Publicado: 8/04/2018 07:55

Opina Leonardo Haberkorn*

Tenía que contar la vida de un muchacho que acaba de matar a su ex pareja, un crimen horrendo por sus detalles que había conmovido a un país al que tanta violencia y tantos asesinatos ya tienen casi anestesiado.

Además de consultar documentos judiciales y policiales y en busca de testimonios sobre su vida previa, recorrí sus perfiles de Facebook para ubicar a parientes y amigos que pudieran dar su testimonio.

Me llamó la atención uno de esos contactos. Era una joven que tiempo atrás había comentado con cariño algunas fotos de quien luego se transformaría en feroz homicida. Pero una breve mirada sobre la propia página de Facebook de esta joven me permitió saber que ella, a su vez, era familiar directa de un asesinado reciente, otro caso que había conmovido a la gente.

Es decir, la ola de violencia había golpeado a esta chica dos veces. Primero, hace unos meses, en forma directa: un rapiñero había asesinado a un integrante de su familia más cercana e íntima. Luego, apenas unos meses después, un amigo suyo había matado a su ex pareja.

Me pareció interesante saber su opinión. De algún modo, estaba parada de los dos lados del horrible mostrador de nuestra violencia diaria.

No fue lo que yo esperaba. Me confirmó que uno de sus parientes más queridos había sido muerto por un asaltante. Pero de ese caso no quiso decir nada. También conocía al homicida del momento, pero tampoco quiso hablar sobre él. Me insistió en dos conceptos: el homicida era un muchacho “sano” y “bueno”.

Su declaración me golpeó. Alguien que había perdido a un familiar muy directo en manos de la actual ola de violencia, calificaba como sano y bueno a otro homicida que acababa de matar de un modo horrendo a una mujer joven como ella misma.

Su desconcertante declaración me vino a la memoria cuando leí los comentarios de los habitantes de Quebracho calificando también como “sano” y “bueno” al asesino que, despechado por su ex pareja, mató a su ex suegra y a un policía, incendió la casa de la familia del nuevo novio de su ex, y luego se suicidó.

En la página de un periodista local de Quebracho, leí a mujeres llorando y calificando de “pobrecito Martín” al asesino. Otra escribió: “El que esté libre de culpa que arroje la primera piedra”, como si se estuviera hablando de excederse en un límite de velocidad y no de haber matado a dos personas.

Todo el episodio dejó en evidencia que hay machismo sí, pero también muchas otras taras: ignorancia, resentimiento, dificultades serias para razonar, entender de proporciones, de causas y consecuencias, para distinguir lo sano de lo enfermo y lo bueno de lo malo.

Porque andar asesinando gente y luego matarse nunca es sano ni bueno.

Parece una idea sencilla, pero está claro que hoy no se la entiende. Tal parece que si volviéramos 3.500 años atrás y Moisés se apareciera con las tablas de la ley y sus diez mandamientos en la cima del cerro Batoví, sería de una enorme utilidad para el Uruguay de hoy.

Con todo, es injusto castigar a la gente de Quebracho por un problema que es nacional.

Otros, con mucha más cultura, mucho mayor conocimiento de las leyes y muchos más recursos que los habitantes de ese pequeño pueblo, se han aburrido de minimizar y justificar asesinatos horribles.

Así como muchos habitantes de Quebracho disminuyeron el horror del doble crimen por la traición amorosa sufrida por el matador, son una legión los que todos los días en Montevideo rebajan la culpa de otros asesinos porque solo fue “un ajuste de cuentas”, porque eran pobres, porque “el sistema” los llevó a matar, porque nacieron en 2002 o porque sus padres nacieron en 2002.

La versión progre del “Pobrecito Martín”.

En esta neo tierra purpúrea que hoy somos, hemos llegado al punto en que cada asesino tiene la tranquilidad y la seguridad que al otro día de haber matado, podrá entrar a la prensa y a las redes sociales y leer a una parte importante de la sociedad justificando, minimizando o relativizando su crimen.

Así estamos.

*Leonardo Haberkorn es periodista y escritor