Un fantasma recorre el mundo: el “vale todo” (I)

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5/09/2018 09:52

Publicado: 5/09/2018 09:52

Opina Oscar Larroca*

Hace unos días un periodista me preguntaba la razón por la cual los intelectuales dejaron de ser una referencia en la opinión pública. El intelectual siempre fue la voz que se interpuso entre el sujeto y el objeto; y eso, “desde el vamos”, fue interpretado como un acto de usurpación (“¿Quién es este individuo que cree saber lo que es justo y bueno para mi vida?”). Entiendo que es necesaria, por ejemplo, la figura del crítico de arte, porque permite la circulación de nuevo sentido crítico y desarrolla la formación de los públicos. Hoy, más allá del ámbito cerrado de la Academia, existen pocos encuentros físicos entre los intelectuales y quienes no lo son. Probablemente, muchos encuentren un espacio para la difusión de sus ideas en publicaciones llevadas adelante por editoriales. Daniel Gil, Ruben Tani, Aldo Mazzucchelli, Alma Bolón, Sandino Núñez, Lisa Block de Behar, Gustavo Espinosa, Álvaro Rico, son apenas algunos de los varios nombres que hoy asoman en medio de este panorama reseco y despolitizado.

Esta idea de “usurpación” por parte de los intelectuales se ha intensificado de forma violenta en los últimos veinte años. El sujeto crítico que expone sus reflexiones en la arena de lo público es visto como un resentido que ostenta el verbo encarnado y que viene a arruinarle la fiesta al nuevo ciudadano que se permite cruzar todas las fronteras: un ciudadano que “no le hace asco a nada”. En un mundo en el cual los límites entre las cosas se han borroneado (entre la Ley y la norma, entre la realidad y la ficción, entre lo “restringido” y lo “totalizante”, etc.) el intelectual es visto como una figura anacrónica, inoportuna.

El populismo, un concepto que nada tiene que ver con la idea de “popular”, y que tiene relaciones carnales con un capitalismo desacartonado, integra una de las causas del desprecio hacia esa figura. Desde este punto de vista, podría pensarse que los cuestionamientos a la figura del “intelectual crítico” (permítaseme la redundancia) solamente provienen de una masa lumpen y desproletarizada; sin embargo, no son pocas las voces que proceden desde ámbitos más ilustrados. Como modo de desacreditar el pensamiento crítico, estas personas colocan todo el discurso intelectual dentro del espacio de lo enciclopédico. Ambas voces, la del lumpen y la del militante ilustrado, apelan a lo “anacrónico”, a lo “caduco, a lo “excesivo cerebral” (sic), e incluso a la estampa oscura del “patriarcado”.

Exactamente eso fue lo que sucedió a la hora de poner en tela de juicio las respuestas de la Directora de Cultura de la Intendencia de Paysandú, la gestora Cinthya Moizo. Quienes la han cuestionado por su escasa erudición en temas históricos, han sido intimados con diagnósticos ligeros y acusaciones Ad-hominem (que nunca faltan). Es lamentable tener que explicar que no se ha cuestionado a Moizo por “ser mujer y joven”, ni se la cuestionado a partir de “una operación política”. Del mismo modo que no se cuestionó nunca a José Mujica por ser un hombre entrado en años, ni a la abogada Michelle Suárez por su condición de transexual, ni tampoco se lo ha cuestionado a Raúl Sendic por su condición de varón. Nada tiene que ver la genitalidad (biológica o elegida), ni el sexo, ni la edad, con las verdaderas razones de los juicios vertidos a estas figuras públicas.

El diagnóstico pueril no da tregua: volvió a asomar nuevamente sobre el personal de servicio que pidió que se tomaran medidas contra las personas en situación de calle (indigentes, sin techo, algunos alcohólicos o destruidos por el consumo abusivo de drogas) que hacen el “achique” en la facultad de Ciencias Sociales. Algunos de esos indigentes no solo han defecado y vomitado en los pasillos (lo cual no sería algo grave) sino que han acosado de distintas formas a las funcionarias y limpiadoras del lugar. Los estudiantes y delegados de ese centro de estudios calificaron como “fachos” y “aporófobos” (sujetos que desprecian a los pobres) a quienes solicitaron el desalojo de este grupo de personas ajenas a la facultad. (No es necesario siquiera agregar el grado de hipocresía manifiesta que se deprende de estas etiquetas y diagnósticos, a partir del manejo que se hace de la situación de los más débiles.)

Volviendo al inicio: los intelectuales dejaron, en efecto, de ser una referencia en la opinión pública. Quizá eso no es bueno ni malo. Lo realmente preocuparte es, en primer lugar, la ausencia de pensamiento que se da en todos los estamentos sociales y que se viene profundizando gravemente cada día. Y en segundo lugar: “Vale todo…, menos cualquier intento de cuestionamiento que vaya a contrapelo de mi verdad y soberbia.”

*Oscar Larroca es artista plástico, profesor y ensayista.