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El camino del conocimiento es la recompensa

Publicado: 26/07/2018 09:54

Opinan Gregorio Iraola y Emiliano Trías*

Luego de ser eliminados por Francia en el Mundial de Rusia, muchos uruguayos nos sentimos inmediatamente identificados con el juego croata: aguerrido, luchador y empapado de amor propio. Justamente, el pundonor de los croatas, por momentos, “le mojó la oreja” al conocido milagro del fútbol uruguayo. Muchos se siguen preguntando cómo Uruguay puede ser tan competitivo con tan solo tres millones de habitantes y un fútbol local empobrecido. Y ahora viene Croacia y lo hace igual, o mejor que nosotros, con cuatro millones. Bien por Croacia, aunque a muchos nos hubiera gustado que Modric tomara mate.

Pero dejemos el fútbol de lado, solo por un rato. Uruguayos y croatas compartimos poco más que nuestras singularidades demográficas. Uruguay tiene, tristemente, otro milagro que muy pocos conocen y bien podría definirse como “el milagro de la ciencia uruguaya”.

Con tan solo 0.4% (siendo optimistas) de su PBI invertido en Ciencia y Tecnología, nuestro país se ubica en uno de los últimos lugares en Latinoamérica (superando a Bolivia, Perú y Venezuela) en fondos destinados al desarrollo científico. Este escenario desfavorable hace que nuestros científicos, en quienes el país ha invertido durante toda su formación primaria, secundaria y terciaria, deban emigrar por no encontrar una fuente de desarrollo laboral estable y digna.

Así, la inversión que Uruguay hace para formar científicos está destinada a “exportar cerebros” a otras naciones que se benefician de estos recursos humanos excelentemente formados y, por lo tanto, muy requeridos. A su vez, los científicos que emigran y profundizan su formación fuera de fronteras tienen muy escasas oportunidades de retornar y reinsertarse en el mercado local, para de alguna forma “devolver” al país lo que invirtió en su formación y especialización.

Entonces, ¿cómo se sostiene un sistema científico con condiciones tan adversas? Solo lo explica esa naturaleza inquebrantable que define a la “garra charrúa”.

A meses del próximo año electoral cabe recordar que al inicio del presente quinquenio, los candidatos a la Presidencia en ese entonces sentaron por escrito un compromiso de alcanzar 6% del PBI destinado a Educación y 1% destinado a Ciencia y Tecnología. Esta promesa se realizó en 2014, cuando Uruguay cerraba su decimosegundo año consecutivo de crecimiento económico.

Por ese entonces, Croacia llevaba nueve años de recesión económica, pero su sexto año consecutivo de aumento en lo destinado del PBI a Ciencia y Tecnología: de 0.74% en 2009 a 0.85% en 2015.

Claramente nos falta mucho para ser la Croacia de América, y claramente, no es plata lo que nos falta.

Falta de convencimiento

Durante una visita realizada al Institut Pasteur de Montevideo, el presidente Dr. Tabaré Vázquez declaró: “estamos absolutamente convencidos de que lo visto acá es el camino real al desarrollo humano”, y reiteró la promesa de alcanzar en el quinquenio 1% del PBI para ciencia y tecnología, algo que nunca llegó.

Pero, ¿si estamos “absolutamente convencidos”, por qué nos cuesta tanto reflejar ese convencimiento en inyecciones presupuestales al sistema científico?

La respuesta es que la ciencia no es un matafuegos para apagar incendios, por el contrario, sus aportes a la sociedad son tangibles a largo plazo, enmascarando su sentido indispensable.

Por ejemplo, ¿qué pasa si hacen paro los cirujanos? Se negocia, y si no se acuerda se decreta la esencialidad del servicio, porque la gente se muere sin cirujanos. ¿Alguien se imagina un decreto de esencialidad por un paro de científicos? Seguramente no, porque aunque desarrollar los antibióticos para evitar una infección postquirúrgica llevó años de investigación y millones de dólares de inversión, resulta difícil ser conscientes de que la gente sí se muere sin ciencia.

Si bien no somos ajenos a las necesidades que atraviesa nuestro país, también consideramos y nosotros sí estamos convencidos que fortalecer el sistema científico y tecnológico constituye una prioridad como país.

Muchas veces hemos escuchado como argumento en contra de esta postura que los países que se pueden dar el “lujo” de invertir en ciencia, son los países ricos. Nada más alejado de la realidad. Bernardo Alberto Houssay, el primer Premio Nobel latinoamericano laureado en ciencias, dijo una vez que “los países ricos lo son porque dedican dinero al desarrollo científico-tecnológico, y los países pobres lo siguen siendo porque no lo hacen. La ciencia no es cara, cara es la ignorancia”. Razón no le faltaba y como ejemplo, podemos ver que hace cincuenta años el ingreso per cápita de Corea de Sur era de U$S 279, casi tres veces menor al de Uruguay en ese entonces, que ascendía a U$S 760.

Hoy Corea del Sur destina más de 4% de su PBI a Ciencia y Tecnología, y en cincuenta años su ingreso per cápita se ha multiplicado por cien (U$S 25.700) mientras que el de Uruguay se multiplicó por veinte (U$S 15.200). Todos los países desarrollados y altamente competitivos logran altos niveles de bienestar social gracias a su capacidad de investigar y generar conocimiento que se transforma en servicios y productos exitosos que, a su vez, generan empleos, emprendimiento y bienestar social en un ciclo de retroali-mentación positiva. De esto nos tenemos que convencer todos.

¿Cuál es el camino?

“El camino es la recompensa” es una frase que nos ha marcado a los uruguayos durante la última década y que define un modelo de trabajo que se sustenta en la buena planificación y el orden a largo plazo, cuyos resultados muchas veces no son inmediatos. Ciertamente, esta frase no se aplica solamente al fútbol sino que se proyecta a los distintos aspectos de la vida. El desarrollo de una sociedad basada en el conocimiento también se sustenta en los mismos principios, donde el impacto económico, social y cultural de la inversión en ciencia y tecnología no debe esperarse a corto plazo, por ejemplo dentro de un período de gobierno.

Entonces, ¿cómo comenzamos a transitar este camino?

Las respuestas no surgirán de titulares de campaña que nos vaticinan números mágicos, sino que requerirá de una inversión planificada, a largo plazo, paulatina, y que no esté restringida a períodos quinquenales ni a banderas políticas.

Muchos países, incluso más pequeños que Uruguay y con menos diversidad de recursos, han impulsado sus economías siguiendo el camino del conocimiento, demostrando que la inversión en ciencia y tecnología no es en vano ni mucho menos un lujo.

En este sentido, no podemos estar más de acuerdo con lo que una vez dijo nuestro actual presidente: “la inversión en ciencia no es un gasto, es un derecho que tenemos los ciudadanos de este país”. Ojalá que un día la ciencia en Uruguay deje de “ser un milagro” y se transforme en un verdadero derecho, algo con lo que sin duda, nuestra generación deberá comprometerse.

*Gregorio Iraola es Doctor en Biología. Investigador Adjunto de la Unidad de Bioinformática del Institut Pasteur de Montevideo.
*Emiliano Trías es Doctor en Biología. Investigador en área de Neurociencias del Institut Pasteur de Montevideo.