columnist

Un fantasma recorre el mundo: el “vale todo” (II)

Publicado: 16/09/2018 07:36

Opina Oscar Larroca*

En mi columna anterior comentaba –de forma muy somera- cómo “el vale todo” viene derribando los espacios del diálogo y la crítica desde hace por lo menos veinte años.

En la caricatura que ilustra esta columna de opinión se ve a Nixon en una acción que exime de mayores comentarios. Se trata de una ilustración realizada en 1974 por el artista británico Gerald Scarfe.

Hay cientos de antecedentes similares en la pintura y en la caricatura vinculados al conflicto que se puede desatar entre la libertad de expresión y la reserva moral que aducen quienes ven lesionados sus derechos, como la serie fotográfica “Los poderosos en su trono” (2014), de la italiana Cristina Guggeri, donde se ve a Merkel u Obama sentados en inodoros; o “Train, Mechanical” (2009) donde Paul McCarthy coloca a George Bush en una obscena partuza con siete enanos y algunos cerdos. Entre muchos otros ejemplos, Hillary Clinton fue retratada desnuda por Sarah Ferguson (2008), y una escultura del colectivo “Indecline” (2016) muestra a Donald Trump desnudo y con genitales diminutos.

¿Debe “valer todo” a la hora de emplear recursos gráficos vinculados a la representación? No. Pero considero que “todo debe valer” a la hora de producir en tanto el autor se haga responsable del alcance de lo que entiende por “libertad”. Esa responsabilidad se definirá mediante un diálogo horizontal con todas las partes involucradas (artista y retratado), para lograr –finalmente- la circulación de sentido. Lo contrario a todo esto es el otro “vale todo”: el impuesto de forma vertical por quienes consideran que detrás de toda crítica se oculta solamente la pezuña de una mente perversa y subyugada por la mera burla.

Imaginen ustedes que algo parecido se hiciera por estas regiones. Imposible. Caricaturizados y simpatizantes del caricaturizado expondrán a viva voz su ofensa. Uno y otros demandarán al autor y lo desacreditarán en la plaza pública. Cristina Kirchner, por ejemplo, denunció a Hermenegildo Sábat por una caricatura en la que se la veía con la boca tapada. "¿Nos quieren calladitas y obedientes?", preguntó con desagrado la expresidenta argentina.

No pocos kirchneristas se hicieron eco del enojo de su mentora política. De este lado del charco, otros llegaron a pedir la intervención de la justicia, como cuando José Mujica se ofendió por el “atentado” de un artista que lo representó en una pintura a él y a su esposa “sin ropas”.

La caricatura, además de sus necesarias de-formaciones, elige rasgos sobresalientes del individuo: postura física, amaneramientos, gesticulaciones. Por lo tanto, no va de suyo que una representación gráfica de un individuo en estilo “caricaturesco” evoque consideraciones hostiles y denigrantes. Como he dicho, todavía hay quienes confunden literalidad con metáfora. Es creciente el número de espectadores que reclaman censura ante algunas representaciones (caricaturas o no) los porque ven en ellas desprecio, hostilidad y discriminación (estética, de género, de clase, de raza, de edad, etc.)

Un ejemplo reciente: la caricatura de Serena Williams del artista Mark Knight (y que fuera portada del periódico Herald Sun) fue amonestada por quienes consideraron que era una representación racista de la tenista estadounidense. Hay quienes se preguntan si la caricatura hubiera sido sobre María Sharapova, ¿hubiera resultado sexista? O si se hubiera caricaturizado a Noami Osaka, ¿hubiera sido xenófoba? Y si fuera sobre un tenista gay, ¿la caricatura sería homófoba? Y así sucesivamente.

En Uruguay, según la ley 9739, art 21, promulgada en 1937: “El retrato de una persona no podrá ser puesto en el comercio sin el consentimiento expreso de la persona misma (…). Es libre la publicación del retrato cuando se relacione con fines científicos, didácticos y, en general, culturales (…).” El problema es que toda imagen (la representación de algo que no está presente) será finalmente la reproducción muerta de un objeto vivo, que no compromete juicios de moralidad alguna por no contravenir las convenciones acerca de lo que se entiende por “daño físico”. Por oposición, la legislación puede considerar la representación del cuerpo como “daño moral”, si así lo entendieran los agraviados. En principio se trata de un desacuerdo insoluble entre la libertad artística, por un lado, y Derecho Civil, por otro.

Más arriba había escrito que si algo parecido (la caricatura sobre Nixon, por ejemplo) se hiciera por estas regiones, sus consecuencias serían imposible de eludir: los ofendidos empuñarían sus antorchas y reclamarían la prisión para el autor. Ahora bien; sería “imposible” hasta cierto punto. Es decir: si el retratado fuera un integrante del gobierno o de alguna “minoría”, es probable que se activen las denuncias en los espacios y estamentos correspondientes.

Pero si el retratado fuera un integrante de la iglesia, un tenista “varoncito”, un pastor evangelista o un político de la oposición, la claque oficialista colocaría otros paños sobre esa caricatura o pintura. Paños mucho más destemplados.

Como se puede comprobar, aquellas viejas banderas de “libertad de expresión” que empuñaba la izquierda ante la censura perpetrada por una derecha conservadora, no partían de mentes civilizadas, libertarias o progresistas. Los parámetros que valían para una denuncia (la ofensa a mis ideas) parecen no aplicar para otra (la ofensa a las ideas de los otros). La mente reaccionaria siempre estará recluida en un lado u otro del mostrador, mientras que la mente auténticamente civilizada estará un poco más allá de los extremos.

En suma, no se trata de “ofensa” ni de mentes más o menos “avanzadas”. La etiqueta ofensa o discriminación estará ubicada en alguna parte, en un punto impreciso, a lo largo de un argumento hipócrita que tiende a reducir la caricatura (por ejemplo) a una dimensión puramente literal y no metafórica. Los falsos ofendidos no saben responder en dónde se sitúa ese punto, y la ofensa (sea propia o ajena) no comienza en otro lugar que no sea el establecido por ellos.