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Una realidad nueva para el Frente Amplio

Publicado: 17/06/2018 08:12

Opina Leonardo Haberkorn*

El Frente Amplio no tiene experiencia en lo que está ocurriendo hoy. Y se nota.

La mayor parte del tiempo desde el retorno a la democracia, el Frente fue oposición. Lo fue desde 1985 hasta 2005, cuando asumió por primera vez la presidencia Tabaré Vázquez.

En esos 20 años el FA fue un opositor implacable. Una y otra vez denunció los vicios de los gobiernos de los partidos tradicionales: el clientelismo, el nepotismo, el favor a los amigos. Una y otra vez remarcó las deficiencias del sistema educativo, la pobreza, la desigualdad social. Obvió lo que se hacía bien y puso el foco en lo malo.

Así, año a año, el Frente Amplio fue ganando terreno y los partidos tradicionales perdiendo votos, pagando el alto costo de sus errores que el Frente Amplio denunciaba cada día.

La falta de autocrítica y de capacidad para corregirse de colorados y blancos ayudó -y mucho- a la estrategia de la coalición de izquierda.

Recuerdo por ejemplo al intendente de Canelones, Tabaré Hackembuch, sonriendo en el informativo y acusando los habitantes de la ciudad de la Costa de quejarse por ser todos comunistas.

La crisis de 2002 fue la confirmación de la prédica sostenida por el Frente desde 1985: el país se hundía. Estábamos fundidos.

Por supuesto, el FA ganó las elecciones de 2004 y en 2005 cruzó la vereda y asumió el gobierno.

Al principio todo pareció marchar bien. La economía mejoró. Subieron los salarios. Bajó la pobreza. Los sindicatos moderaron la virulencia de sus discursos y sus reclamos. Una oposición desprestigiada, que nunca hizo una autocrítica a fondo de su debacle, facilitaba las cosas. El optimismo reinaba.

Hubo, ya desde el comienzo, algunos signos de que los gobernantes frenteamplistas no eran tan distintos a sus antecesores.

En 2006, por ejemplo, recién asumido Vázquez, el periodista de Canal 10 Pablo Silveira se le plantó sin miedo a la ministra Marina Arismendi y le preguntó qué podía pensar la gente de que ella hubiera colocado en un cargo de confianza al novio de su hija. Las explicaciones de la ministra (dijo que el joven era solo un “aspirante a yerno”) fueron patéticas. Pero la gente quería creer que las cosas habían cambiado y apenas se tomó el episodio como una anécdota risueña. La mayoría miró para otro lado.

Han pasado 12 años desde entonces y todo ha cambiado mucho. Tanto que aquella entrevista a Arismendi ha sido rescatada de los archivos del tiempo y circula sin parar por WhatsApp y las redes sociales. Ya no es solo una anécdota.

El efecto Raúl

La fecha que simboliza ese cambio tan radical es el 24 de febrero de 2016, cuando el vicepresidente de la República, Raúl Sendic, admitió al diario El Observador que no era licenciado tal como se había presentado durante años.

Lejos de disculparse, Sendic se enredó en mentiras. Mujica lo defendió y la senadora Topolansky dijo que había visto el título que no existía. Luego aparecieron los gastos con las tarjetas corporativas. Sendic había usado dinero público para comprar un traje de baño, surtidos de supermercados, ropa deportiva, souvenirs, artículos de mueblerías.

Fue como que le corrieran una venda al público. Todo lo que no se había querido ver, quedó evidente ante los ojos.

La mentira. El doble discurso. El acomodo de uno, dos, muchos “aspirantes a yerno”. La corrupción. La educación, que no cambió como se había prometido. La inseguridad -negada y recontranegada durante casi una década- se tornó insoportable. Récord de asesinatos. Las tarifas de combustibles y de electricidad más altas de la región. Los precios altos y los sueldos, aun mejorados, bajos. La pobreza, que se suponía que casi había desaparecido, rompiendo los ojos en cada esquina, en los que revuelven la basura buscando comida y en los cientos que duermen en las veredas heladas.

Todo eso y algunas cosas más alimentan una protesta social que crece no solo en las redes sociales sino también en la vida real, en las calles, en los gremios, por fuera de los carriles opositores normales. Están los autoconvocados con sus banderas al costado de las rutas, los vecinos que salen a pedir seguridad, los que montan servicios de vigilancia propios. En muchos sindicatos ha ganado espacio una izquierda no frenteamplista que no es tan contemplativa con el gobierno.

Es una experiencia totalmente nueva para el Frente Amplio, que enfrenta una combinación que nunca antes vivió: es gobierno, debe lidiar con dificultades que son importantes y no son fáciles de solucionar, y ha perdido el monopolio de la protesta pública. No la perdió en manos de una oposición que sigue con sus mismos defectos, sino de gente común y corriente que está hastiada.

Por el momento, la reacción ante el nuevo panorama es más bien torpe. Vázquez abrazando a Sendic. El plenario respaldando al vicepresidente y acusando a la oposición y la prensa de estar detrás de un golpe de estado. El prosecretario de la Presidencia ofendiéndose porque los obispos hablan de la (evidente) fragmentación social. La ministra Kechichian retirándose del acto del 1 de Mayo ante un discurso moderadamente crítico de un sindicalista que, entre otras cosas, recordó lo caras que son hoy las tarifas. El ministro Bonomi haciendo un sketch en el Parlamento sobre su posible renuncia mientras era interpelado por un tema que angustia a muchísima gente. El presidente Vázquez atendiendo por fin uno de los cientos de reclamos de más seguridad que hay en el país: justo en un balneario donde suele ir su propia familia.

Negación y desconcierto.

Es la primera vez que el Frente Amplio está fuera de sus zonas de confort desde 1985.

Los dirigentes de la coalición e integrantes del gobierno pueden sentir que la situación es injusta. Que una parte de la población no reconoce nada: que solo se mira lo que se hace mal y no se admiten las cosas que se hacen bien; que no se valoran muchos avances; que no se toma en cuenta que muchos de los actuales problemas vienen desde un pasado anterior a la llegada del FA al poder; que no se pondera que hay problemas que son mundiales.

Todo eso es cierto. Pero, en líneas generales, es lo mismo que hizo el Frente Amplio desde 1985 a 2004.

Hoy, el viento que solía soplar a favor de la coalición desde que llegó al gobierno en 2005 lo está haciendo en contra.

Se necesitará algo más que enojo y negación para superar la tormenta.¨

*Leonardo Haberkorn es periodista y escritor