Jorge Tróccoli: el depredador pensante

Por: Leonardo Haberkorn
Publicado: 20/01/2017 16:35
Jorge Tróccoli: el depredador pensante
Revista Tres
Jorge Tróccoli tal como lo presentó la revista Tres (foto: Jorge Ameal)

Revolucionó el ambiente político en 1996. Proponía una “reconciliación” que no llegó. Todos somos torturadores, decía.

En abril de 1996 la revista Posdata publicó un informe, basado en dos anónimos integrantes de los Fusileros Navales, donde se hacían denuncias sobre violaciones a los derechos humanos en la dictadura y se señalaba con nombre y apellido a alguien que hasta ese momento había pasado desapercibido, el capitán de navío Jorge Tróccoli.

Se decía que Tróccoli había sido jefe del servicio de inteligencia del Fusna en 1977 y que en el marco de la coordinación represiva con la Argentina, había prestado funciones en la siniestra ESMA, la Escuela de Mecánica de la Armada, en Buenos Aires.

A diferencia de lo que hicieron todos los militares acusados en la prensa por hechos de la dictadura, Tróccoli no se quedó en silencio, sino que, por el contrario, decidió presentarse en sociedad de un modo por demás impactante. El domingo 5 de mayo de 1996 publicó una carta en El País titulada "Yo asumo, yo acuso".

"Yo asumo haber combatido a la guerrilla con todas las fuerzas y recursos a mi disposición. Asumo haber hecho cosas de las cuales no me siento orgulloso ni me sentí entonces. Asumo haber tratado inhumanamente a mis enemigos, pero sin odio, como debe actuar un profesional de la violencia”, decía.

La carta continuaba:

“No maté a nadie, ni sé nada del tema desaparecidos, pero no por un altruismo humanitario, sino porque afortunadamente no me tocó vivir esa situación. Pero no soy un hipócrita: reconozco que las Fuerzas Armadas a las que pertenecí, lo saben y lo hicieron. Por lo tanto, como un integrante más asumo también los muertos y los desaparecidos. Pero por favor, por la propia dignidad del combatiente, no los llamen más desaparecidos; todos sabemos que murieron defendiendo lo suyo".

Concluía: "No voy a hablar más sobre esto. Duele".

El impacto fue enorme. “Fue una bomba”, recuerda hoy el historiador y politólogo Gerardo Caetano. “Por primera vez un militar intermedio, asumía la comisión de torturas”.

Las repercusiones de su carta llenaron los diarios y los programas radiales. El entonces comandante de la Armada, Raúl Risso, dijo a Búsqueda que lo dicho por Tróccoli no debía alentar la esperanza de que su fuerza hiciera un mea culpa institucional. Un legislador afirmó que sentía “naúseas” ante alguien que se definía como “profesional de la violencia”. Pero otros, viendo por primera vez a un militar dispuesto a hablar, se acercaron a Tróccoli en busca de más datos sobre lo ocurrido en la dictadura y sobre los desaparecidos. Uno de ellos fue Rafael Michelini. También varios periodistas.

En setiembre de 1996, el capitán Tróccoli, que entonces tenía 49 años y se había reglamentado como estudiante de antropología en la Facultad de Humanidades, dio una larga entrevista a la revista Tres, realizada por los periodistas Alejandro Bluth y Fernando Barreiro, quien además era ex integrante de MLN.

Bluth recuerda hoy de aquel encuentro algo que le llamó la atención. Estaban en el apartamento del militar, caía la tarde, y el dueño de casa no prendía ninguna luz. La charla fue casi a oscuras. Tróccoli, además, nunca los miraba a los ojos.

También que el militar buscaba presentarse a sí mismo como guerrero, pero al mismo tiempo como un intelectual, un estudioso de la guerra y sus consecuencias.

En esa entrevista publicada en Tres, Tróccoli admitió lisa y llanamente que había torturado, y sostuvo que no lo había hecho por cumplir órdenes, ya que nadie se lo había ordenado de ese modo: “Esto era producto de la vorágine del momento, era una cosa que se vivía ahí y era una cosa que había que hacerla”.

Es curioso, porque la obediencia debida parece haber sido su carta ganadora en el juicio que en el que acaba ser absuelto en Roma, por la muerte de ciudadanos italianos en el marco de Plan Cóndor.

La revista, en la misma edición, distribuyó todo un libro de autoría de Tróccoli, llamado “La ira del Leviatán”.

En los agradecimientos del libro, había uno especial: “A Rafael Michelini, el hombre que en un día de mayo vino a darme su apoyo leal y desinteresado cuando yo no siquiera lo conocía”.

“La ira del Leviatán” era un ensayo que mostraba con claridad el pensamiento del marino. El problema –explicaba- había sido la guerra, porque en ella se cae en los peores extremos y la tortura es inevitable.

“Nunca más a la guerra, nunca más a la lucha entre connacionales, nunca más a los extremos de la violencia humana, nunca más a matarnos y torturarnos entre nosotros”, decía, proponiendo un pacto de reconciliación nacional, una firma de la paz entre los antiguos combatientes, con representantes políticos y sociales como testigos.

Pero, al mismo tiempo, Tróccoli insistía en que no tenía nada de lo que arrepentirse: “No son los actos tan condenables cuando los mismos responden a la vorágine de un contexto violento (…) Por eso nunca me arrepentí de lo hecho, lo hecho responde a circunstancias de lo vivido. (…) Cualquiera en la misma situación puede hacer lo mismo”.

Pocos días después, Tróccoli fue entrevistado en radio El Espectador. Prueba de la enorme expectativa que despertaba el militar, el periodista Emiliano Cotelo lo entrevistó dos días seguidos: 23 y 24 de setiembre de 1996.

Tróccoli dijo entonces que no sentía rencor por quienes lo habían denunciado en Posdata: “Ni a ellos ni a nadie más les guardo ningún tipo de rencor, porque es la única forma de ir hacia adelante, de establecer bases ciertas para una reconciliación”.

Relató su primer encuentro con Michelini: “Llegó a mi casa, vestido muy sencillamente. Yo le abrí la puerta y me dio un abrazo…”

Cotelo le preguntó: “¿El libro no puede ser visto como una gigantesca justificación para su participación en esos actos inhumanos que usted mismo reconoció?”

“Este no es un tema de justificación, sino de tratar de comprender por qué”, respondió.

“La tortura existió en todas las guerras. Y le digo más: si acá se produce otra guerra como la que vivimos, volverán a producirse las torturas. ¿Y por qué? No porque sea una metodología, algo sistemático o un procedimiento de guerra (si bien es utilizado como tal), sino porque es algo inherente a lo humano”.

Cuando se le preguntó por los muertos en los cuarteles respondió: “Se podía morir la gente. La gente se muere de un susto, de una impresión, de una caída. Bueno, ahí hay gente que se ha muerto”. Y en cuanto a su rol en la ESMA, admitió que supo de los vuelos de la muerte, pero solo por haber oído conversaciones entre los argentinos. Negó saber algo sobre uruguayos desaparecidos en aquel país.

Y otra vez insistió en su idea central. Asumir los abismos de la guerra, asumir lo bajo que puede caer el ser humano. “Para poder comprender, buscar una reconciliación y ganar una paz, para que los muertos no hayan sido en vano. Eso, y no otra cosa, es lo que está en mi espíritu; eso es lo que yo trato de transmitir. Sepamos esto, para reconciliarnos y buscar una paz”.

Maquillaje del espanto


Caetano recuerda que la ruidosa aparición pública de Tróccoli provocó una polémica. Mientras los estudiantes de la Facultad de Humanidades reclamaban que el marino fuera expulsado, otros decían que ese tipo de respuesta era contraproducente: “Surgió un debate: si un militar que hablaba era inmediatamente acusado, entonces ningún otro iba a hablar”.

Sin embargo, el historiador cree que esa no fue la causa por la cual la “reconciliación” propuesta por el marino no prosperó, sino más bien lo inconsistente de su planteo.

“Él siempre se ha mantenido en la línea de sus libros: lo que hay que evitar es la guerra, porque cuando hay guerra pasa de todo. No hay que personalizar la culpa: cualquiera hubiera desaparecido personas, cualquiera hubiera torturado. Lo que proponía era una especie de normalización para que ya no se hablara más del tema, pero no había un sentido de reconciliación verdadero”.

Caetano, además, duda de la honestidad de Tróccoli.

“La visión que yo tengo de él no es la de un hombre honesto. Es la de un hombre que no sentía arrepentimiento por lo que había hecho, que en verdad no se sentía culpable. Y que tenía mucho ego. Quienes lo han denunciado como una persona que operó en el plan Cóndor, como él aceptó, siempre lo han retratado como muy perverso y sinuoso. También como muy cerebral”.

Michelini dejó de entrevistarse con el marino porque no le aportaba información. “Hablé varias veces con él, pero las conversaciones no terminaron dando datos concretos que permitieran saber dónde estaban los desaparecidos, o avanzar sobre otros pedazos de la verdad”.

“Conocer, conocía. Admitía que había estado en la represión, que había torturado, pero él no daba datos concretos de dónde o quiénes podían tener los datos de dónde estaban los desaparecidos”, agregó el hoy senador. “Era un aporte que él hablara, era de los pocos militares que estaba conversando, que mostraba una actitud de que eso había sido una locura, pero en cuanto a construir una reparación en los familiares de las víctimas, no se avanzó nada”.

De sus charlas con Tróccoli, Bluth recuerda un perfil psicológico único entre los militares de la dictadura que le tocó conocer: Tróccoli tenía la veleidad de ser reconocido como académico. De hecho, la “reconciliación” debía tener como primera etapa el aceptar sus ideas sobre la guerra.

“Tenía una vocación intelectual, tenía de sí mismo la imagen de alguien culturalmente trabajado, refinado, la idea de ser una especie de académico de la lucha entre un estado agredido y sus defensores heroicos, entre los cuales se contaba”, recordó el periodista.

“La reconciliación llegaría cuando sus argumentos se leyeran y fueran objeto de estudio en la facultad. Él aspiraba que sus escritos fueran materia de debate antropológico, filosófico y académico. Aspiraba a una especie de reconciliación basada en la lectura y el debate. Yo creo, y esta es una opinión más subjetiva, que una parte de esas convicciones eran un maquillaje del espanto, de la actividad pura y dura de quebrar físicamente a otros. Creo que había una mezcla de autoengaño y de procurar que los demás le creyeran ese perfil que había montado: el de un guerrero pensante, un pensador de la guerra. Y una gran vocación de protagonismo, un enorme deseo de no ser el oscuro militar retirado que había cometido atrocidades que estaba en un apartamento también oscuro”.

“Una bestia”


En 1997 Tróccoli publicó otro libro, “La hora del depredador” (Editorial Fin de Siglo), una novela basada en hechos reales de los años violentos, en la misma línea filosófica que “Leviatán”.

En 2002 obtuvo la ciudadanía italiana. En 2007, cuando por primera vez la justicia quiso interrogarlo, se fue del país, reapareciendo en Italia.

En 2008, en un confuso episodio sobre el que hay varias versiones, Uruguay presentó fuera de plazo los papeles para lograr la extradición del marino y el trámite no prosperó por ese error administrativo. Responsabilizado por la situación, el entonces embajador en Italia Carlos Abín perdió su puesto. Sin embargo, en su edición del viernes 20 el semanario Brecha presenta un documento que vendría a mostrar que el trámite se hizo en fecha, pero habría sido adulterado en beneficio de Tróccoli por una "mano amiga".

El martes 17 Tróccoli fue el gran ganador del juicio por el plan Cóndor. Absuelto en Roma, Tróccoli podrá seguir viviendo la vida de uh hombre libre. Salvo otro único caso, los otros militares absueltos en Italia poco han ganado, ya que ya están presos en Uruguay.

“En el juicio –dijo Caetano- la obediencia debida fue su argumentación principal. Por eso, a pesar de que no se ha podido leer la fundamentación, los que fueron sancionados son quienes fueron los responsables políticos y militares de haber dado las órdenes”.

Curiosamente, en sus apariciones públicas en 1996 –en su libro, en la revista Tres y radio El Espectador- Tróccoli siempre se negó a escudarse en la obediencia debida y negó que le fuera ordenado torturar.

En el libro “Gavazzo. Sin Piedad”, el ex oficial del Fusna, Héctor Corbo, relató que un día en aquellos años, el entonces comandante del cuerpo, el capitán Carlos Guianze reunió a todos los oficiales de la unidad y les preguntó quiénes estaban dispuestos a torturar.

Hubo distintas respuestas, que sí, que solo si se le era ordenado, que no.
Los que dijeron que no, no fueron expulsados ni sancionados.

Corbo vio a Tróccoli torturar con sus propios ojos. Cuenta en el libro: “Muchos de mis compañeros eran súper correctos, cumplían con las misiones pero jamás se excedieron en nada. La mala fama del Fusna se la ganaron un par de tipos como Tróccoli y Larcebau, que eran unas bestias".