Otro efecto Trump: encuestas y analistas duramente cuestionados

Por: Leonel García

Actualidad

9/11/2016 17:55

Otro efecto Trump: encuestas y analistas duramente cuestionados

EFE

El escenario trazado por predictores falló. Las encuestas también erraron al Brexit y al referendum por la paz en Colombia. Opinan expertos.

Cuando comenzó la última carrera electoral en Estados Unidos, el jefe de la sección política de la National Public Radio (NPR), Sam Sanders, armó una “penca” con los 26 periodistas a su cargo, en la radio pública no estatal más importante de ese país. La apuesta era quién ganaba la interna republicana. Ninguno de esos profesionales, todos ellos con experiencia y formación universitaria, nombró a Donald Trump.

La anécdota se la contó el propio Sanders a Daniel Supervielle, analista político y experto en comunicación estratégica, cuando éste visitó Estados Unidos a mediados de año. Y el remate resultó premonitorio: “Si aplicamos los manuales que siempre leímos para entender la realidad, se podría decir que Hillary Clinton ganará las elecciones. Pero hay algo que se está moviendo abajo, de lo cual los libros no tienen explicación y nosotros no lo terminamos de entender”.

En la reciente victoria electoral de Trump contra Clinton en Estados Unidos fallaron muchas cosas: las encuestas, los análisis políticos y de comunicación. The New York Times comenzó la cobertura calculando que la demócrata tenía un 85% de posibilidades de vencer, para luego caer derrotada ante el candidato defenestrado por el sistema, con un discurso xenófobo, misógino y repleto de consignas bully. El que terminó ganando.

Algo parecido había pasado este año con el Brexit de Gran Bretaña y el plebiscito por la paz en Colombia. No ganaron los que se pensaba (¿debían?) ganar, los bendecidos por las encuestas. Y los analistas están revisando sus papeles. O al menos eso deberían.

Inducciones.

En Uruguay las encuestas fueron duramente cuestionadas luego de las elecciones de 2014, cuando todas vaticinaban un escenario más reñido del que se dio finalmente. Ahora pueden decir que han estado a tono con el primer mundo.

“Nos cuestionamos todo el tiempo, no solo ahora. Y no tenemos una solución. No la han encontrado en países con recursos económicos, como Gran Bretaña o Estados Unidos. Hay un problema grande con las encuestas: no medimos lo que hay que medir”, admitió Adriana Raga, directora de la consultora Cifra.
Hay un problema grande con las encuestas: no medimos lo que hay que medir.

Hay técnicas que se han utilizado hasta ahora que se han demostrado obsoletas. Que mucha gente apele al celular y no a los teléfonos fijos es un problema, dijo; otro es el difícil acceso a domicilios para un contacto cara a cara con el investigador. “La gente ha variado el contacto con el mundo y es difícil combinar tantos medios”.

Y además, la gente está mintiendo. “Hasta hace poco, en las encuestas era importante contestar la verdad. Eso en parte se perdió, no sé si se perdió el respeto o si ahora no importa decir cualquier cosa”, dijo Raga.

En EE.UU. había una especie de penalización “social” por apoyar a un candidato que el establishment veía mal. Otro tanto pasó en Gran Bretaña y Colombia por respaldar a posiciones que las elites desdeñaban. “Eso también pasó acá. Luego de la transición, votar al Partido Colorado no estaba bien visto. Pero eso ya lo teníamos medido”, dijo la directora de Cifra. Ahora las mediciones se habrían salido de margen.

¿Qué hacer? Raga habló de reenfocar los temas, preguntar “lo mismo” de distinta forma, cruzar información. “Si responde un montón de cosas sobre determinados temas, aunque no afirme adónde va su voto, se puede inducir. Estas herramientas resultan cada vez más importantes que la pregunta directa”.

De todas formas y a falta de una alternativa, subrayó, que sigue siendo la encuesta, aun con sus grandes errores, la forma de sacarle una foto a la realidad. “Sigue siendo la solución menos mala”.

Vergüenza y desinformación

Álvaro Moré, director de Young & Rubicam, especializado en temas comunicacionales, apuntó a lo que llamó “voto vergonzoso”. Muchos británicos que se querían fuera de la Unión Europea lo hacían convencidos pero sin ganas de salir a gritarlo a los cuatro vientos. En Colombia era muy difícil expresar que no se estaba a favor de la paz entre el gobierno y la guerrilla. “Y aunque el discurso de Trump podía convencer sobre las preocupaciones del norteamericano promedio, no era conveniente por su alto poder discriminatorio”.

A lo “vergonzoso” le sumó la desinformación. Según él, mucha gente apoyó el Brexit sin saber qué era lo que significaba. “Yo estuve en Colombia la semana antes de que se votara, y un taxista me dijo que estaba en contra porque no quería que le dieran salarios y autos blindados a los terroristas”.

Lo que pasó en EE.UU., dijo, fue que la gente compró respuestas “fáciles” a preocupaciones comunes. “Nadie puede pensar que va a levantar un muro con México”.

Moré sostuvo –en sintonía con Raga- que las encuestadoras deberían tener modelos más abiertos o estimular el “no sabe/no contesta”. Es preferible la indecisión que la confusión. Y para los comunicadores, en tiempos donde millones de opiniones distintas se superponen en las redes sociales, “no se puede usar un modelo tradicional para interpretar un mundo nuevo”.

Disociación

De regreso a la anécdota de Sanders, la incógnita sigue estando sobre lo que se mueve abajo. Porque arriba, en las elites, parece que hay incapacidad de entenderlo.

Para Supervielle, es muy posible que exista una disociación entre lo que el establishment quiere –entiéndase por ello los gobiernos, los centros financieros, las universidades y los grandes medios- y lo que reclama la gente.

“Consciente o inconscientemente, las cosas que le interesaban a esa elite pasaron a ser consideradas lo más importante de la agenda y metieron el pie en el acelerador. Ese mismo marco conceptual pautó a las empresas consultoras”.
Trump apareció ofreciendo soluciones a temas más básicos.

El analista graficó con una locomotora a 180 kilómetros por hora que los vagones seguían como podían. Y en los vagones había gente con preocupaciones muy básicas: querer trabajo, querer comer, querer no ser muertos por un terrorista.

“Por ejemplo: yo estoy muy de acuerdo con cuestiones de la llamada ‘nueva agenda’, pero para mucha gente, esa agenda le resulta extraña. Y ahí es que aparece Trump ofreciendo soluciones a temas más básicos. Lo hizo con un discurso horrible, pero que funcionó. No se explica de otra forma”.

Quizá haya sido esa rebelión al establishment, nunca mensurada, lo que que haya movido a la gente a huirle a las alternativas que defendían gobierno, medios y academia. “Lo que viene ahora es un terreno fascinante para la investigación. Es algo que no se puede ignorar. Y hace falta gente que esté dispuesta a pensar”, resumió Supervielle.