Arte degenerado II

Por: Oscar Larroca

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24/03/2018 10:35

Publicado: 24/03/2018 10:35

Opina Oscar Larroca*

En las postrimerías del siglo XIX la Justicia estadounidense impidió la exhibición de “El beso”, un film de Thomas Alvah Edison de 40 segundos de duración, en el que una señora fornida (May Irwin) y un bigotudo finisecular (John C. Rice) aproximaban sus caras y el caballero amenazaba rozar con labios (y bigotes) la mejilla de la dama. Manuel Martínez Carril recordaba que durante la primera década del siglo XX, Pathé Frères editaron en París films de tres o cuatro minutos, mucho más osados, que en la historia del cine se conocen como “La pulga” y “El desnudarse de la parisienne”.

Por detrás de estas producciones, mientras tanto, existía un cine abiertamente pornográfico que circulaba de forma restringida entre un selecto grupo de consumidores.

Hacia fines de la década de 1920 Gustav Machaty recuperaría para el cine una sensualidad visual que incursiona de forma elíptica en temas de fuerte sugestión, como sucede con “Erotikon” (1928), y más tarde con “Extasis” (1933), en la cual asume un protagonismo esencial la belleza corporal de Hedy Lamarr. Después se incorporarían las curvas de Silvana Mangano, Sofía Loren, Briggite Bardot, Catherine Deneuve y Silvia Kristel, en una lista inagotable.

En el film “El forajido” (Howard Hughes, 1941), los senos de Jane Russell eran tan sugestivos que fue prohibido durante tres años en Estados Unidos por inmoral. En 1930, la “Asociación de Productores Cinematográficos de Estados Unidos” (M.P.PA.) aprobaba un código moral, más conocido como Código Hays por el nombre de uno de sus mentores intelectuales, Will H. Hays, y conocido también como la censura cinematográfica de Hollywood. Su marco regulatorio fiscalizaba las siguientes temáticas: crímenes, blasfemias, alcohol, danza, y, por cierto, el vestuario, la sexualidad y el desnudo. Hasta 1956 el código permaneció inalterado, pero entre ese año y 1963 tuvo sus modificaciones, inevitables.

El argumento que siempre subyace debajo de toda censura: el mal ejemplo y la propagación de modelos inadecuados. Claro, siempre habrá psicópatas que se apañen de esos modelos. El criminal estadounidense Charles Manson afirmaba que las letras de las canciones de los Beatles contenidas en el fonograma “Doble blanco” (“The White Album”, 1969) lo habían incitado a asesinar a Sharon Tate. Del mismo modo, muchos psicópatas señalan que los violentos hechos de sangre que han cometido están justificados por la Biblia.

En 1989, Tsutomu Miyazaki, un japonés de 27 años, asesinó a tres niñas de seis años. Entregó el cadáver de una de ellas a su familia con una nota firmada por “Yuko Imada”, su personaje de cómic favorito.

Ninguna de las cintas indicadas —incluyendo las más osadas— provocó cataclismos, oleadas de madres solteras o muertes súbitas, y vistas ahora, cualquiera se explica que semejantes desgracias jamás podían haber ocurrido. Del mismo modo, es ridículo asociar los episodios de sangre cometidos por el clan Manson con los Beatles, o asociar los crímenes sexuales debido al auge de la pornografía. Pero, ¿es el modelo o nuevamente a incapacidad del sujeto para discernir la metáfora de la literalidad?

“Diferencias”

Independientemente de la dureza o la sutileza en la representación de la imagen sexual y todas sus derivaciones, podemos inferir que la actitud del erotismo es la de la búsqueda, mientras que la de la pornografía es la del consumo cargado de retórica. “Lo que obtura los poros no deja respirar a los sentidos”, opina el crítico Rafael Argullol. Pero en lo que concierne a lo estrictamente visual y/o auditivo, las diferencias entre un vocablo y otro no son tan claras como se quisiera. Pueden existir (y de hecho existen) las parafilias, la imposición de vejaciones, sevicias y patologías sin consentimiento recíproco, el acoso sexual, la pederastia, el estupro, el proxenetismo y todo tipo de alteraciones violentas de las conductas psicológicas vinculadas a la sexualidad.

Mientras la semántica no encuentre un término más adecuado, deberemos manejar con suma precaución este vocablo que resulta escaso en su etimología, ya que la definición popular o legal del término que sirve para identificar sus imágenes y condenar a sus autores, permite al mismo tiempo volverlo aceptable poniéndolo en contextos totalmente artificiales, pero socialmente admitidos. Comúnmente se dice que “una cosa es el erotismo y otra cosa es la pornografía”. La delicada frontera entre uno y otro vocablo ha servido para censurar mucha producción artística, pero también ha sido útil para justificar cualquier cosa.

Hacia fines de la década de 1970, el feminismo condenaba la pornografía por considerarla una forma inaceptable de violación de los derechos civiles y de explotación de las mujeres al servicio del interés masculino. Con las nuevas orientaciones sexuales (la Comisión de Género de las Naciones Unidas reconoce actualmente 112 géneros diferentes), la pornografía —o lo que es históricamente considerado como tal— atraviesa gran parte del universo de derechos de estas nuevas orientaciones.

La pornografía contemporánea incorpora aspectos aparentemente más libres de la sexualidad y menos atados a convenciones surgidas de la mirada heterosexual masculina. A modo de ejemplo, se puede citar el cine gay de Andy Warhol (protagonizados por Tom Baker y Joe D´Alessandro) y Jean François Cadinot, o el porno soft y hard producido por y para mujeres, como el caso de la cineasta Cándida Royale.

Y aunque sería muy delicado hablar de “arte pornográfico”, en las artes visuales las mujeres tuvieron un papel relevante en términos de “erotismo extremo”. Eva Hesse, Leonor Fini, Orlan, Nicole Eissenman y Membrandt, son algunas de ellas. El tema de la sexualidad, además, es vital para muchas artistas que se definen como feministas: Ghada Amer, Esther Ferrer, Maris Bustamante, Tina Laporta, las L.S.D. (Lesbianas Sin Duda) y las “bad girls” Cecily Brown, Sue Williams y Lisa Yuskavage.

Ayer, hoy

Lo que en la antigua Irlanda era la cópula sagrada entre el rey y una yegua blanca que simbolizaba la madre tierra, hoy se le llamaría simplemente zoofilia; lo que en la milenaria Grecia era la normal compañía de los efebos en los palacios imperiales, hoy se conoce como pedofilia; lo que para los patriarcas del Antiguo Testamento eran relaciones maritales normales, para las leyes de la actualidad son graves delitos de poligamia.

Pero, el tiempo pasa… Una vez más, el péndulo está posicionado en este lado. La pedofilia incluso es patrocinada por activistas afines, quienes promueven eufemismos tales como “pedosexual”, “boylove(r)”, “girllove(r)”, y “childlove(r)”, con el fin de suavizar el término “pedófilo”. Actualmente el movimiento es impopular y ha hecho poco progreso en sus metas dentro de las esferas legales y públicas, aunque el “Partido de la Caridad, la Libertad y la Diversidad”, que se fundó en 2006 en los Países Bajos, goza de relativa buena salud. Algunas feministas de la tercera ola (cuyo origen se encuentra ligado a los sucesos del Mayo Francés) han promovido la pedofilia y el incesto con la idea de deconstruir la cultura de Occidente y dar batalla contra la familia heteronormativa.

No se debería hablar en nombre de alguna “naturaleza humana” tal como hacen ciertas congregaciones vinculadas a la política, al Estado, a la sociedad castrense y a la religión, que la reivindican y le dan un contenido que se amolda con sus propias opciones morales en función de valores que dicen representar. La discusión acerca de los temas sexuales debería emanciparse de la sujeción que pretenden imponerle esos grupos.

A la luz de la tolerancia no se trata de decir que estos representantes institucionales no deben opinar, ni siquiera de discutir el derecho a imponer sus normas a sus feligreses. Pero muy distinto es que cualquiera de ellos pretenda imponer sus normas y cuestionamientos al total de la comunidad en nombre de la supuesta defensa de una “moral pública” (como han expresado varios jerarcas religiosos), o de costumbres que serían “propias de un colectivo diverso” como artilugio para crear culpa a una izquierda desgastada. El debate de ideas se torna cuestionable cuando la imposición se produce de tal forma que aniquila el principio mismo que lo posibilita.

*Oscar Larroca es artista plástico, profesor y ensayista.