columnist

Las armas las cargan las palabras

Publicado: 11/03/2018 14:22

Opina Leonardo Haberkorn*

Un asesinato siempre es una tragedia, pero el de Isaac Rabín fue una tragedia multiplicada por mil.

El 4 de noviembre de 1995 un fanático llamado Igal Amir asesinó a Rabín, que entonces era el primer ministro de Israel, por haberle dado la mano a Yasser Arafat y haberse sentado a negociar en serio la paz con los palestinos.

La bala que disparó Amir no solo mató a un líder valiente. También sepultó las ilusiones de paz, por lo menos hasta ahora. Ya han pasado casi 23 años y los efectos están a la vista.

Pero a Rabín no solo lo mató Amir, su asesino. Al primer ministro israelí lo habían comenzado a matar antes. No con balas, sino con palabras.
En el Campeón del Siglo oí todo el triste repertorio de siempre. Con pegadiza música de Gilda miles cantaron que van mandar a otro bolso pa´ el cajón.

Poco antes del crimen, Israel había sido tapizado de imágenes de Rabín vestido de palestino y también de nazi. Esos carteles llevaban leyendas que decían “Rabín traidor”. Se repartieron volantes que decían “Muerte a Rabín”. En un acto del principal partido opositor a su gobierno se cantaron ambas consignas.

Se puede decir que la mayoría de quienes pegaron esos carteles o difundieron esos insultos y amenazas no tenía intención real de cometer el magnicidio. Pero sin duda colaboraron para que ocurriera, dándole impulso y justificación al fanático que terminó por apretar el gatillo, haciéndolo sentir que su repulsivo crimen sería tomado como un acto de justicia por miles de compatriotas.

Las palabras fijan las causas, establecen las razones y terminan por anticipar los hechos. Si Rabín era un traidor y un nazi, ¿por qué no debería ser asesinado?

En Uruguay, donde la cultura es el último orejón del tarro, la reflexión sobre el peso de las palabras es un tema de ciencia ficción.

A nadie le importa -por ejemplo- que miles de personas canten en los estadios que van a asesinar a otras.

Ayer en el “Campeón del Siglo” oí todo el triste repertorio de siempre. Con pegadiza música de Gilda miles cantaron que van mandar “a otro bolso pa´ el cajón”. Y un poco después anunciaron que “ya matamo´ a uno, vamo´ a matar a dos”.

Casi todo el primer tiempo del partido se jugó así.

La reacción de la mayoría del público -que no canta esas canciones- también fue la de siempre: nada. Hubiera bastado que todos juntos silbaran en el momento en que se escuchaban tales versos para provocar dos efectos inmediatos: sepultar bajo los silbidos el llamado a matar y pasar el claro mensaje de que la mayoría está contra de las muertes en el fútbol.
¿Cuál será la próxima modalidad de accionar que nos parece que está bien?: ¿prender fuego las iglesias?, ¿matar a un cura?

Por el contrario, todos transmitieron el mensaje opuesto: el juez que no paró el partido, los jugadores que siguieron jugando, el club (Peñarol) que usó cuatro veces la red de altoparlantes del estadio para pedir que la gente no se siente en las escaleras pero solo una vez hizo un tímido pedido de no realizar cantos insultantes, que fue ignorado olímpicamente y no fue repetido. Todos miraron para el costado y transmitieron el mensaje opuesto: la violencia está bien, está fenómeno matar padres, madres, hijos, hermanos, amigos, vecinos mientras sean del otro cuadro.

Se dice que no todos los que cantan esas canciones tienen verdaderas intenciones de matar y obviamente es cierto. Pero que miles de personas canten esas palabras con entusiasmo justifica y alienta a los que ya lo han hecho muchas veces. Escuchar a medio estadio que canta con ellos y ver que la otra mitad los acepta y tolera, alienta a los violentos, los convence que su manera enferma y psicótica de entender el fútbol y la vida es compartida por miles de personas.

El efecto Igal Amir.

Otro ejemplo reciente. El jueves 7 de marzo, en la primera plana del diario La República se publicó en letras de gran tamaño:

“Lilián Abracinskas, directora de Mujer y Salud en Uruguay: ‘El cardenal Sturla se creyó el macho perfecto’”. Al lado otro titular agregaba: “Violencia de género: una denuncia cada 14 minutos”.

La virulencia de la cita me llamó la atención. Sin embargo, cuando uno leía la nota completa se encontraba con que la frase entrecomillada nunca había sido dicha por Abracinskas.

Como Sturla había sostenido que las feministas debían estar a favor de su (obsesiva) campaña por instalar una estatua de la virgen María en un espacio público en la rambla del Buceo, Abracinskas había respondido que el cardenal al dar ese consejo “cumplió con la regla básica del macho perfecto: en lugar de escuchar lo que le dicen las mujeres, se siente con el derecho a decirnos lo que tenemos que hacer las feministas”.

Como se ve, lo dicho y la cita de la primera plana no coinciden: el título de tapa es bastante más agresivo y generalizante. No califica ya una actitud de Sturla, sino que lo califica a él. Por supuesto, la inmensa mayoría de la gente no lee la nota entera. Para peor, el portal Montevideo.com levantó la cita adulterada, la puso como título de una nota propia en la que ni siquiera colocaron la cita verdadera, impidiendo que la gente pudiera entender los matices del caso.

Dos días después, en medio de una marcha donde la inmensa mayoría se manifestó en forma pacífica a favor de la igualdad y el fin de la violencia contra las mujeres, un grupito minoritario atacó una iglesia con bombas de pintura.

Las palabras lo habían anticipado. Si el machismo es el gran enemigo y el máximo líder de la iglesia es el macho perfecto, ¿cómo no va a ser legítimo atacar una iglesia?

Lo más grave vino después, cuando la vocera de la Coordinadora de Feminismos, Cecilia Menéndez, dijo a la agencia EFE que tirar bombas de pintura contra un templo no es lo que ella haría pero "hay otras compañeras que tienen otras modalidades de accionar y nosotras aceptamos que exista, convivimos con eso y nos parece que está bien”.

¿Cuál será la próxima “modalidad de accionar” que “nos parece que está bien”?: ¿prender fuego las iglesias?, ¿matar a un cura?

Rabin traidor. Bolso cajón. Sturla macho perfecto. Nosotras aceptamos.

De verdad da mucha pena.

Los líderes políticos, de instituciones deportivas, de organizaciones sociales, deberían estar a la altura de las investiduras que ostentan y las causas que dicen defender. Los que ponen títulos en los diarios también. Los que levantan noticias de otros por lo menos deberían levantarlas bien.

A todos ellos y ellas los veremos lavarse las manos cuando aquí mismo aparezca el próximo Igal Amir de la política, del fútbol, del feminismo.

Las palabras cuentan, pesan y deciden. Cargan las armas.

Basta ya de justificar la violencia.

Basta ya de llamarla.

*Leonardo Haberkorn es periodista y escritor

Notas de redacción

1. Originalmente esta columna decía que no había habido ningún mensaje por la red de altoparlantes del estadio Campeón del Siglo para que cesaran los cantos que prometen matar hinchas rivales. Un par de hinchas de Peñarol, Gonzalo Pérez y Daniel Ríos, se comunicaron para decir que sí había existido una exhortación a cesar los cantos ofensivos. Pérez agregó que no había tenido efecto alguno. “Siguieron cantando como si no hubiese dicho nada”, dijo. El autor -que no escuchó tal advertencia- consultó a seis personas que fueron al partido para tratar de zanjar el punto: la mitad le respondió que no habían oído ningún mensaje alusivo a los cantos y la otra mitad dijo que sí había habido uno. Los tres que oyeron el pedido, coincidieron en que fue uno solo, no fue acatado y no fue repetido, a diferencia del mensaje de desalojar las escaleras con el cual se insistió una y otra vez. Por qué la mitad de los consultados (y el autor) no escucharon esa comunicación quizás pueda explicarse con el testimonio del periodista César Bianchi: “Fue en un momento en que estaban cantando fuerte y por eso la voz del estadio quedó opacada por los cánticos”.


2. El cardenal Daniel Sturla se comunicó para señalar que nunca dijo la frase "las feministas deberían defender la instalación de la imagen de la Virgen", con la que el diario El País tituló una entrevista que le realizó y se publicó el 4 de marzo. Sturla dice que no tiene una obsesión con el tema de la estatua y que ya no habla más sobre el asunto, salvo que alguien le pregunte. En la entrevista que publicó El País, se incluye el siguiente diálogo entre el periodista Pablo Melgar y el cardenal Sturla:
—¿Las feministas deberían defender la instalación de la imagen?
—Creo que sí, es algo que toca la vida de muchas mujeres. Que se le niegue un lugar es inentendible visto desde fuera del país.