Martín en su laberinto

Actualidad

7/09/2016 12:04

Martín en su laberinto

Dejó el liceo y el trabajo. Se hizo rapiñero. Le pegó un tiro a un policía. Estuvo dos años preso. Salió y quiso retomar estudios. No pudo.

Por Valentina Degener

Martín P. nació en 1997, segundo hijo de un matrimonio joven que se desgastó con el tiempo. Vivió toda su vida en Empalme Olmos. Le gusta la cumbia, la ropa deportiva y es de Peñarol.

Hasta segundo de liceo, Martín fue un buen estudiante. Pero cuando estaba en tercero prefirió dejar de estudiar y trabajar para tener su propio dinero. Unos amigos que robaban, ganaban más, así que Martín decidió unirse a ellos. Su carrera de asaltante terminó cuando le pegó un tiro a un policía.

Estuvo dos años preso en el actual Inisa, ex Sirpa, ex Inau. Prefiere no decir su apellido. Le gustaría volver a estudiar o trabajar, pero no está haciendo ni una cosa ni la otra.

-¿Por qué te aburriste del liceo?

-Hasta segundo me fue bien: hacía los deberes, no me llevaba ninguna materia. Después se me hizo más denso, las materias no me entretenían, pensaba que estudiar no era lo mío y que las cosas que me enseñaban no las iba utilizar nunca: no le encontraba sentido seguir yendo. Además, quería trabajar y tener plata para tener mis propias cosas. No me parecía justo tener que pedirle a mi madre, ella trabajaba todo el día para mantenerme a mí y a mi hermana. Entonces decidí trabajar para conseguirlas. Entré a la construcción, pero me aburrió.

-¿Por qué?

-Por boludo nomás, era mucho trabajo físico. Además, mis amigos, que también habían dejado el liceo, en rapiñas conseguían el mismo o más dinero que yo y en menos tiempo. Parecía fácil.

-¿Te acordás del momento en que decidiste comenzar a robar?

-No. No sé cómo llegó la idea a mi cabeza, pero supongo que fue de ver a mis amigos cometiendo rapiñas y ganando más de lo que yo ganaba. Las decisiones siempre las tomé solo, nadie me obligó. No lo pensé mucho, me metí y ta. Y una vez que lo hacés y ves que a vos no te pasó nada, empezás a no tomar conciencia de lo que estás haciendo y te parece normal.

-¿Pensabas dedicarte a eso?

-Era una actividad que surgió en el momento, no pensaba dedicarme a robar, lo iba a hacer hasta encontrar algo mejor, parecía fácil. Tampoco planeábamos cuándo ir a robar. Lo hacíamos cuando pintaba.

-Contame del día del balazo.

-Fue el 18 de diciembre de 2013. Conseguí un arma y fuimos a rapiñar una pizzería. Éramos tres. Cuando íbamos a entrar, saltó un policía de particular. No nos dimos cuenta que estaba, si no nos hubiésemos ido. Nos pusimos a cinchar con el policía. Él sacó el arma y yo le pegué un tiro. En ese momento él disparó a uno de nosotros, que quedó herido. Yo me fui con el otro a mi casa.

-¿Qué tan graves fueron las heridas de tu amigo y del policía?

-Lo de mi amigo fue un roce en una costilla. El policía quedó en coma. Hoy está bien.
Cuando disparé no pensé en lo que estaba haciendo, y menos en las consecuencias

-¿Por qué le disparaste?

-Porque había sacado su arma.

-¿Te preocupó su estado de salud?

-Gracias a mi madre o a la abogada, me enteré de que estuvo en coma hasta una semana después de que me detuvieron a mí. Luego supe que estaba bien porque si no mi pena hubiese sido más larga. Saberlo por un lado me alivió, porque mi pena iba a ser menor, pero principalmente me alegró: no me lo hubiese perdonado si le pasaba algo grave.

-¿Qué sentiste cuando te llevaron detenido?

-No podría definir bien el sentimiento; creo que era mayoritariamente culpa. Fue en ese momento que me di cuenta de lo que había hecho. Cuando disparé no pensé realmente en lo que estaba haciendo, y menos en las consecuencias.
Ves una psicóloga cada tres meses

-¿Cómo fue enfrentarse a un juez?

-Nunca había ido a un juzgado, estaba ansioso por que me dieran la pena. Lo peor es estar esperando, sin saber cuánto tiempo vas a estar en el centro. Ir al juzgado calma esa ansiedad y al llegar querés que termine todo cuanto antes. No por miedo al juez, si no por saber qué te espera.

-¿Te pareció justa la pena que te impusieron?

-Me dieron 26 meses; yo pensé que iba a estar al menos tres años, era lo que yo me hubiese adjudicado en aquel momento. La pena terminó siendo menor debido a que el policía no se murió, se recuperó rápidamente, y a que era mi primera vez en un juzgado. Tomando en cuenta eso, la decisión fue justa.

El periplo por los centros de internación

Martín fue llevado al Centro de Internación Transitoria, luego a la Colonia Berro, en donde pasó por sus distintos hogares: el SER, Sarandí, Granja, Ariel y, por último, el Hornero.

- ¿Tuviste algún inconveniente?

-La convivencia. Yo soy muy limpio y, generalmente, mis compañeros no lo eran. En el SER yo tenía mi propio espacio. Pero cuando te cambian de centro, tenés que compartir la celda con siete personas. De esos siete hay muchos que no les importa ni el orden ni la limpieza. El problema siempre empezaba por eso, y terminábamos pegándonos.

-¿Cuál es la diferencia del SER con los otros?

-Es un centro de “tranca”, no salís para afuera. Algunos lo llaman hogar de castigo pero no pienso que sea así, le dan color, son todos similares. Hasta los gurises son los mismos, muchas veces te los cruzabas. Todo se maneja por la conducta, si vos tratas bien a los guardias y a tus compañeros, está todo bien.

-¿Te identificabas con los otros muchachos?

-No, con ninguno. Hay muchos que se deprimen y no salen de la celda, se quedan ahí, sin hacer nada y se cortan. Yo no era así: cuánto más tiempo pasaba afuera, mejor me sentía. Por eso me metí en todos los talleres. No sé qué teníamos en común, salvo que todos habíamos hecho algo por lo que merecíamos estar en el hogar. Yo tenía la suerte que mi madre siempre me iba a visitar, no faltó a ninguna visita; tenía apoyo afuera, otros muchas veces no.

-¿Y con los funcionarios? ¿Te llamó la atención alguno?

-Siempre voy a recordar a Laura, mi profesora de orfebrería. Ella siempre nos daba para adelante, eso me llamaba la atención. Yo no sabía lo que era la orfebrería, ella me enseñó todo y hacía lo posible para que no me perdiera ninguna clase. Gracias a ella, dos semanas antes de salir, pude ir a la Feria Germina, ella se encargó de todo. Tuve buenas ventas, en una semana llegué a ganar 3.000 pesos. Laura es una de las pocas personas con las que sigo manteniendo contacto.
Fui a anotarme al liceo del barrio. Pero no me tomaron, no sé por qué, quizás porque era yo

-¿Fuiste maltratado?

-No.

-¿Qué fue lo más difícil de estar en los centros?

-Los códigos. Nadie te los explica cuando entrás, los vas aprendiendo en la marcha, si los rompés o los rompe uno que esté cerca tuyo. Uno importante es no mirar a la visita, en especial a las hermanas, madres o novias. Si rompés los códigos, la mayoría de las veces te putean y en el peor de los casos terminan golpeándote.

-¿Veían a una psicóloga?

-Sí, cada tres meses te hacían un informe para mandar al juzgado. Esa visita era obligatoria, luego si pedías para verla también te llevaban.

-¿Alguna vez pediste para hablar con ella?

-No. No me gustaba porque me hablaba de mi padre y no me gusta. No merece que hable de él, no debo darle importancia a una persona a la que no le importo.
No pienso en el futuro, nunca lo hago

"No le perdono el no haber estado"

En 2001 el padre de Martín se fue de su hogar. Sus hijos lo siguieron viendo durante un tiempo, sin embargo han pasado siete años desde su último encuentro. “Lo veíamos porque íbamos a visitarlo, dejamos de ir y no lo vimos más”.

Martín dice que no lo extraña, porque en verdad nunca estuvo. “Estaba sin estar de verdad. No le perdono el no haber estado cuando debió haberlo hecho”.

-¿Hoy seguís haciendo artesanías?

-No. No tengo los materiales suficientes, me faltan un arco y una sierra. Cuando salí tenía muchas ganas de seguir, ahora se me fueron un poco. Sin las herramientas no puedo hacer mucho y las que me faltan cuestan 5.000 pesos.

-¿Estudiaste materias del liceo en el Sirpa?

-Hice hasta tercero. Podía empezar cuarto, pero no me daba para terminarlo, entonces no lo hice. Además, las clases eran en el mismo horario de orfebrería y preferí el taller.

-¿Y cuando saliste no averiguaste para seguir estudiando?

-Yo me arrepiento de haber dejado de estudiar, quizás si le hubiese metido al liceo no hubiese entrado en la rapiña. Por eso este año fui a anotarme al liceo del barrio. Pero no me tomaron, no sé por qué, quizás porque era yo. Me dijeron que los grupos eran de 30 y estaban completos. Luego me aconsejaron ir a la UTU, pero yo no quiero, quiero ir al liceo, terminarlo. A la semana me enteré de que en el mismo liceo sí tomaron a un conocido. Al enterarme pensé que no me aceptaban por lo que había hecho, entonces fue mi madre y le dijeron lo mismo, que no había cupo.

¿Hoy día INISA mantiene contacto contigo?

-No, yo a veces llamo para hablar con los funcionarios que me atendían a mí. Algunos son más o menos, pero otros son bien y siempre te dan para adelante.

-¿Hoy qué hacés?

-Nada. Cuando salí conseguí una changa gracias a un vecino como repartidor de refresco, pero dejé. Pagaban muy poco. Por día recibía 500 pesos, ya fueran seis o 14 horas. Me aburrí y dejé. Sé que para zafar de estos sueldos tengo que volver a estudiar: para tener un trabajo bien, tengo que estudiar algo bien de bien.

-¿Volverías a delinquir?

-No. Aprendí que si quiero obtener algo de dinero la rapiña no es la manera, aunque pueda parecer fácil, cosa que tampoco lo es. Quizás lo aprendí tarde… Además con lo que hice le causé mucho dolor a mis familiares y a los del policía.

-¿Cómo imaginás tu futuro?

-No pienso en el futuro, nunca lo hago… Hoy día mi principal meta es terminar el liceo y conseguir un trabajo. Bueno, quizás mi futuro ideal sea tener un trabajo que me guste y terminar el liceo o algún taller.