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Derecho a tener derechos: Ley integral de personas trans

Publicado: 7/09/2018 07:34

Opina Mag. Andrea Tuana*

Si la naturaleza nos determinara y lo hiciera de una forma única y uniforme, nuestra existencia como seres humanos seria otra, mas asimilada a máquinas robóticas, que, a seres humanos con diversidad de sentires, deseos, orientaciones, identidades.

El superado debate naturaleza-cultura pareciera estar volviendo a instalarse en algunos temas y se reavivan las viejas ideas de que existe un orden natural de las cosas. Ese debate se ha complejizado, entendiendo que los asuntos que creemos naturales, por ejemplo, el sexo, son clasificaciones culturales.

No existe un orden natural de las cosas, sino que naturaleza y cultura se articulan en un orden complejo, diverso y siempre en movimiento.

La clasificación que se hace de los cuerpos entre sexo masculino y femenino, es producto de operaciones culturales, no existe una naturaleza femenina y otra masculina, esa división, es realizada por la sociedad. En base a esta clasificación y sobre estos sexos establecidos culturalmente, se asientan las ideas, las creencias, la moral, los prejuicios, los mandatos, los roles, las expectativas, las relaciones de poder. En nombre de un determinismo biológico impuesto, se clasifican a las personas, se categorizan, se cuadriculan y lo peor se las considera personas respetables y “normales” o de lo contrario, “raras”, “perversas”, antinaturales”.

En este sentido Diana Maffia (2003), filósofa argentina, experta en temas de género y diversidad sexual, lo explica de un modo magistral:

Cuando se habla de dos sexos, masculino y femenino, se está abarcando en esta dicotomía un disciplinamiento de aspectos muy complejos de la sexualidad humana. Por supuesto el sexo anatómico, con el que a primera vista y al nacer se clasifica a casi todos los seres humanos. Tan fuerte es el dogma sobre la dicotomía anatómica, que cuando no se la encuentra se la produce. Cuando los genitales son ambiguos, no se revisa la idea de la naturaleza dual de los genitales, sino que se disciplinan para que se ajusten al dogma. Pero además del sexo anatómico, se supone que el sexo cromosómico también es dicotómico (XX o XY) ajustándose a la genitalidad. Nuevamente, cuando eso no ocurre, el dogma no se revisa. Las hormonas completan este menú biológico. El feminismo, al incorporar la categoría de género de la sexología, en muchas de sus expresiones todavía supone que este sexo biológico es el sostén natural de una asignación cultural de género. Si así fuera, no se medicalizarían los casos que escapan a esta descripción. La ideología dicotómica de género es anterior y más fuerte que el sexo biológico. No sólo lo “lee” como un signo al que interpreta, sino que lo escribe y lo corrige cuando su caligrafía no es perfecta. En síntesis, el mismo sexo biológico es producto de una lectura cultural. Por el lado del género la complejidad no es menor. A la identidad de género subjetiva de una persona, se agrega la expresión de género con que un sujeto se presenta ante los demás (por ejemplo, la identidad de género travesti puede presentarse con una expresión de género mujer), la elección sexual (homosexual, heterosexual o bisexual), los roles de género (masculino o femenino, variables socialmente) y otras sutiles distinciones que podemos ir formulando para decodificar esta complejidad y comprenderla. Afirmar que los sexos son dos, es afirmar también que todos estos elementos irán encolumnados, que el sujeto tendrá la identidad subjetiva de género de su sexo anatómico y cromosómico, lo expresará y aceptará los roles correspondientes, y hará una elección heterosexual. Lo que escape a esta disciplina se considerará perverso, desviado, enfermo, antinatural, y será combatido con la espada, con la cruz, con la pluma, con el bisturí y con la palabra. (Maffia, 2003).

No existe una naturaleza normal y una anormal, ni casilleros predeterminados por la naturaleza donde debemos encajar, existen personas con diferentes sentires, deseos, identidades, orientaciones, en torno a su identidad de género, su orientación sexual, a su forma de ser, sentir, estar y hacer en sus trayectos de vida.

Hace 100 años, una mujer que no deseaba tener hijos era una mujer “desnaturalizada”, hoy, si bien esa creencia persiste, hemos logrado superarla y las generaciones jóvenes rechazan de plano esas ideas arcaicas.

Hace 100 años, las mujeres debían obediencia a su esposo - así constaba en la libreta de matrimonio- por mandato de la naturaleza que las determinaba como frágiles, débiles (“sexo débil”), necesitadas de la guía y protección masculina. Preparadas casi exclusivamente para la maternidad en base a un instinto (naturaleza) maternal. Un instinto que marcaba y determinaba que todas las mujeres normales debían sentirse inclinadas e interesadas por el cuidado de los otros, por las tareas de orden y limpieza.Todas las mujeres normales o estándar, deberían venir equipadas en su naturaleza, con ese “toque femenino” que imprime calidez de hogar, ternura y afectos a todo lo que hace, que está en todos los detalles, que desea dar un paso al costado y dejar sus necesidades a un lado, para dedicarse a satisfacer las necesidades de los demás. Esa “naturaleza femenina”, que las hace sensibles, emocionales e irracionales, conciliadoras y sacrificadas. Hoy, estas premisas seudocientíficas ya no tienen cabida frente a los avances y la producción académica de las teorías de género.

Hace 100 años, los niños, niñas y adolescentes eran objetos de propiedad de sus padres y ellos tenían el derecho de “hacer con sus hijos lo que les pareciera”. El castigo moderado, tanto físico (palmada, chancletazo, cinto, entre otros) y el castigo emocional (“siempre el mismo inútil”, “hacete hombre y deja de mariconear”) eran formas aceptadas de poner límites, en el entendido que los padres deben poder educar a sus hijos e hijas “para que salgan derechos”. Hoy, a pesar de que estas prácticas continúan sucediendo, se ha avanzado en sancionar leyes, que prohíben la violencia hacia los niños, niñas y adolescentes.

Hace 100 años, cuando usábamos el genérico masculino, creíamos que incluíamos a todas las personas. Hoy, revindicamos el derecho de hacernos visibles todos, todas y todes. Lenguaje que construye realidad, lenguaje que reconoce la existencia de diversidad de personas, sentires, haceres, identidades.

Hace 100 años, la homosexualidad era una enfermedad y una persona trans era una persona que tenía un trastorno en su identidad de género, formas científicas de volver a inocular el dogma, de que hay gente que es desnaturalizada, anormal, desviada. La ciencia también tiene su lado oscuro, en este camino de hacer entrar en los casilleros a las personas, según preceptos culturales, disfrazados de naturaleza.

El proyecto de ley

Hoy en nuestro país se debate la Ley integral para personas trans. Un proyecto de Ley que pone en el centro la realidad de vida de muchas personas en nuestro país, que, por no entrar en los casilleros que la sociedad les propone, han sido condenadas a sobrevivir, sufriendo múltiples discriminaciones, violencias y exclusiones y a cargar con el estigma de lo “anormal” y “lo desviado”.

Los niveles de exclusión social, discriminación y explotación que viven las personas trans en nuestro país es muy alta y las repercusiones en su salud, acortan escandalosamente su esperanza de vida que hoy es de 36 años.

Según datos del Primer Censo Nacional de Personas Trans en Uruguay (2016), la realidad de las personas trans es durísima, revelándose fuerte precariedad laboral, alta discriminación en el trabajo y en los centros de enseñanza, trayectorias de vida signadas por el trabajo infantil y la explotación sexual en la adolescencia, altos índices de desocupación por razones de discriminación, bajo nivel educativo y alta deserción escolar. A continuación, se destacan algunos de los principales resultados:

-El 74% de las mujeres trans entrevistadas se dedican o dedicaron al trabajo sexual.

-El 61% de las personas trans censadas no tienen el ciclo básico completo, cuanto más viejas son las personas, los rendimientos educativos son menores.

-El 47% de las personas trans censadas declaran haber sido discriminadas en la escuela y un 37% en el liceo.

-El 77% de las personas que salieron de su hogar antes de los 12 años no lograron superar el ciclo básico. Se desprende que la salida del hogar a edades tempranas influye directamente en el desempeño educativo, y condiciona la inserción laboral.

-El 45% de las personas censadas declaran haber sufrido alguna circunstancia de violencia física por su identidad de género y se desprende que el 77% de estas personas realizan o han realizado trabajo sexual, lo que confirma el mayor nivel de exposición.

-Seis de cada diez personas trans dicen haber sido discriminadas por su familia. Sus madres (41%), sus padres (50%), sus hermanos (56%) y otros familiares son responsables de esta discriminación.

El proyecto de Ley integral para personas trans, tiene como principal cometido, asegurar el derecho de las personas trans a una vida libre de discriminación y estigmatización para lo que se establecen mecanismos, medidas y políticas integrales de prevención, atención, protección, promoción y reparación.

En el artículo 3 se establecen definiciones esclarecedoras en relación a:

1. Identidad de género: Se define como la vivencia interna e individual del género según la siente y auto determina cada persona, sin que deba ser definida por terceros. En coincidencia o no con el género asignado en el nacimiento y pudiendo involucrar o no la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios farmacológicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que ello sea libremente escogido.

2. Expresión de género: Se define como la exteriorización de la identidad de género mediante el lenguaje, la apariencia, el comportamiento, la vestimenta, las características corporales, el nombre, entre otros.

3. Persona trans: Se define como quien auto percibe y/o expresa un género distinto al sexo que le fue legal y/o convencionalmente asignado al momento del nacimiento, o bien un género no encuadrado en la clasificación masculino/femenino. A los efectos de esta ley y sin prejuzgar otras acepciones sociales actuales y futuras, la identidad trans ampara múltiples formas de expresión de la identidad de género, en particular, se incluye a las personas identificadas como travestis, transgéneros y transexuales, variantes de género queer o personas de género diferenciado, así como a quienes definen su género como “otro”, o sin género, o describan su identidad en sus propias palabras.

4. Mujer/niña trans a aquella persona que, habiendo sido convencionalmente asignada al sexo masculino al momento de su nacimiento, posee una identidad de género auto percibida femenina.

5. Hombre/varón/niño trans a aquella persona que, habiendo sido convencionalmente asignada al sexo femenino al momento de su nacimiento, posee una identidad de género auto percibida masculina.

Es un proyecto de ley que propone medidas afirmativas para la inclusión educativa y laboral de las personas trans, promoviendo medidas tales como:

-Asegurar que las personas trans no queden excluidas del sistema educativo.

-Prestar apoyo psicológico, pedagógico, social y económico de ser necesario.

-Incorporar a personas trans en sus programas para culminar estudios.

El proyecto de Ley modifica el trámite judicial para la adecuación registral de nombre y sexo, dejando de ser un procedimiento judicial para convertirse en un procedimiento administrativo. Asimismo, reconoce la situación de gravísima vulneración de derechos humanos vividas por las personas trans en la dictadura militar proponiendo un régimen reparatorio para las personas trans nacidas antes del 31 de diciembre de 1975, que hubieran sido discriminadas durante la dictadura militar. Se les otorgaría una prestación vitalicia mensual de alrededor de $11.000. Según la Asociación Trans del Uruguay, podrían aplicar a este beneficio no más de 50 personas.

En cuanto al acceso a la salud, se plantea que las personas trans tienen derecho al acceso a los servicios de salud sin ningún tipo de discriminación y/o patologización por su identidad de género. Prevé que las personas mayores de 18 años accedan a intervenciones quirúrgicas totales y parciales y/o a tratamientos integrales hormonales para adecuar su cuerpo, incluida su genitalidad, de acuerdo a su identidad de género auto percibida, sin necesidad de requerir autorización judicial o administrativa.

En relación a los niños, niñas y adolescentes se plantea que para realizar el cambio de nombre y para realizar las intervenciones quirúrgicas o tratamientos integrales hormonales, deberán concurrir acompañados de sus padres o representantes legales, o acreditando el conocimiento de éstos de la realización del trámite, y en todo caso prestando su anuencia expresa al mismo.

Si los padres no están de acuerdo, será un juez quien deba intervenir debiendo tener en cuenta el interés superior de los niños, niñas y adolescentes y lo establecido en la Convención de los Derechos del Niño y el Código de la Niñez y la Adolescencia.

Infancia, adolescencia e identidad de genero

En las trayectorias de vida de muchas personas trans, se identifica el impacto de la discriminación, exclusión familiar y social que padecen. Las posibilidades de sortear los trayectos de vida signados por la explotación sexual, la situación de calle y la precariedad de vida y en algunos casos el suicidio, muchas veces residen en la existencia de familias que logran comprender, aceptar y acompañar a sus hijos e hijas en sus procesos de cambio.

Cuanto más temprano ocurra ese proceso de aceptación y apoyo, aumentaran las posibilidades de prevenir los procesos de violencia, exclusión y discriminación.

En este sentido Lohana Berkins plantea que (…) la transexualidad se asume a edades muy tempranas, incluso antes de la pubertad y la adolescencia. No es ninguna novedad afirmar, que existen niños y niñas travestis y es crucial poder reconocerlo y brindarles el acompañamiento que necesiten en el marco de la construcción de su identidad. Nos estamos refiriendo a edades conflictivas porque en ellas ocurren los procesos de identificación y construcción del género de todas las personas, pero adquiere otra dimensión cuando, además el niño o la niña deben construir una identidad no hegemónica por fuera de la heteronorma y en un marco de extrema violencia.

La posibilidad de modificar el nombre, el cuerpo y la apariencia física para vivir plenamente la identidad de género que se auto percibe, es un derecho fundamental para todos los niños, niñas y adolescentes. En la medida que sus familias les apoyen y acompañen, estos procesos pueden ser realizados en forma oportuna, potenciando y fortaleciendo el efectivo goce de sus derechos humanos. Por el contrario, si las familias excluyen y discriminan a sus hijos e hijas por su identidad de género, los riesgos de impacto en la salud mental son muy altos, en especial, riesgo de depresión, ansiedad e intentos de suicidio. La discriminación y violencia familiar puede provocar fugas o expulsión del hogar, exposición a redes de explotación sexual, adicción a sustancias psicoactivas, exposición a violencia comunitaria e institucional, entre otras.

En este sentido el proyecto de ley integral para personas trans, prevé que si los padres o tutores no dan su consentimiento ni apoyan a sus hijos e hijas en estos procesos, estos puedan recurrir a la vía legal.

Este es uno de los aspectos que ha generado mayor controversia y resistencia.

Sin embargo, los derechos de los niños niñas y adolescentes, no pueden ser vulnerados porque sus padres no estén de acuerdo con ellos. Para estos casos, donde los padres o tutores limiten o vulneren, los derechos fundamentales de sus hijos e hijas, es deber del Estado a través de las autoridades competentes (sistema de justicia), garantizarlos.

Tal es el caso de familias donde las creencias religiosas, prohíben recibir transfusiones de sangre. Si un niño lo necesita, el Estado velará por el derecho a la vida y la salud de ese niño y ordenará que se realice el tratamiento, aun en contra la de voluntad y consentimiento de sus padres o tutores. Otro ejemplo, serían los casos de maltrato, especialmente de castigo físico, cruel y humillante, donde se brinda protección a los niños, en contra de la voluntad y el consentimiento de sus padres maltratadores.

El derecho a la identidad es un derecho fundamental de todo ser humano. Los niños, niñas y adolescentes son seres humanos. La Convención de Derechos del Niño regula en su artículo 8, el derecho a la identidad de cada niño. El Comité de los Derechos del Niño, ha señalado que debe entenderse incluida la identidad de género y orientación sexual.

Iñaki Reguerio (2016) plantea que el derecho a la identidad es fundamental para acceder a otros derechos, por lo cual, si se niega este derecho básico fundamental, se coloca una barrera para el ejercicio pleno de todos los derechos humanos. En este sentido el autor plantea:

Resulta indispensable que los Estados adopten medidas concretas para garantizar infancias libres de violencia y discriminación y, en ese sentido, se impone la necesidad de redoblar esfuerzos para consolidar los avances logrados en el reconocimiento de la identidad de género de l*s niñ*s y adolescentes. Porque, como ya hemos dicho, negar la identidad expresada y exigida por l*s niñ*s solo contribuye a potenciar su discriminación que, a su vez, se traduce en la violación de otros derechos.

Para garantizar los derechos de la infancia y adolescencia, los jueces y juezas deberán actuar teniendo en cuenta los principios establecidos en la Convención de los Derecho del Niño. El derecho a ser oído, el interés superior del niño, la autonomía progresiva, y el principio de no discriminación.

Dejar a los niños niñas y adolescentes rehenes del consentimiento y la voluntad de sus padres o tutores, para la realización de sus derechos fundamentales, seria retroceder 100 años en materia de derechos humanos.

Cuestionar la autonomía progresiva, el derecho a ser oído y el interés superior de los niños, niñas y adolescentes, sería volver a prácticas arbitrarias, que someten a los niños/as al poder absoluto de sus padres o tutores, dejándoles expuestos a malos tratos, abusos y todo tipo de conductas y decisiones arbitrarias y vulneradoras de sus derechos humanos fundamentales.

*Andrea Tuana es licenciada en Trabajo Social y magister en Políticas Públicas de Igualdad, directora de la ONG El Paso, e integrante de la Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica y Sexual.

Referencias bibliográficas:

-Berkins, Lohana, Infancia Trans y Ley de identidad de Género en Niñez, Adolescencia y Salud Mental en la Ciudad de Buenos Aires. Informe Final de Gestión 2007-2013. Asesoría General Tutelar, Buenos Aires.
-De Toro, Ximena, Niños y niñas transgéneros: ¿nacidos en el cuerpo equivocado o en una sociedad equivocada? Revista Punto Género Nº 5. Noviembre de 2015 ISSN 0719-0417 / 109-128
-Fernández, Silvia; Herrera, Marisa, Lamm, Eleonora en El principio de autonomía progresiva en el campo de la salud, Publicado en: LA LEY 28/11/2017, 28/11/2017, disponible
-CIDH; Opinión Consultiva 24/17 (OC-24/17) del 24 de noviembre de 2017 solicitada por la República de Costa Rica “Identidad de Género e Igualdad y No Discriminación a parejas del mismo sexo”.
-Maffia, Diana, Sexualidades migrantes. Género y transgénero, editorial Feminaria, 2003, Buenos Aires.
-Sistematización del proceso del Censo de Personas Trans en Uruguay, MIDES, 2017.
-Regueiro De Giacomi, Iñaki, El derecho al reconocimiento de la identidad de género de todas las niñas, niños y adolescentes: a cuatro años de la Ley que abrió el camino a nivel mundial en Derecho a la identidad de género de niñas, niños y adolescentes, VV.AA., Tribunal Superior de Justicia y Consejo de la Judicatura de la Ciudad de México. México, 2016.