Seamos claros, señora ministra, por favor

Por: Miguel Ángel Campodónico

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10/06/2018 09:18

Publicado: 10/06/2018 09:18

Opina Miguel Ángel Campodónico*

En mayo pasado se realizó con bombos y platillos un acto en el que participaron las máximas autoridades del MEC, entre ellas la ministra y el director de cultura. Como es habitual sobraron los discursos para anunciar la inauguración de lo que llamaron Espacio Manuel Espínola Gómez. A partir de ese momento se imponen varias preguntas cuyas respuestas ayudarían a llenar los grandes vacíos que se formaron después de escuchar a las autoridades al punto que la contundente realidad empequeñece lo anunciado, confunde a los incautos y soslaya lo esencial.

Manuel Espínola Gómez es considerado uno de los maestros de las artes visuales del Uruguay. Desde su nacimiento en un rancho de Solís de Mataojo en 1921 hasta su muerte en Montevideo en 2003, realizó una sorprendente obra pictórica que difícilmente hubiera podido esperarse en atención a su origen. Sin embargo, en parte por el estímulo que siendo joven recibió de su coterráneo Eduardo Fabini y en gran medida gracias a su natural talento, saltó desde la gris realidad pueblerina hasta la iluminada cima del arte nacional.

Lamentablemente es imposible en un corto espacio recordar la trayectoria del artista, de modo que hay que limitarse a lo que despertó el anuncio ministerial. Al escuchar a las autoridades los incautos creyeron que se había inaugurado por fin un museo o por lo menos una sala de exhibición de las obras de Espínola Gómez, pero quienes conocían los pormenores de la vida del artista sospecharon que nada de aquello había sucedido. Y tuvieron razón.

¿Qué fue lo que realmente se inauguró? La respuesta es muy simple: nada que tenga que ver con Espínola Gómez. Para explicar esta afirmación es necesario recordar lo sucedido en el acto en cuestión. La ministra afirmó que estaban “en la que fuera la casa de Espínola Gómez”, una mentira que ocultó la verdad de que él había vivido durante un tiempo en ese lugar en condiciones lamentables, limitado a un espacio que convirtió en habitación y a un baño en la planta alta de un edificio que no había sido construido como vivienda sino para alojar a un Banco u otras oficinas, al punto que en él había funcionado durante largo tiempo la Caja de Asignaciones Familiares Nº 35.

El lugar –Paraguay1176- fue luego abandonado por Espínola Gómez porque por razones de salud le resultaba imposible subir la escalera que lo llevaba a su “habitación” y pasó a alojarse en el Hotel Cervantes, actualmente Esplendor. ¿De qué casa habló la ministra, qué idea tiene ella de una vivienda?

Para explicar por qué llegó Espínola Gómez a cobijarse en ese edificio es imprescindible volver al pasado. Todo se inició con la estrecha relación que Espínola Gómez mantuvo con el doctor Julio María Sanguinetti, amistad que se cortó abruptamente debido a una carta improcedente que le enviara, error del que nunca se sabrá si Espínola Gómez se arrepintió. En el testamento del artista fechado el 28 de febrero de 2002, se establece que “el estado uruguayo representado por el presidente de la República prometió durante el primer gobierno democrático constituido en 1985 acondicionar formalmente el local que el MEC me concediera en comodato por 30 años para radicar allí la totalidad de mi obra (parte de la cual ya había sido donada al Estado) y además todos mis objetos personales asumiendo así dicho edificio su condición de museo individual íntegro…”. Cuando se habla del “local” se refiere al de la calle Paraguay 1176.

Espínola Gómez nombró en su testamento a cinco albaceas para el “manejo de mi obra plástica”: arquitecto Mariano Arana Sánchez, “actualmente intendente de la Intendencia Municipal de Montevideo”, Adriana Ximena Oyanedel, realizadora de videos, Hugo Giovanetti Viola, escritor, León Biriotti, músico, y Magalí Sánchez, tapicista.

A ellos se les concedió cinco años de plazo a partir del deceso luego del cual podrían decidir el destino final de “mis pertenencias que no podrá ser otro que el propio Estado…”. Para el resto de sus objetos, manuscritos, escenografías, muebles de uso personal así como objetos de uso personal que se encuentren en la finca que habito…”nombro albacea de todos mis bienes personales a la señora Magalí Sánchez Vera a los efectos de que cumpla con mi voluntad legataria, manifestación ésta de la que es partícipe sin fijar plazo para su desempeño…”. A ella la obliga a que cuando el Estado inaugure el museo “entregue todo hasta completar su acervo representativo”.

En suma, la novedad de mayo pasado según parece es que se denominó a ese edificio con el nombre del artista, ninguna otra cosa. Allí ya funcionaba la oficina de los Fondos Concursables pero ahora se agregaron otras. En la planta baja inmensa y desolada, apenas hay cuatro escritorios y algunas sillas para quienes van a hacer los trámites.

Como gran homenaje a Espínola Gómez se colgaron ocho cuadros, cinco de la vieja época de tinta gráfica y tres de los octogonales. Eso es todo. Y algo muy divertido: el cartel de la entrada anuncia que el horario es de 9 a 17 horas, no es verdad, la oficina abre a las diez de la mañana.

¿Y dónde está el resto de la obra del artista, pinturas y dibujos? ¿Cuándo las nuevas generaciones podrán verlos? ¿Y dónde están los innumerables objetos, algunos de gran valor, de variado tamaño y naturaleza, que Espínola Gómez compró durante años y años en remates para que formaran parte del museo como modo de salvarlos de su salida del país? ¿Y el museo?