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A una señora descontrolada

Publicado: 30/01/2019 12:36

Opina Miguel Ángel Campodónico*

La finalidad de lo que escribo para ECOS no es polemizar con una persona determinada. Doy mi opinión y luego los lectores opinan lo que desean Así me he planteado mi participación en este portal.

Con sus comentarios los lectores podrán estar de acuerdo, podrán discrepar e incluso tendrán la posibilidad de insultarme como más de una vez lo han hecho. Lo acepto, son las reglas que debo cumplir.

En el caso Espínola Gómez me veo a obligado a cambiar excepcionalmente mi decisión debido a que fui atacado furiosamente por una señora con un larguísimo y encendido discurso que no contestó lo esencial de mi planteamiento hecho por primera vez hace ya siete meses.

Ya he dicho que no participo de las redes sociales por razones de higiene mental, de modo que no tengo otro medio del que valerme como no sea ECOS para contestar la furibunda reacción de la señora Magalí Sánchez.

Hace muchísimos años que no la veo, no sé si vive en el Uruguay o en el extranjero, tampoco tengo idea de si ha continuado haciendo tapices. ¿Por qué ha saltado sobre mí como una fiera enfurecida?

En ninguna de mis columnas nombré a persona alguna, en el único momento en el que mencioné nombres fue cuando recordé quiénes eran los cinco albaceas que Espínola Gómez nombró en su testamento “para el manejo de su obra plástica”. Entre ellos figuraba la señora Magalí Sánchez. Pero, además, volví a nombrarla porque a ella además la designó albacea de sus “efectos personales”.

No entiendo entonces la razón por la cual la señora Magalí Sánchez se siente ofendida, irritada, colérica hasta llegar al insulto si mi preocupación esencial y única fue saber dónde estaban las cosas de Espínola Gómez. Esta preocupación se vio reforzada después de que la Dirección de Cultura me comunicó que al tomar posesión del edificio de la calla Paraguay solamente estaba la obra pictórica. Yo como otros amigos del artista tenemos el derecho elemental de hacer esa pregunta para conocer la verdad. ¿Por qué molesta?

Todos los que estuvimos cerca de Espínola Gómez tenemos la absoluta certeza de que él en ningún momento tuvo la intención de dejarle sus cosas a una persona en particular. Esto es para nosotros de una claridad indiscutible.

La preocupación por saber dónde estaban existió desde siempre pero reapareció cuando en mayo pasado se inauguró el llamado Espacio Espínola Gómez, ya que varios de sus amigos pensamos que por ser el lugar ideal allí estaría todo aquello que era nuestra preocupación permanente. Sin embargo, no había nada, fue entonces cuando al mes siguiente escribí mi primera columna.

Repito la pregunta: ¿Por qué la señora Magalí Sánchez se desboca como si hubiera sido acusada hasta llegar al extremo de decir que ella no robó nada? Es extraño.

También yo podría recordar momentos de distintos encuentros con Espínola Gómez, no solamente en bares y cafés, también en casa de amigos y en la mía propia, comentar sus dichos, sus sorprendentes ideas sobre la amistad y sobre el amor, publicar lo que me decía de algunos hombres y mujeres cercanos, exponer sus sensaciones mientras comía con su característica voracidad. ¿Para qué? Nada ganaría con ello, las intimidades no se publican ni en Facebook ni en ninguna otra parte.

Yo no cuidé a Espínola Gómez, por supuesto, por qué debía hacerlo. Fui a verlo al edificio de la calle Paraguay, varias veces al antiguo Hotel Cervantes, al sanatorio actualmente del Círculo Católico y al de la Casa de Galicia.

Ciertas cosas que cree recordar la señora Magalí Sánchez están equivocadas pero no pienso aclararlas porque no es el tema que me ocupa. Allá ella con lo que le dicta su memoria.

En definitiva: ¿qué tiene que ver todo lo que ella contó en su incendiario comentario con la pregunta que hice y que dio lugar a su intempestiva aparición? ¿Por qué detalla tan minuciosamente cómo se ocupó de cuidar a Espínola Gómez con quien sabemos que tenía una relación muy particular?

Resulta penoso entrar en ese terreno para esclarecer lo que pasó con el tema planteado. El único que me importa, que nos importa, en realidad, ya que no soy el único.

Para terminar digo ahora que tal como lo publiqué en su momento yo poseo una copia del testamento de Espínola Gómez. No tengo noticias de que lo hubiera modificado muy poco antes de fallecer, de modo que lo escrito ahí fue su última voluntad.

En la copia del testamento se dice textualmente: “Revoca por todas sus partes cualquier testamento que aparezca o se le atribuya pues quiere que valga el presente por ser la expresión de su última y deliberada voluntad”.

Es en ese testamento que designa a la señora Magalí Sánchez como albacea de sus efectos personales encomendándole que cuando se inaugurara el museo lo entregara todo hasta completar su “acervo representativo”. Queda claro que esa fue su decisión.