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El “arte comprometido” a cincuenta años del Mayo francés

Publicado: 15/05/2018 08:19

Opina Oscar Larroca*

A medio siglo del Mayo francés ya no se canta de forma crítica sobre el arquetipo burgués (Les burgeois c’est comme les cochons, Jacques Brel) ni se pinta acerca del hambre o la tortura sin ser tildado de panfletario.

Mirado desde la acera opuesta, no hay sino sólidas razones para admitir que tampoco fueron suficientes las nobles actitudes de algunos artistas, como Peter Gabriel, Bono y Sting, reclamando justicia por los desaparecidos, o los recitales multitudinarios a favor de causas nobles, como el We Are The World o el Live-Aid.

Los espectadores de estos espectáculos sedan durante algunas horas sus conciencias al amparo de esas denuncias, para luego volver a formar parte de la maquinaria denunciada. ¿Qué hacer, entonces, para que los artistas fomenten una actitud comprometida ante las miserias de siempre e intenten intervenir críticamente en las transformaciones culturales presentes en nuestra sociedad?

En mayo de 1968 las calles parisinas exigían “la imaginación al poder”. En las fachadas del Barrio Latino convivían consignas de Trotsky, Sartre, el Che y Mao. Los estudiantes hablaban de sacudir la historia y cambiar la vida “hasta las últimas consecuencias”, aunque se regocijaron más con el eslogan que con el compromiso genuino. Para los analistas sociopolíticos, el Mayo del 68 significó la cristalización conjunta del malestar obrero, el fastidio estudiantil con la política gaullista y la detonación del reino juvenil que se hallaba en estado larvario ya desde las primeras décadas del siglo XX y que tuvo su victorioso impulso en la década del 60.

Para el escritor Vicente Verdú, el sistema capitalista padece contradicciones, pero en lugar de alterar su mecanismo, los jóvenes del 68 acabaron siendo sus máximos aliados. Poco tardó el sistema en fagocitar el enojo colectivo y digerirlo, creando un contraefecto asaltado por un modo de vida fundado en el hedonismo y el placer por el consumo. Para Verdú, una de las paradojas, por tanto, era esta: los presupuestos del Mayo francés procedían de la sociedad de consumo que crecía bajo sus pies, aunque sus líderes repudiaban con vehemencia el consumismo, siendo ellos, por excelencia, grandes consumistas: del tiempo, del sexo, de los derechos, de los mass media.

El espécimen burgués basaba su moral en tres virtudes: el ahorro, la utilidad y la finalidad. El Mayo francés impugnaba cada uno de esos principios. Frente a la utilidad sexual propugnaba el gasto orgasmático, mientras que el ahorro fue asimilado a la represión sexual (la castidad de la mujer hasta la boda). Por lo tanto, frente al ascetismo propuso la promiscuidad, la fiesta y el hedonismo producido por las drogas (legales y prohibidas). Frente a la renuncia propuso el placer sin espera, lo que equivale a decir que ante el futuro rescató el presente. Sin embargo, no todo es tan lineal: la síntesis de estos elementos (gasto, placer, inmediatez) configura la cultura de consumo.

Tanto el ahorro económico como la aprehensión profunda ante una obra de arte, o la distensión con un grupo de amigos, requieren de una construcción prudente: tiempos y profundidades reflexivas que no son rentables. Por esa razón, el eslogan publicitario de una tarjeta de crédito (“porque la vida es para vivirla hoy”) y los efectos de la cocaína (“para estimularse al toque en una fiesta”), apuntan a proscribir la espera y satisfacer la inmediatez: el gozo ahora. “¡Llame ya!”.

De la mano de una teoría que avala el fin del arte y el ocaso de la historia, los artistas contemporáneos se enfrentan a la disyuntiva de las falsas oposiciones: divertido/obsoleto, transgresor/complaciente, politizado/libre.

Es cierto que el poder del arte reside en situarse en un ángulo oblicuo con respecto a la norma cultural consensuada, pero se puede ser transgresor sin rendir pleitesía a los modelos impuestos y sin comprometerse directamente con temas sociales específicos.

La banda uruguaya de rock Trotsky Vengarán reconoce en su DC No estamos solos (2007) que su música —cuya consigna es “diversión, pogo y agite”— no busca satisfacer ninguna identidad ni luchar contra ningún enemigo, ni transmitir mensaje alguno en beneficio de los ciudadanos.

El compromiso, ya sea maniqueo, ingenuo o auténtico, resignó su lugar al mero gozo. Los músicos de hip-hop que hace unos veinte años tuvieron la necesidad de hablar en nombre de los más débiles, hoy solamente ostentan sus bamboleantes collares de oro, sus autos lujosos, sus mansiones de estilo neoclásico con televisores gigantes y sus mujeres compradas. Se me objetará que, en el caso de la banda Trotsky, la diversión es compartida con su público, y en el caso de esas bandas hip-hop la diversión pasa por marcar únicamente la distancia social con la masa. Ambos, empero, coinciden en algo más que la diversión, y ese algo es el “todo me importa un comino”.

Debajo de los tatuajes en los brazos de Sebastián Teysera (el cantante de La Vela Puerca), debajo del culto al pogo entre banderas enormes y humo de cannabis, detrás de las botellas de cerveza empuñadas como botín en festivales más publicitarios que la publicidad misma, no existe el menor intento de subvertir ningún orden establecido.

Teysera admite que “el rock ya casi no propone librar grandes batallas (…), el trasfondo ideológico que tenía la música antes ya está casi extinto”. “Los hippies fracasaron: nos queda ahora y para siempre la festichola”, asegura un veterano que asistió a todos los festivales de rock organizados por la cerveza Pilsen.

De cualquier manera, el artista verdadero, que puede ubicarse en cualquier punto del pentagrama ideológico y sentirse identificado o no con un arte comprometido, es igualmente un alerta sobre la conciencia social. De esta suerte, si bien no alcanza con tener buenas intenciones, deberíamos admitir que tampoco alcanza necesariamente con las razones liberales y ni siquiera con las malas intenciones (las desprovistas de todo supuesto compromiso) porque, a la postre, quedan algunas magníficas obras. ¿O acaso Leonardo da Vinci no trabajó para el mercenario Francesco Sforza?

En 1974, el artista Nam June Paik afirmaba con una sinceridad demoledora: “Tras el Mayo del 68, pensé que el tiempo de las barricadas ya se había cumplido. No se puede lanzar piedras cuando los otros tienen helicópteros y satélites. La próxima resistencia se deberá situar en este nivel. Los artistas deben situarse al mismo nivel que las empresas”. Como se ve, el espíritu forjado hace cinco décadas dio paso hacia el pragmatismo y el cinismo. Así, a cambio de la impertinencia y de estrategias éticas ante el autoritarismo, asistimos a una transgresión de cartón pintado: a la era del arte fácil de metabolizar. Del arte dietético. A fines de la década del 60, resonaba bien pregonar: “Soy un artista comprometido, no un bufón”.

Cuarenta años después del Mayo francés se proclama: “Soy un artista bufón, no un artista comprometido”. Cambiaron de orden los adjetivos, pero no varias de las consecuencias estériles que se desprenden de esas autodefiniciones.

*Oscar Larroca es artista plástico, profesor y ensayista.