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La cultura de la violación

Publicado: 18/01/2019 07:22

Opina Mag. Andrea Tuana*

En los primeros días del año, la ciudadanía ha logrado visualizar una pequeña parte de lo que implica la violencia de género para las mujeres. El horror de las violaciones grupales (en nuestro país y en países vecinos), la aterradora dinámica cotidiana de la violencia doméstica, concentrada en una tarde de rehenes, amenazas de muerte y trasmisión en vivo y las denuncias de violencia sexual que se suceden una y otra vez.

Frente a este panorama, la opinión pública se sobresalta y ensaya todo tipo de hipótesis.

Hay quienes quieren seguir tapando el sol con un dedo, sosteniendo que son casos aislados, de personas enfermas, con trastornos psiquiátricos que motivan su accionar y que no es un tema de género, que tanto mujeres como varones violentan en la misma medida.

Hay quienes creen que se han perdido los valores, que este es un asunto de personas malas contra personas buenas y hay quienes creen que la humanidad está en franca decadencia y que el fin del mundo está llegando.

Pero lo que está llegando – finalmente - es la desnaturalización de la violencia sexual, la posibilidad cierta de muchas mujeres de identificar que han sido sometidas a prácticas sexuales y de alzar la voz pidiendo justicia.

Estas voces y estas denuncias, que van en aumento, se chocan con una cultura que pretende seguir normalizando la violencia sexual hacia las mujeres.

El Comité de Expertas en Violencia de la OEA (2016) plantea que la violencia sexual contra niñas y mujeres es una de las manifestaciones más claras de los mandatos sociales y las tradiciones de una cultura patriarcal que alienta a los hombres a creer que tienen el derecho a controlar el cuerpo y la sexualidad de las mujeres.

Distintas expresiones de esa cultura, circulan a diario en redes sociales, a continuación, transcribo algunas de las que leí en estos días:

-“Pero tampoco podés llegar a calentar a un hombre, refregándote, manoseándolo (como hacen muchas) y después decir no.”
-“Qué asco dan mujeres. Ellas mismas degradan el género y se degradan ellas mismas, hay que respetarse, esto ya se convirtió en libertinaje y después dicen que son abusadas”.
-“Una muchacha normal no se mete en una carpa llena de hombres”.
-“Los hombres son hombres y si las mujeres andan donadas por la vida, es obvio que se van a aprovechar”.
-“¿Y ella es una santa que se acuesta con tres tipos? Por favor que pocos valores tienen esta juventud”.
-“Si te gusta el durazno, aguántate la pelusa”

Estas expresiones son más comunes y generalizadas de lo que creemos. Son expresiones que resumen o sintetizan la cultura de la violación de la que tanto se ha hablado en los años 70.
Promovemos la cultura de la violación, cuando ponemos en duda las denuncias sobre violencia sexual

La cultura de la violación es un término acuñado por feministas norteamericanas en los años 70, haciendo referencia a la normalización y la aceptación de la violencia sexual hacia las mujeres y a la culpabilizacion de las víctimas de su propia violación.

Las manifestaciones de esta cultura son diversas, la más frecuente es la culpabilizacion de la víctima de la agresión sexual por los lugares que frecuenta, su forma de vestir, su actitud, el consumo de alcohol o drogas y como consecuencia se aconseja a las mujeres que actúen de determinadas maneras para que así eviten ser violadas. El acoso callejero se invisibiliza, entendiendo que son piropos y se quiere halagar a las mujeres; se trivializan las agresiones sexuales o se ignoran y se ponen en duda las denuncias de violación cuestionando las intenciones de las mujeres al realizarlas.

La cultura de la violación en Uruguay

Decir que los uruguayos y uruguayas promovemos el abuso sexual hacia las mujeres y educamos varones violadores, sería una expresión revulsiva, rechazada por la gran mayoría de la ciudadanía, sin embargo, es una realidad, aunque nos pese.

Nuestra educación machista cotidiana, legitima la violencia sexual y coloca a los varones como potenciales violadores. Quienes cometen actos de violencia sexual hacia las mujeres uruguayas, son varones, imputables (en su enorme mayoría), educados en familias uruguayas.
Promovemos la cultura de la violación, cuando quitamos responsabilidad a los varones abusadores y decimos que la culpa es de la mujer por exponerse a esa situación

Promovemos la cultura de la violación, cuando ponemos en duda las denuncias sobre violencia sexual. Cuando frente a una denuncia, nuestra reacción es la de sembrar la duda, afirmar que las mujeres mienten y que la mayoría son denuncias falsas.

Promovemos la cultura de la violación, cuando somos indiferentes, preferimos no emitir opinión ni tomar postura y pensamos, “anda a saber lo que pasó, no es mi asunto”.

Promovemos la cultura de la violación, cuando quitamos responsabilidad a los varones abusadores y decimos que la culpa es de la mujer por exponerse a esa situación o por ir voluntariamente “a la boca del lobo”.

Promovemos la cultura de la violación cuando damos por sentado que un grupo de varones alcoholizados van a violar a una chica porque ella decidió entablar conversaciones con ellos, tomar alcohol con ellos o meterse en una carpa con ellos.

Promovemos la cultura de la violación, cuando decimos que la responsabilidad de ser abusadas, es de las mujeres porque provocan, seducen y andan “regaladas”.

Promovemos la cultura de la violación cuando educamos a nuestros hijos e hijas desde concepciones machistas que reproducen la doble moral sexual. Esta doble moral sexual, impone mandatos y habilitaciones diferenciales, según se trate de un varón o de una mujer.

Nuestra cultura, habilita a los varones a gozar de una libertad sexual amplia, casi ilimitada, siempre y cuando se cumpla con la heteronorma. Esta cultura machista también les presiona para que esa sexualidad sea gestionada de tal forma que su principal objetivo sea el de comprobar la virilidad masculina.

El mandato de ser viriles, impulsa a los varones a avanzar sexualmente sobre las mujeres, siempre que exista una posibilidad. Esa práctica sexual debe ejecutarse, sin importar el deseo propio o ajeno y sin importar en qué condiciones se desarrolle el acto sexual, sin importar si hay un consentimiento o no de la mujer en cuestión.

Un ejemplo de ello, son las declaraciones de la joven que denunció abuso sexual por parte de varios hombres en un camping en Valizas, la joven relataba: “Lo que más me violentó fue cuando empezaron a decir, vamos, vamos y yo decía que no y seguían y yo decía que no”.
El acto sexual muchas veces se ejerce para la tribuna, para que otros varones den su visto bueno, el objetivo no es vincularse sexualmente

Sobre esta moral patriarcal, la autora Rita Segato plantea que el mandato de masculinidad es un mandato de violencia, donde el hombre debe bajo cualquier condición demostrar esa virilidad.

Sobre la ideología machista expresa: “Aquello que hace pensar al hombre que, si él no puede demostrar su virilidad, no es persona. Está tan comprometida la humanidad del sujeto masculino por su virilidad, que no se ve pudiendo ser persona digna de respeto, si no tiene el atributo de algún tipo de potencia”. (Segato, 2018)

El acto sexual muchas veces se ejerce para la tribuna, para que otros varones den su visto bueno, el objetivo no es vincularse sexualmente con tal o cual mujer, gozar junto a ella, compartir esa instancia y disfrutar mutuamente, sino que ese acto se hace para ser validado a los ojos de los otros. De la barra de amigos, de los compañeros de trabajo, de los otros varones que van a reafirmar la sexualidad del varón en cuestión, su potencia, su ser masculino.

A continuación, señalo algunos casos paradigmáticos ocurridos en nuestro país, que reflejan las concepciones sostenidas por la moral machista y el mandato de virilidad:

-El caso de “Los fenómenos”, así se tituló la investigación policial de un caso de explotación sexual en el que fueron procesados con prisión choferes de una empresa de transporte. Algunos denunciados compartían un grupo de whats app llamado “los fenómenos”. Uno de los integrantes de este grupo (que no fue implicado en el caso) declaró en un medio de prensa lo siguiente: “Ella buscaba (adolescente de 16 años), se subía a los ómnibus y buscaba choferes, no miraba si eran veteranos o no. Andaba regalada”.
Navegando en redes sociales encontré una canción alusiva a este episodio, que demuestra claramente cómo opera la cultura de la violación en Uruguay

-El caso del “baño de Santa Teresa”, donde una joven ingresa al baño de varones del mencionado camping y varios varones la filman mientras tienen sexo oral con ella. La joven denunció haber sido abusada sexualmente por estas personas ya que no se encontraba en condiciones de dar su consentimiento, por estar bajo los efectos de sustancias psicoactivas. El video fue viralizado y la joven fue sometida al escarnio público, a la condena social, por inmoral, por “puta”, por “regalada”. La joven fue violentada sistemáticamente por cada una de las personas que reprodujeron y viralizaron ese video. En este episodio, se condena a la víctima y no se juzga socialmente, la conducta abusiva, de una manada de varones aprovechándose de una mujer bajo los efectos de las drogas. Las repercusiones continuaron violentando y aleccionado a esta joven y a todas las mujeres. Navegando en redes sociales encontré una canción alusiva a este episodio, que demuestra claramente cómo opera la cultura de la violación en Uruguay. Esta canción que debería avergonzarnos como sociedad, que debería ser condenada por nuestra sociedad, está en YouTube, tiene miles de vistas y de comentarios complacientes, alentando a quienes la realizaron y grabaron.

Llegaron por fin mis vacaciones
que lindo que es ir a acampar
la gente se siente ya mas libre
yo tengo ganas de irme a algun lugar
(claro que si querido)
en rocha se vive una gran joda
fumatas, alcohol y mucho mas
y dicen que un baño se transforma
y se parece mucho a la casa de nana
quiero ir al baño de santa teresa
no voy a ir ni a cagar ni a mear
llevo el cepillo, la toalla, y el celu cargado
yo ya me abri una cuenta en whatsapp
quiero ir al baño de santa teresa
con mis amigos nos vamo' a enfiestar
en ese baño son gratis las cosas que en
los quilombos tenés que pagar
(vamos todos carajo)

Artista: Party Band
Álbum: Si Nos Organizamos...
Fecha de lanzamiento: 2014
Género: Pop

Aquellos varones que deciden no ejercer su sexualidad en estas condiciones, que son selectivos, que rechazan una oportunidad de tener sexo con una mujer, son cuestionados por otros varones, a veces son alentados y presionados por otros varones y si mantienen la negativa, son sometidos a la crítica, al escarnio, a la burla, a la violencia y su virilidad queda en cuestión.

Cuando se trata de la sexualidad de las mujeres, otros son los parámetros con los que se mide la conducta sexual; otra vara medidora es utilizada.

Para las mujeres, la libertad sexual es restringida, existen límites que no se deben cruzar. Si una mujer tiene un comportamiento que no se ciñe a los mandatos de la moral machista, es pasible de ser castigada, violentada, abusada sexualmente, sometida al escarnio público y estigmatizada, adjudicándole el calificativo “puta”.

En este sentido, Rita Segato, plantea: “El violador no es un ser anómalo, raro. En él irrumpen valores que están en toda la sociedad. Él siente que está castigando a su víctima por algún comportamiento que entiende como un desvío, un desacato a una ley patriarcal. Para él, la violación es un acto de moralización”. (Segato, 2018)

La autora plantea que las mujeres estamos sometidas a la mirada social, que debemos demostrar que somos personas morales, porque nuestra moralidad está siempre cuestionada. Se cuestiona nuestra moralidad si llevamos ropa ceñida, mucho escote, pollera corta, si tomamos alcohol, si tenemos sexo grupal, si tenemos un amante, si bailamos alcoholizadas en un boliche, si entramos a una carpa llena de varones drogados, si subimos fotos sensuales a nuestras redes sociales, si tenemos sexo en un descampado, si salimos de fiesta con hombres desconocidos, etc.

Todas estas conductas son leídas por el mandato machista como un permiso para violar a las mujeres y/o someterlas al escarnio público.

Un ejemplo de ello, es un caso sucedido en Punta del Diablo, cuando una joven que mantenía relaciones sexuales con un muchacho en un descampado fue manoseada y amenazada por otros varones. Al menos 3 varones que vieron esa situación, se acercaron a ella, la filmaron, la manosearon y la amenazaron de que, si no tenía sexo con ellos, iban a difundir las imágenes en redes sociales. Frente a la negativa de la joven, uno de ellos difundió estas imágenes que se viralizaron.

La cultura de la violación también opera, frente a los casos donde no se puede reprochar la conducta de la víctima, porque la misma no incurrió en ninguna transgresión de la ley patriarcal. En estos casos, se busca deslegitimar su denuncia con otros argumentos. Un clásico es el argumento de porqué demoro tanto en denunciar, claro ejemplo es el caso de Thelma Fardin (actriz argentina) que denunció una violación ocurrida hace varios años atrás.

Es importante saber, que muchas mujeres denuncian situaciones abusivas luego de varios años de sucedido el hecho y algunas nunca lo hacen y ni siquiera se animan a compartirlo con personas de su confianza. Esto se da por varias razones. Por miedo, vergüenza, idea de que nadie les va a creer, miedo a ser estigmatizadas, culpabilizadas, a que la opinión pública realice toda clase de conjeturas e hipótesis sobre el hecho, miedo “de estar en la boca de todo el mundo”.
La gente que ha sobrevivido a atrocidades, a menudo cuenta su historia de una manera altamente emocional, contradictoria y fragmentada que resquebraja su credibilidad

Otro argumento para deslegitimar las denuncias, es la forma en que se relatan los hechos; si hay mensajes ambiguos, expresiones contradictorias, frases que no encajan, incluso si la víctima se presenta muy descompensada se la tilda de loca y por ende su credibilidad queda puesta en cuestión. La autora Judith Herman, describe el conflicto que viven las víctimas ante la posibilidad de develar la situación.

El conflicto entre la voluntad de negar los acontecimientos horribles y la voluntad de desvelarlos es la dialéctica central del trauma psicológico. La gente que ha sobrevivido a atrocidades, a menudo cuenta su historia de una manera altamente emocional, contradictoria y fragmentada que resquebraja su credibilidad y por lo tanto cumple los dos requisitos imprescindibles: decir la verdad y mantener el secreto. (Herman 2004:19)

Si, por el contrario, la víctima se presenta segura de sí misma, fuerte emocionalmente, con un relato coherente y mesurado, también es cuestionada la veracidad de su relato aduciendo que, si le pasó eso que relata, no podría estar tan tranquila y tan bien parada.

Hacia donde caminar

Cuando la ciudadanía se enfrenta a un caso donde es imposible culpar a las víctimas, ni poner en duda la existencia de la violencia sexual y no hay otro camino que aceptar que el hecho sucedió, comienzan a plantearse distintas propuestas de solución. Pena de muerte, castración química, cambiar las leyes, cambiar las autoridades, entre otras.

Es necesario que ensayemos otro tipo de soluciones. Una de las primeras, es enseñarles a nuestros hijos varones a no abusar sexualmente de las mujeres.

Dialogar con nuestros hijos e hijas sobre el significado del consentimiento, trasmitirles que una relación sexual debe ser pactada y acordada por las personas que van a participar. Que en una relación sexual las personas que participan, deben estar atentas en todo momento de que la otra persona se sienta a gusto, que esté siendo partícipe y protagonista, que esté cómoda, disfrutando y sintiendo placer. Que cuando eso no sucede, se debe parar y chequear si todo está bien o no.
En el Uruguay de hoy, las mujeres estamos empezando a reaccionar en forma colectiva frente a la violencia de género y en especial a la violencia sexual

Dialogar con nuestros hijos varones y enseñarles que deben estar muy atentos y conscientes de no estar ejerciendo ninguna forma de presión ni sometimiento durante el acto sexual.

Dialogar con nuestros hijos varones, sobre la cultura machista en la que vivimos, sobre la histórica lucha de las mujeres para acceder a los derechos humanos, de la igualdad que debemos seguir construyendo, porque la discriminación hacia las mujeres y la violencia de género siguen vigentes en nuestra cultura.

Al mismo tiempo que enseñamos a nuestras hijas a poner freno a cualquier acto abusivo sobre sus cuerpos y sus vidas, a reconocer sus derechos y a protegerse de cualquier forma de violencia, debemos enseñar a nuestros hijos varones a no violentar, someter, ni abusar de las mujeres.

En el Uruguay de hoy, las mujeres estamos empezando a reaccionar en forma colectiva frente a la violencia de género y en especial a la violencia sexual.

Cada día van surgiendo nuevos colectivos, algunos integrados solo por mujeres, otros integrados por mujeres, varones, personas trans, que organizan diferentes formas de resistencia. Algunos colectivos desarrollan estrategias de autodefensa y protección, otros salen a denunciar a las calles y/o en los medios de comunicación, como forma de romper el silencio y abrir visibilidad a las prácticas violentas que ejercen los varones sobre nuestros cuerpos. Hay colectivos que monitorean y dan seguimiento a las actuaciones del sistema de justicia, denunciando las prácticas que perpetúan la impunidad y revictimizan a las mujeres.

Las mujeres estamos denunciando cada vez más, aquellas prácticas y conductas que antes quedaban en el silencio. Exigimos leyes y el cumplimiento de las mismas, salimos a las calles a poner un freno ante la discriminación y violencia estructural que sufrimos. Salimos a las calles a manifestar que estamos hartas de la dominación masculina y que vamos por un mundo que también sea habitable y justo para nosotras. No alcanza con educar en el amor (he leído algunas propuestas en ese sentido), es necesario educar en la justicia e igualdad para cambiar esta historia.

*Andrea Tuana es licenciada en Trabajo Social y magister en Políticas Públicas de Igualdad, directora de la ONG El Paso, e integrante de la Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica y Sexual.