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El esperanto o el volapuk

Publicado: 26/04/2018 08:35

Opina Miguel Ángel Campodónico*

La noticia publicada este mes sobre el concurso realizado para ingresar en el Servicio Exterior no pareció interesar demasiado ni a los actores políticos ni a las autoridades de la educación. Esa indiferencia quizás se debió a que se trató de la comprobación de un hecho conocido, al fin de cuentas se sabe dese hace tiempo que el idioma español cada vez se usa peor entre nosotros.

Sin embargo, debería preocupar especialmente porque se trató de un concurso con una característica muy especial: todos los concursantes eran profesionales universitarios, esto es, personas que habían culminado la enseñanza terciara (escuela, liceo en sus dos ciclos y universidad).

De los casi 130 concursantes universitarios apenas 68 pudieron superar la prueba eliminatoria de idioma español, una tendencia negativa que según fuentes fidedignas se ha repetido en los últimos años. Conocidas las bases del concurso se supo que los aspirantes fueron evaluados en idioma español en los siguientes puntos: correcto manejo del idioma, uso de la puntuación, poder de síntesis, coherencia del concepto planteado y la adecuada aplicación de los términos para diversas situaciones.

Nada extravagante ni imposible de abordar para alguien que precisamente se maneja con el español como lengua materna y que ha completado alrededor de dieciocho años de estudios (seis de escuela, seis de bachillerato y seis universitarios).

¿Cuántos libros debieron leer los concursantes en ese larguísimo período? ¿Cuántas redacciones realizaron, cuántos exámenes escritos rindieron, cuántas monografías o tesis presentaron? Para los 68 rechazados nada de eso sirvió. Cabe preguntarse todavía si abordaron la prueba de idioma español seguros de que lo conocían perfectamente. Si fue así, su infundado optimismo los puso de frente a un grueso error. Sería todavía peor pensar que estaban convencidos de que el español era lo menos importante para la tarea que deberían cumplir en el Servicio Exterior por lo que con alcanzar el puntaje mínimo estarían satisfechos Puntaje mínimo que apenas era de 70 puntos sobre un total de 100.

Es difícil saber qué fue lo que les enseñaron y más todavía qué fue lo que aprendieron en dieciocho años. ¿Cuáles son los planes? Hay, además, muchísimos profesores de liceo que ejercen sin tener un título docente, que se desempeñan en base a la antigüedad en el cargo. Saber no significa que se sepa enseñar lo que se sabe. ¿Cuántos de ellos han egresado de un instituto especializado?

Casi seguramente los universitarios que fueron eliminados del concurso navegan con desenvoltura en las turbias aguas de las redes sociales, pero para ello no se necesita conocer el español, al contrario. La neolengua gestada por la tecnología ha terminado embarrando el idioma hasta ensuciarlo de modo lamentable. Abreviaciones grotescas, barbarismos, guarangadas a granel, alusiones absurdas a materias que no se dominan, opiniones expresadas de forma pueril, insultos con palabrotas que parecerían provenir de seres primitivos. Basta leer las opiniones que se desparraman en Facebook o los comentarios de los usurarios de esa red caótica que se publican en los propios medios que les dan la oportunidad de descargar sus andanadas para opinar sobre las noticias de prensa.

“Las redes sociales les dan el derecho a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas….El drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel del portador de la verdad”, afirmó Umberto Eco al referirse a la consecuencia que deriva de que cualquiera tenga hoy en día la posibilidad de transformar su opinión privada en pública.

Y Mario Vargas Llosa, por su parte, llegó al extremo de temer que terminemos viviendo en el planeta de los simios: “La forma de comunicarse en las redes sociales es una caricatura de la lengua… si la literatura no prevalece, la sociedad corre el peligro de convertirse en un mundo de monos”.

¿Hay que seguir procreando monos y tontos o ya es tiempo de terminar con ellos a partir de una política revolucionaria de la educación que llegue a la raíz como todas las revoluciones verdaderas? La respuesta no merece pensarse demasiado. Si esa revolución imprescindible no llegara podría ser una solución también radical que el Uruguay promoviera en las Naciones Unidas la creación de una lengua universal que lograra lo que no pudo el polaco Zamenhof con el esperanto ni el sacerdote alemán Schleyer con el Volapuk.

Partiríamos de cero, de ese modo al empezar en el mundo entero una nueva época con una lengua única nosotros podríamos compararnos mucho más fácilmente con los demás países y no depender de las pruebas PISA.