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Deportes

6/06/2020 15:45

Romano: “El periodista no puede ir a poner el culo 5 minutos antes”

Por: Diego Domínguez

Pasó un cumpleaños encerrado por relatar frente al televisor y se emocionó con un móvil de su hija: el lado humano del relator va mucho más allá de la pantalla.

Romano: “El periodista no puede ir a poner el culo 5 minutos antes”

@rodrigoromano76

A Rodrigo Romano poco le cuesta reconocer las veces que peor la pasó en un estadio de fútbol. En Venezuela recuerda que casi lo matan y en Barranquilla no olvida el gesto obsceno con el que los hinchas lo despidieron aquel 6 de junio de 2004 cuando Uruguay perdió 5-0.

Pero el día que más sufrió estaba en Montevideo. No fue por el resultado, ni por las condiciones del estadio, ni por tener a la gente en contra. Fue en un partido que, asegura, “es el que todo relator sueña”: un Uruguay-Brasil por Eliminatorias en el Centenario.

Esa mañana se levantó mal. La hernia de disco que lo aquejaba desde hacía un tiempo dolía de nuevo. Ni siquiera le importó que la selección fuera goleada 1-4. Juan Carlos Scelza, su compañero de cabina, le preguntó por qué había ido a trabajar si estaba así y Romano, que hoy lo piensa y se arrepiente, cree que esa noche del 23 de marzo de 2017 aunque fue al estadio y relató el partido, en realidad no estaba allí.

—¿Qué le pasó en ese partido?

—No era yo ese día. En un partido de Uruguay nunca estoy enchufado al 100%, estoy metido al 120%. Siempre tengo claro lo que estoy haciendo y ese día mentalmente no estaba. Sentimentalmente sí, pero mentalmente no. Para cumplir con mi trabajo no estaba. Me dejé llevar por el sentimiento y fui igual.

—¿Por qué tomó la decisión de ir?

—Fui porque no me lo quería perder y quería defender mi laburo. Hice todo el proceso para que sí, pero mi mente estaba enfocada en la hernia de disco. Mis pensamientos, mi energía, estaban todos focalizados en que no me doliera la espalda. Eran dolores que no me dejaban caminar ni respirar. Quería estar, no ser vago, pero ese día tendría que haber dicho que no iba.


No fue la última, pero sí la primera vez que la espalda traicionó a Romano. Y es que, en todo ese 2017, logró achacar la ilusión de aquel hombre de 40 años que a los 15 ya miraba fútbol las 24 horas y soñaba con que su voz saliera en la televisión. Fue un año en el que transpiró más por salud que por las emociones de los partidos a flor de piel. Fue el inicio de una etapa llena de pesadillas.

La historia del relator comenzó en el barrio La Blanqueada, a cinco cuadras del Gran Parque Central. Sus padres, que vivían en una casa pegada a la de sus abuelos, se habían separado, pero él con ocho años no quiso irse con ninguno porque “ese lugar lo tenía todo”. Amigos, escuela, picados en la calle, panqueques de su abuela los fines de semana, revistas de El Gráfico que “liquidaba en media hora”. Todo eso viene a su memoria cuando cuenta las anécdotas de su infancia, la que valora como “muy linda” pese a la estricta crianza de sus abuelos.

“Mi abuela me obligaba a ir a misa todos los domingos nueve y media de la mañana. A mí me gustaba ver el fútbol italiano y no podía porque, si no iba, era un escándalo. De todas formas, nunca me metieron una mano”, dice.

La tarde del 24 de setiembre de 1989 Romano se encerró en su cuarto frente al televisor para ver un partido entre Uruguay y Perú. Afuera, en el comedor, lo esperaban los amigos del barrio que habían ido a saludarlo por su cumpleaños.

Era tanto su fanatismo por el fútbol y la selección que, ya en ese entonces, el festejo de los 13 años, que debió disfrutar como buen preadolescente, quedó a un lado.

En esos tiempos nada lo volvía más loco que agarrar revistas o rollos de papel y transformarlos en un micrófono. Los transformaba en su cabeza, porque a pesar de que las revistas seguían siendo revistas y los rollos seguían siendo rollos, su mente le decía que eran un agregado imprescindible para esa película imaginaria que montaba con el relato.

Eran épocas en las que aún existía el Rodrigo Romano hincha. Épocas en las que si bien no era fanático —porque nunca lo fue— sus amigos sabían de su afición por uno de los dos equipos grandes. Pero un día tuvo que dar ese paso de parcial a periodista, aunque recuerda que fue sencillo.

—¿Qué opina acerca de que los periodistas digan de qué cuadro son hinchas?

—No estoy ni a favor ni en contra. Creo que es una opinión personal. Es difícil decirlo en este país y siento que le resta al periodista, que no aporta. Tenemos un mercado extremadamente bipolar en el sentido del fútbol y quizás después se te puede encasillar, y esa no es la idea. Respeto a los que lo han dicho y también respeto a los que no lo dicen.

¿Entre colegas hay respeto? ¿Se cuidan estas preferencias?

—Sí, totalmente. Jamás se me ocurriría decir de qué equipo es hincha un compañero. Sería una canallada.


La ilusión del botija que jugaba al fútbol en la calle Gregorio Funes y soñaba con las tardes de peloteo en el jardín de su abuela se trasladaron al periodismo deportivo, un mundo en el que quería estar, aunque ganara poco dinero. Pasó de ser el niño que no recibía a sus amigos por relatar frente al televisor al “hombrecito” que, con 16 años, sintió la “obligación moral” de ayudar en casa.

El nuevo Romano ya no era el juez o el observador de los picados en su barrio. Le había dicho que no a la carrera de Administración de Empresas en UTU y ahora estaba dispuesto a recorrer todo Montevideo en ómnibus para cobrar las facturas de una empresa de fumigaciones en la que trabajaba para “crecer y llevar el mango”. Rodrigo Romano había hecho el click y quería ser periodista deportivo.

La radio, los estudios de televisión y las cabinas eran ahora los lugares que frecuentaba. Había dado sus primeros pasos como periodista en Radio Universal, donde cubrió básquetbol y en su primera transmisión vivió una tarde de definición entre Peñarol y Nacional, que jugaban en simultáneo.

Su carrera siguió en Sarandí Sport hasta que pasó a la televisión y no la dejó más: Canal 5, TyC Uruguay, Tenfield, Canal 10, Canal 12 y DirecTV Sports fueron las señales en las que dejó su huella, sumadas a Radio Carve. De la única que no se despidió como quería —por las fallas de su espalda y el ambiente de trabajo— fue de Tenfield.

Fue tanta la energía y el entusiasmo que le puso al relato que empezó a sentirse más relator que periodista. Vivió el 5 a 0 de Peñarol a Nacional, el 2 a 1 de Nacional a Peñarol en la hora, y en los últimos 20 años todas las alegrías y tristezas de su máxima debilidad futbolística: la selección uruguaya, a la que relató en 235 partidos.

Pasaron Eliminatorias, Copas Américas, Mundiales y él vivió todo de cerca, todo desde adentro de la cabina. Allí se formó el Romano que dice no ser perfeccionista ni obsesionado por la estadística, pero que no admite errores porque “queda en evidencia”. Se formó un Romano que al día de hoy no se reconoce trabajando cuando relata partidos de Uruguay. “Soy otra persona, me transformo”, asegura.

—¿Idolatró a algún jugador de Uruguay cuando era chico?

—Sí. Francescoli fue el primero que reconozco que me hace enamorarme de la selección.

—¿Siempre fue así de fanático?

—Sí, desde chico siempre fui muy hincha. Me acuerdo que cambiaba de canal y donde estuviera la selección me quedaba pendiente. Los primeros goles que me acuerdo perfecto de Uruguay son los dos para ir al Mundial de México 1986. Sufrí mucho ese Mundial, lloré con el 6 a 1 de Dinamarca y ahí empecé a tener más noción.

—¿Aprendió a controlar esas emociones?

—No. Los partidos de Uruguay me matan la cabeza. Me mata perder, quedo muerto. Más si es un partido por puntos. Relaté cinco Eliminatorias (2002, 2006, 2010, 2014 y 2018). Son partidos con mucha emoción y cuando no la podés dominar transpirás el doble.

—¿Lleva alguna estadística?

—Hago algunas estadísticas de Suárez y Cavani. Por ejemplo, tengo el registro de todos sus goles desde Nacional y Danubio y estoy atento a cuando alcanzan determinadas cifras, a los números redondos. También sigo mis relatos a la selección, pero no soy un obsesivo. Las miro porque son un elemento más de análisis.

—¿Se le exige que prepare los partidos y que aprenda a pronunciar los apellidos?

—No, pero el periodista se tiene que informar, blindar de información todo lo que sea posible, porque le está brindando un servicio al televidente o al radioescucha. No puede ir a poner el culo cinco minutos antes en la silla y empezar a hablar. Tiene que saber lo que está hablando porque de esa manera el que lo recibe se siente seguro. A mí no me gusta payar. Nunca fui a un partido sin leer. Nunca lo hice, y no lo voy a hacer nunca”.


El relator sostiene que hay un secreto para errarle lo menos posible: la preparación. Su perfeccionismo lo llevó a la casa del técnico Sergio Markarian antes de relatar su primer partido del fútbol griego: Panathinaikos versus Olympiacos.

El entrenador, impresionado, no podía creer que alguien se le acercara para preguntar sobre cuestiones de fonética y estrategia, pero, según recuerda Romano, quedó “realmente fascinado” tras las dos horas que compartieron juntos.

A tanta preparación, en tantos años de trabajo, hubo un detalle que lo superó: el amor de su hija. Ni releer 500 veces los nombres de los jugadores ni instalarse un sistema para ver 240 partidos en su casa le bastaron para anticiparse a la jugada de la niña, que con cinco años le dio lo que recuerda como la anécdota más linda de un Mundial.

Fue en 2010, en el centro de Pretoria, a minutos de comenzar su primera transmisión en un campeonato del mundo. Uruguay jugaba contra el local, Sudáfrica, y Romano moría de los nervios, de la ansiedad, de las ganas de relatar. Hasta que apareció una “vocecita” que bloqueó todo y le movió el mundo: era Martina, su hija, que cumplía años y aparecía por la cámara desde Montevideo.

“Me acuerdo que me dijeron 'dale paso a Iñaki Abadie, que está en Pocitos'. Empecé a ver el plano, apareció Iñaki, vi que Martina, mi hija, estaba sentada al lado de él en el jardincito y con la vocecita de cinco años me dijo: 'Papá, ¿me llamás?' Lo recuerdo y me emociono porque fue increíble verla”, cuenta.

Romano extraña esos tiempos. Desde las sorpresas de Martina, lo rutinario, el cosquilleo permanente en la cabina antes de los partidos, hasta los guardias de VTV a la medianoche preguntándole “Romano, ¿usted a qué hora se va?”. Extraña todo eso porque él es así: laburador incansable, fanático de lo que hace, apasionado por estudiar, releer y nutrirse, pero también familiero y sensible.

Su espalda lo sacó de los relatos por un tiempo cuando ya no pudo aguantar el dolor. Se tomó unos meses para recuperarse, pero la vuelta no fue igual: ya no se sentía cómodo por los pasillos de Tenfield como antes. La relación se fue desgastando y dejó de ser el relator oficial del fútbol uruguayo.

Ahora habla sin pudor y reconoce que, a pesar de los sacudones, quiere dejar atrás esos viejos roces. Así, esboza la madurez de un hombre de 43 años, pero a la vez una juventud cual chiquilín que se ríe de sí mismo.

Y es que cuando ve una foto del traje que usaba en sus inicios no puede evitar compararlo con el que ahora luce en Telemundo: “Tiene otro corte de hombros, es otra época”, admite entre risas, al tiempo que asegura vivir un presente en su zona de confort.

Los primeros partidos con su ausencia tuvieron una repercusión clara en las redes sociales. En Twitter los hinchas lo empezaron a extrañar. Ahora tienen la chance de escucharlo en DirecTV Sports, aunque ya no sienten los gritos de “¡frutilla!” que anunciaban una expulsión los fines de semana cuando el Campeonato Uruguayo todavía rodaba.

Ya no tienen ni tendrán a Romano cuando vuelva la actividad. Solo el tiempo les dirá cómo se volverán a encontrar, porque hay algo que el relator tiene claro: a aquellos lugares que lo echan, no vuelve.