de Congresos del Frente Amplio, no se aplicaron. La flota de pesca, reabrir ILPE o el Frigorífico Nacional, cosas de otras épocas, no pasaron de allí. Ni que hablar del valor de la democracia, o de la libertad de prensa como elemento sustancial del sistema democrático y de convivencia, todo eso nadie lo debate. Lo que ocurre es que cuando aparecen cosas como…

-Venezuela.

-Exactamente. Cuando la mayoría del Frente Amplio no reconoce que lo que está ocurriendo en Venezuela es una tiranía que se aleja cada vez más de la democracia, que Cuba siempre fue una tiranía, una dictadura, evidentemente uno tiene derecho a sospechar de que en otro contexto y si fuera posible, volverían a plantear que la democracia –y de hecho es lo que plantean- es algo relativo, que depende de cada pueblo, de cada circunstancia histórica. Todo lo cual es un disparate, que contradice -entre otras cosas- la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

-Con toda tu historia personal, que pasa por Serpaj y los semanarios de izquierda, hoy discutís mucho en las redes sociales con los militantes del Frente Amplio. ¿Quién cambió? ¿Ellos o vos?

-Todos cambiamos. Pero no te olvides que todos estos hechos ocurrieron antes de la caída del muro de Berlín y del imperio soviético. Ahora todos se hacen los giles y dicen que aquello no era lo que ellos pensaban que era. Pero si antes nunca criticaron ese tipo de regímenes, después tampoco lo han hecho. ¿Cuál es la diferencia entre Alemania Oriental y Cuba? Ninguna.

-Recuerdo de aquellos años de la corriente renovadora en el Partido Socialista, un volante de la Juventud Socialista muy crítico del Che Guevara.

-A esta altura del partido, con la literatura que disponemos de historiadores y biógrafos marxistas, no se puede no reconocer que el Che era un criminal. No alguien que mató en enfrentamientos, sino un criminal, un criminal con todas las letras, alguien que mataba a sangre fría, que mataba prisioneros indefensos a quienes les negaba la justicia. No admitirlo es llevar la pos verdad que hoy está tan de moda, algunas décadas atrás. Lo que pasa es que es un mito fundacional. También lo es la revolución soviética. Y este año, que estamos en su centenario, alguien va a tener que decir la verdad. Que fue un golpe de estado contra un gobierno socialista en crisis. En el asalto al Palacio de Invierno, no asaltaron al zar, sino a un gobierno con mayoría socialista, liderado por un blandengue como Kerenski. Primero mataron a los anarquistas y después a los socialistas.

-Hablando de mitos fundacionales, ¿cuáles son los mitos del Uruguay?

-Artigas fue un personaje histórico extraordinario, pero se ha transformado en un mito. Y no se puede discutir con un mito, tenés que comprar todo el paquete. El asunto es que cuando los mitos son sometidos a una lectura desapasionada, intelectualmente honesta, comienzan a caerse a pedazos. Otro mito: es mentira que Uruguay sea un país laico. Uruguay cambió de religión, dejó de lado la religión católica y adoptó un culto artiguista-estatista. Hay cosas maravillosas que se hicieron gracias a esa mezcla, como la educación pública. Uruguay tiene 100 años sin analfabetismo. Pero hay que decir que otro mito es la educación valeriana. La gente que defiende la educación valeriana desde los gremios no leyó a Varela. A mí me llama la atención que en un país que se dice tan vareliano no se editan sus libros. ¡Andá a encontrar uno! Yo encontré “La educación del pueblo” y me expliqué por qué no lo leen. Porque lo que hizo Varela fue salir a recorrer el mundo, que en aquellos años era Europa y Estados Unidos, y al volver dijo: las mejores prácticas son estas. Y encontró una coyuntura que le permitió aplicarlas. Eso es lo que hay que hacer, adaptar las mejores prácticas. ¿O acaso vamos a inventar un sistema educativo uruguayo? Eso es una locura.
Uruguay tiene 100 años sin analfabetismo. Pero hay que decir que otro mito es la educación vareliana.

-Esa voluntad de inventar todo de nuevo está muy presente en Uruguay

-Es propia de los países pequeños, de las mentalidades provincianas. Pretendemos inventar desde acá. Y si vos ves los recursos que se le dan en el mundo a cualquier disciplina, sería un milagro que desde Uruguay pudiéramos inventar algo cuando prácticamente no invertimos nada en nada. En el contexto internacional nos valoran porque construimos un sistema de convivencia extraordinario y excepcional, entre otras cosas porque descubrimos después de los años 60, 70 y 80, que al otro había respetarlo, que no había que exterminarlo. Pero en otra época nos exterminamos por cuestiones políticas. Y ahí tenés otro mito triunfante...

-¿Cuál?

-Acá hubo una sociedad que entró en crisis, se fue degradando su sistema de convivencia, hubo una crisis económica que derivó una crisis política porque hubo gente que entendió que había que asaltar el poder: grupos militares de extrema derecha desde los años 50, grupos de milicias de extrema izquierda desde los años 60. Y cuando vos planteás que eso generó una lógica única que terminó en secuestros, asesinatos, torturas, golpes de estado, te dicen: “ah, pero esa es la teoría de los dos demonios, no se puede equiparar lo que hacen grupos de civiles aislados con lo que hace el estado”. ¿Cómo que no se puede equiparar? Vamos otra vez a la Declaración Universal de Derechos Humanos: el secuestro siempre es secuestro, la tortura siempre es tortura, el asesinato siempre es asesinato, es una vida humana, siempre da lo mismo. Tuvimos ese largo período porque había un solo demonio, una lógica a la que convocaban los dos combatientes.

-Pero uno de los bandos uso el aparato del estado.

-Por supuesto que fue mucho peor, porque tenían los recursos y finalmente fueron los que ganaron en el terreno militar. Pero la lucha militar la plantearon los otros. Había una lógica que unía. El demonio del exterminio del adversario era un demonio compartido.

-¿Por qué un tipo de buen humor y de reconocido optimismo pelea tanto en las redes sociales?

-Es verdad que soy muy optimista: ¡soy cataldista! Pero peleo porque creo en mis ideas. Suscribo de una serie de principios políticos y filosóficos que no necesitan del daño al otro para prevalecer. Se diferencian de otras ideologías que son ontológicamente tiránicas, que para prevalecer necesitan tiranizar al prójimo, ya sea en sus libertadores individuales o en su patrimonio. Yo lo que quiero que el otro acepte que hay un sistema de convivencia en el cual todos podemos desarrollar nuestras potencialidades sin necesidad de encarcelarnos, matarnos, insultarnos, robarnos.

-¿Te calentás mucho?

-Sí. Pero no me calientan las ideas sino los argumentos berretas, de mala calidad, que terminan siempre en la falacia ad hominem: usted dice esto porque es un burgués, un derechista o un rosadito. Y yo no discuto nunca desde ese lugar.

-¿Se perdió la capacidad de debatir en Uruguay?

- Sí. Yo hago preguntas en Twitter y no consigo que nadie me responda. Hace 15 días pregunté si los bancos habían dado ganancias. Salió Martín Vallcorba a decir que habían dado pérdida y que eso refutaba la idea de que la ley de inclusión financiera se hizo para darles ganancias. Luego apareció Isaac Alfie, ex ministro de Economía, y dijo: leyeron mal los balances, los bancos tuvieron ganancias enormes. Uno de los dos tiene que estar equivocado, pero todavía no logro recibir una respuesta.