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Un libro que te mata a piñazos

Publicado: 29/04/2018 08:13

Por Leonardo Haberkorn*

Leer en estos días el libro “Pensadores uruguayos” de Carlos Pacheco es como recibir un piñazo en el estómago. De los que duelen. Aunque también, es cierto, hay una posible lectura optimista.

En el libro, una de las novedades del mercado editorial, Pacheco eligió nueve filósofos y políticos nacidos en Uruguay y de cada uno nos cuenta su vida y sus ideas.

Son Carlos Vaz Ferreira, José Pedro Varela, Pedro Figari, José Enrique Rodó, Domingo Arena, Carlos Real de Azúa, José Luis Rebellato, Alberto Methol Ferré y Ramón Díaz.

Es un libro ameno, didáctico y ágil. Pacheco alterna la descripción de los respectivos idearios con las historias de vida, incluyendo peleas políticas, viajes y romances.

El lado optimista deviene de comprobar que en esta tierra nacieron, además de grandes futbolistas, hombres que fueron capaces de pensar más allá de las ideas dominantes en su momento histórico, que imaginaron un país distinto y, en algunos casos, supieron concretar los cambios que habían soñado.

El piñazo en el estómago viene cuando uno, inevitablemente, compara los debates en los que participaron aquellos nueve hombres, en algunos casos no hace tanto tiempo, con la discusión política a la que asistimos hoy, cada día, en el Parlamento, la academia, los medios y las redes sociales.

Hoy en Uruguay el debate se agota en quién usó de modo más irregular y deshonesto su tarjeta corporativa estatal, quién metió más parientes en el estado o quién devolvió o no viáticos de algún viaje burocrático e inútil. La resolución tampoco importa mucho: ya se sabe que ninguno irá preso nunca. Y hasta ahí llegamos. Más que política, parece contabilidad. Más que un país, una oficina de cuarta.

Los intelectuales del libro de Pacheco, o unos cuantos de ellos, fueron corajudos, desafiaron a los grandes caudillos del momento, fueron capaces de romper con sus partidos, no tuvieron miedo de quedarse solos con sus ideas.

Hoy, salvo excepciones, los intelectuales son meros aplaudidores de aparatos políticos. Son capaces de aplaudir lo que venga: desde una dictadura a un presidente coimero. Viene el lineazo del caudillo de turno y ellos se tragan el sapo. No importa lo feo que sea.

El libro de Pacheco nos pega un piñazo en el estómago al exhibir que hoy todo el debate discurre por falacias que fueron descriptas por Vaz Ferreira hace muchas décadas. Y esos falsos argumentos se usan sin pudor y una población embrutecida los repite y aumenta en las redes sociales. “Unos y otros defienden sus posiciones como si la otra parte fuera el enemigo”, dice Pacheco, a propósito del actual modo de polemizar, tan alejado de las lecciones del filósofo. Y pone a la ley de marihuana como ejemplo de esa manera estéril de discutir en blanco y negro: “Unos ven todas las virtudes de la legalización y no ven ningún inconveniente. Y otros ven todos los inconvenientes de la legalización y ninguna virtud”.

Así es con todo. Cualquier cosa que se señale que funciona mal, obtendrá como respuesta que antes también estaba mal o peor, como si eso exculpara a los que hoy son ineficientes, ineptos, corruptos o ladrones. Una calesita sin fin de reproches que anula el debate y torna muy difícil avanzar hacia alguna solución.

Lo peor es que ni siquiera les da vergüenza.

Deberían leer el libro de Carlos Pacheco y bancarse los piñazos que te asaltan a cada página.

Nos pega un piñazo Pacheco cuando nos recuerda que Rodó, que era colorado, no dudó en controvertir al mismísimo Batlle y Ordóñez. Y comenta: “Si hoy observamos la realidad política nacional, no hay un Rodó dentro del partido gobernante, no hay un intelectual que con rigor se enfrente a los líderes dominantes”.

Nos pega un piñazo Pacheco cuando escribe, recordando a Real de Azúa, que “una sociedad trabada, con escasa movilidad, no puede aspirar a mucho”.

Nos pega un piñazo Pacheco cuando recuerda que Methol escribió: “La ausencia de dinámica y esperanza colectiva se configura en el desgranamiento de vidas individuales obturadas”.

Nos pega un piñazo Pacheco cuando recuerda que Figari sostenía que para que el individuo mejore no alcanza con que tenga esa voluntad, sino que también necesita “el grado de cultura requerido para la vida superior de asociación solidaria”. Y que eso solo se logra con una educación que funcione.

Nos pega un piñazo Pacheco cuando nos recuerda que José Pedro Varela “observó que una democracia con personas sin educación, no preparadas, conlleva un riesgo para la propia democracia”.

Son golpes oportunos y que deben agradecerse. Capaz que alguno se despierta.

*Leonardo Haberkorn es periodista y escritor