Coronavirus en Uruguay
960

Confirmados

28

Fallecidos

858

Recuperados

Coronavirus en el mundo
11.791.198

Confirmados

543.536

Fallecidos

6.778.018

Recuperados

Editorial:Montevideo, una ciudad a iluminar
Ver editoriales anteriores
Quiso hurtar unos productos, no pudo y abandonó hasta la moto /// Cinco tractores recorrieron el centro de Rivera para desinfectarlo /// Reflexiones sobre el trámite de la LUC /// Luchar contra molinos de viento /// Hablemos sin saber
Actualidad

28/12/2016 07:59

Con Gregorio Alvarez en el Hospital Militar

Fragmento del libro Gavazzo. Sin Piedad

Con Gregorio Alvarez en el Hospital Militar

Captura pantalla Teledoce

La habitación de Gavazzo estaba en el quinto piso del hospital, un sector destinado a “jefes”, el mismo lugar donde antes fueron a verlo –y a grabarlo– las hijas del coronel Gómez.

Cuatro veces fui. Casi siempre las puertas de las otras habitaciones estaban cerradas. Cuando alguna se abría, lo que se veía dentro era un viejo paciente en una cama, algún acompañante de rostro triste, el televisor encendido, el suero intravenoso goteando.

Lea también: Murió el dictador que no se arrepintió de nada

Un día me encontré allí con un anciano achacoso en un pasillo. No lo reconocí al primer golpe de vista. Estaba de piyama, caminando en compañía de una enfermera que guardaba un par de metros de distancia. El viejo se detuvo a leer una cartelera de anuncios. Lo miré otra vez y ahí creí reconocerlo. Volví a mirarlo con atención. Moviendo los labios, le pregunté a la enfermera: “¿Álvarez?”. Ella asintió con la cabeza. Estaba mucho más flaco, más bajo, más pálido, menos amenazante que cuando era presidente, dictador, y por cadena de televisión lanzaba diatribas contra los partidos. Todavía lo recuerdo en una cadena –quizás 1982 o 1983– en la que acusó a los políticos de haber mancillado el sobretodo de Batlle y el poncho de Aparicio. Gregorio Álvarez Armellino. El Goyo. Yo lo odiaba.

Me presenté. Lo saludé. Le pregunté si aceptaría que lo entrevistara para este mismo libro, ya que fue él quien en 1978 obligó a Gavazzo a pedir su pase a retiro en el Ejército, y su testimonio sería valioso.

Me dijo que no sin dudarlo, y en el tono firme de los restos de su voz y en un mínimo brillo que de golpe volvió a sus ojos, pude reconocer los relictos de aquella vieja soberbia y prepotencia que yo tanto había aborrecido de joven.
No pude, sin embargo, revivir mi rencor. El Goyo lucía demasiado débil, empequeñecido, casi decrépito, tan cerca de la muerte.

Gavazzo, en cambio, no lucía decrépito, ni débil, ni empequeñecido, ni cerca de la muerte, aunque eso nunca se sabe.

(Fragmento del libro Gavazzo. Sin Piedad, de Leonardo Haberkorn, publicado en 2016).