Vendió botellas para comer y dispara: "El fútbol nuestro está podrido"

Por: Danilo Costas
Publicado: 7/11/2018 07:07
Vendió botellas para comer y dispara: "El fútbol nuestro está podrido"
Danubio
Mathías Acuña junto a Sergio Felipe, uno de los colegas y amigos que más lo ayudó.

Mathías Acuña fue el héroe de un Fénix que se salvó del descenso en la última fecha y denuncia la realidad de un sistema perverso.

Atrás quedó una semana de presiones, el trabajo en varios turnos, las indicaciones de Juan Ramón Carrasco, los deseos de suerte y las presiones. Es la hora de la verdad. El Capurro está lleno como en sus mejores épocas, ya pasaron los tambores, los vecinos coparon la cancha y el mensaje se transmite como un mandato que cruza el alambrado y la línea de cal: "El Fénix no baja".

En el vestuario la tensión es extrema, las ganas de salvarse y el hambre -literalmente- también. Pero el suplicio se diluye a los 16 minutos, cuando una pelota abierta hacia la izquierda le llega y la pone contra un palo para desatar el grito atragantado, la angustia del barrio y exorcizar los demonios que atacan en un fútbol contradictorio, mal administrado, con héroes que no comen y donde la exigencia está a la orden del día.

Fénix se salvó del descenso deportivo y la alegría, o el alivio, fue apenas una distracción para sus jugadores, ahogados por las deudas y los platos vacíos.

“Nos salvamos del descenso y fue un objetivo cumplido, pero fijate que muchos de nosotros festejamos en ese momento y ya nos pusimos a pensar en la familia, en las obligaciones que tenemos y cómo las vamos a enfrentar. Nosotros jugamos sin cobrar, nos deben setiembre y octubre y me traje varios envases de una comida que hicimos en la Mutual para poder cambiarlos. Fui al almacén y vendí los envases por un paquete de fideos y un poco de jamón y queso. Tengo una mujer y un hijo de seis años y no teníamos un peso para comer. Fue una situación incómoda, una experiencia que no se la deseo a nadie, pero que me sirve para saber que esto no lo quiero vivir más”, le cuenta a ECOS el delantero Mathías Acuña, héroe de una tarde donde Fénix se salvó del descenso y donde marcó, en ese minuto 16 del primer tiempo, el gol que abrió el partido.

Según estima la Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales, el 60% de los clubes del fútbol uruguayo presentan atrasos salariales con sus empleados, ya que el futbolista sale a la cancha, pero también se quedan fuera de los focos cocineros, médicos, utileros y otros funcionarios.

“El sistema del fútbol uruguayo es así y reflexionar sobre las deudas es hacer una reflexión directa sobre la propia historia del fútbol uruguayo. Como ahora los futbolistas decidimos no callarnos más, esto sale a la luz y toma una mayor dimensión. Los jugadores nos dimos cuenta que el fútbol uruguayo no es pobre, pero está muy mal manejado”, le agrega a este portal el vicepresidente de la Mutual, Matías Pérez, quien supo jugar en Fénix y padecer varios de esos dramas.

Pérez jugó en Peñarol, Danubio, Juventud de Las Piedras, Boston River, Fénix y Atenas de San Carlos y solo en Danubio, según dice, cobró en fecha.

“Yo estuve en varios lados y solo en Danubio cobraba en fecha y sin atrasos. El tema de las deudas no es patrimonio exclusivo de Fénix, que es un club de gente muy buena y muy laburante, es una calesita de hace mucho tiempo donde el producto fútbol se manejó muy mal, se vendió muy barata y ahora los clubes y los jugadores pagan los platos rotos. El problema es que los futbolistas naturalizaron los atrasos. En una fábrica o en una empresa si no te pagan dos meses parás todo, cortás lo que estás haciendo y reclamas. En el fútbol eso no pasaba”, subraya.

Acuña coincide en esa lectura y dispara un diagnóstico crudo sobre una realidad que le duele a más de un colega futbolista.

“Yo no culpo a Fénix, porque hay dirigentes que mostraron sensibilidad y se movieron para cumplir. Pero el problema viene de arriba porque hasta que no nos unamos todos y cambiemos el estatuto, el jugador la va a seguir pasando mal y la guita se la va a llevar gente que no es protagonista. El fútbol nuestro está podrido y es una realidad. No puede ser que los jugadores, que son los dueños de todo esto, no tengan para comer. Muchos jugadores de Primera y Segunda División tienen estos problemas”, sostiene.

En este fútbol mezquino, de dirigentes avaros y plata mal repartida, Acuña relata una anécdota que pinta al sistema de cuerpo entero: “Me tocó estar en El Tanque Sisley y que los jugadores no tuvieran para pagar la luz porque no cobrábamos nunca y teníamos que ver al presidente ir al entrenamiento con una camioneta nueva. Eso es el fútbol nuestro, la verdad que nosotros (los jugadores) vivimos un momento de mierda”.

El presidente de El Tanque Sisley es Freddy Varela, quien no se hizo cargo de las deudas del plantel para la temporada 2018 y el club fue desafiliado.
El futbolista promedio, por fuera del radar de los equipos grandes que también tienen serias dificultades de pago, convive con esa dicotomía de ser héroe los fines de semana y tener que inventar mil y unas formas para poder comer de lunes a viernes. En ese juego perverso hay un componente clave: la vergüenza.

“El futbolista se calla por vergüenza también porque no está bueno tener que pedir para poner un plato de comida en tu casa. Uno tiene a los padres, que son laburantes y se rompen el lomo ocho horas para vivir dignamente, tiene a sus suegros y a los amigos como Sergio Felipe (jugador de Danubio) que siempre me dio una mano, pero es jodido pedir. Ni a mi representante le pedí comida porque me dio vergüenza”, dice.

Acuña es representado por Gerardo Rabajda y Edgardo Lasalvia, los mismos que manejan las carreras de jugadores de la selección como Federico Valverde o Jonathan Rodríguez.

“Yo sé que si llamo al Chino (Lasalvia) no me falta nada y si le pido para comer me llena la heladera, pero me da vergüenza pedir tanto. Vender los envases y salir a rebuscarse la comida uno no lo hace para dar un ejemplo, lo hace por la familia, porque sufre y acompaña como nadie. Cuando empieza el partido uno se sacrifica por ellos, pero cuando terminan empiezan otras batallas que tienen que ver con la vida, con las cuentas que no se pueden pagar y con la comida que tu familia tiene que comer”, dice Acuña.

En la interna del plantel, muchos jugadores sabían que había compañeros con mayores dificultades que otros, pero Acuña se guardó los lamentos para el final del campeonato.

“Juan (el entrenador Carrasco) no estaba enterado de mi situación puntual aunque si sabía que los jugadores no cobrábamos. Yo en el vestuario no lo hablé para no tirar mala onda, porque estábamos todos enfocados en salvarnos del descenso, solo sabían Breno (de Souza) y Nicolás Olivera, porque me pasan a buscar por casa para ir a entrenar y sabían todo lo que pasaba”, definió el delantero.

Goleador, pícaro, ágil y con buen manejo a la hora de utilizar los dos perfiles, Acuña aprendió de chico a convivir con el sacrificio y a apartarse de los vicios de una cuadra donde los tambores se transformaron en banda sonora.
“Vivo en Barrio Sur, en un barrio bien candombero y me tocan el tambor todos los días en la puerta de casa. Yo de chico tocaba y era escobero de Cuareim 1080, que es la comparsa de mis amigos. Pero todos sabemos que el carnaval es pura joda y me tuve que apartar”, dice antes de largar una carcajada.

Rendir deportivamente con semejante carga emocional es todo un desafío, al que los futbolistas con problemas económicos, familiares o de otros tipos suelen reaccionar de manera diferente.

“La carga emocional se transforma en una enorme presión pero depende de cada deportista. Alguno lo toma como una oportunidad para demostrar sus condiciones pero las deudas o los problemas vinculados a la economía familiar son una carga pesada. Hay cuerpos técnicos que lo pueden trabajar si tienen psicólogos deportivos incorporados ya sea con charlas mano a mano o dinámicas grupales”, dijo a ECOS el psicólogo deportivo Guillermo Mariano, con experiencia en el fútbol uruguayo por su pasado en River Plate.

Para el especialista las presiones en el fútbol uruguayo se repiten, pero es fundamental la herramienta del diálogo para canalizar la angustia y poner el foco en la competencia: “Son situaciones complejas porque muchas veces se intentan dejar los problemas fuera de la cancha, pero eso no siempre sucede. Abstraerse es complicado, se busca hablar para digerir la presión y no arrastrarla, además de manejar dinámicas de concentración y manejo de pensamientos. Cuando un futbolista llega al entrenamiento o al partido con esos problemas es todo un desafío”.