8 de marzo: paro de mujeres y movilización ciudadana

Por: Andrea Tuana

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1/02/2018 14:24

Publicado: 1/02/2018 14:24

Opina Mag. Andrea Tuana*

Es indiscutible reconocer que en las últimas décadas, se ha logrado avanzar en forma sustantiva, en la protección y promoción de los derechos humanos de las mujeres.

Derechos humanos, que durante muchos años - a diferencia de los varones -, las mujeres no gozamos. Este avance ha sido posible por la presencia constante y continua a lo largo de la historia, de movimientos feministas, que han luchado incesantemente para conquistar esos derechos.

Esta lucha, ha sido una lucha pacífica, aunque les ha costado la vida a muchas mujeres. Esta lucha, ha sido una lucha por la libertad, aunque les ha costado la cárcel a muchas mujeres. Esta lucha, ha sido una lucha por una vida libre de violencias, aunque les ha valido la violación, la tortura, el ataque físico, la humillación, la difamación y el escarnio público a muchas mujeres. Esta lucha, ha sido una lucha por la justicia, aunque las mujeres aún seguimos soportando las múltiples injusticias de los privilegios masculinos. Esta lucha ha sido y continúa siendo una lucha por la libertad de decidir sobre nuestros asuntos, nuestros cuerpos, nuestras relaciones, nuestros proyectos, por la autonomía en todos los planos, por la soberanía absoluta sobre nuestras vidas. En definitiva, esta lucha ha sido y sigue siendo una lucha por justicia social, por transformar las relaciones de poder, hacia relaciones igualitarias entre varones y mujeres, luchando asimismo contra toda forma de opresión y discriminación (raza, edad, orientación sexual, identidad de género, etnia, situación de discapacidad, entre otras) que profundiza y agrava la situación de las mujeres.

En este proceso, la acción internacional cumple un rol importante al reconocer la situación de subordinación y discriminación que padecían las mujeres por el hecho de serlo así como en la generación de diversos instrumentos específicos de defensa de los derechos de las mismas que compromete a los Estados que los ratifican a tomar medidas para su abordaje.

Este involucramiento implica un proceso que podemos marcar en la Primer Conferencia Mundial sobre la Mujer en México en 1975 donde las Naciones Unidas establecen el Decenio para la Mujer.

En 1979 que se da un paso fundamental con la aprobación por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW, por sus siglas en ingles). Esta Convención define la discriminación hacia las mujeres de la siguiente forma:

“La discriminación contra la mujer denotará toda distinción, exclusión a restricción basada en el sexo que tenga por objeto o por resultado menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio por la mujer, independientemente de su estado civil, sobre la base de la igualdad del hombre y la mujer, de los derechos humanos y las libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural y civil o en cualquier otra esfera.” (Articulo 1 CEDAW)

Un avance muy importante se obtuvo en la II Conferencia Mundial sobre Derechos Humanos realizada en Viena en 1993, donde se logra considerar la violencia contra la mujer como una violación a los derechos humanos. En esta Conferencia se establece la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, acordada por la Asamblea General de Naciones Unidas en diciembre de ese mismo año. En ella se define la violencia hacia las mujeres como:

“La violencia contra la mujer es una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre hombres y mujeres, que han conducido a la dominación de la mujer por el hombre, a la discriminación contra la mujer y a la interposición de obstáculos contra su pleno desarrollo, y que el uso de la violencia es uno de los mecanismos decisivos mediante los cuales se coloca a la mujer en una posición de subordinación frente al hombre.” (Declaración sobre la Eliminación de la Violencia sobre la Mujer, 1993, ONU).

A nivel interamericano, un instrumento fundamental de defensa de los derechos de las mujeres es la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer adoptada por la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos, en junio de 1994 en Belém do Pará, Brasil. En ella, los Estados Parte afirman que la violencia contra la mujer constituye una violación de los derechos humanos y las libertades fundamentales y limita total o parcialmente a la mujer el reconocimiento, goce y ejercicio de tales derechos y libertades. Esta Convención comprende la violencia contra la mujer como una ofensa a la dignidad humana y una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre mujeres y hombres.

Múltiples han sido los avances que se han generado a lo largo de la historia, gracias a la lucha persistente y tenaz de los movimientos feministas.

Derechos conquistados, que hoy nos parecen básicos, pero que a lo largo de la historia no lo fueron para nuestras antecesoras y cada derecho conquistado fue producto de años de intenso batallar de los movimientos feministas. Derechos tan básicos como el derecho a votar, a estudiar, a percibir igual remuneración que un varón por la misma tarea, derecho a decidir si queremos tener hijos o no, derecho a abortar, a vivir nuestra sexualidad según nuestros criterios, intereses y deseos, el derecho a vivir una vida libre de violencia en nuestras casas, en la calle, en el trabajo y en cualquier ámbito. El derecho a tener bienes, a administras nuestros bienes, a ejercer una profesión, el derecho a decidir sobre asuntos que nos conciernen, entre tantos derechos que hemos ido ganando.

Sin embargo y a pesar de los avances logrados, las mujeres de todo el mundo seguimos estando en una posición estructural de desigualdad en relación a los varones, seguimos sometidas a múltiples formas de discriminación y estamos expuestas a sufrir múltiples violencias, por el hecho de ser mujeres.

Naciones Unidas alerta que en el mundo, las mujeres seguimos sufriendo múltiples discriminaciones en diferentes ámbitos. En algunos países existen leyes y políticas que prohíben a las mujeres el acceso a la tierra, la propiedad y la vivienda en términos de igualdad. La discriminación económica y social se traduce en opciones vitales más reducidas y más pobres para las mujeres, lo que las hace más vulnerables a la trata de personas. La violencia de género afecta por lo menos al 30% de las mujeres del mundo. En muchos países a las mujeres se les niegan sus derechos a la salud sexual y reproductiva, entre otros.

En nuestro país la desigualdad entre varones y mujeres persiste, como se ilustra en los siguientes ejemplos:

-Las mujeres estamos subrepresentadas en ámbitos de participación política, en espacios de toma de decisiones y en altos cargos directivos en ámbitos empresariales, sindicales e institucionales.

-A nivel laboral persiste la segregación y la brecha salarial (a igual tarea y escolarización que los varones, las mujeres perciben un 20% menos de salario.)

-La violencia hacia las mujeres alcanza cifras alarmantes, 7 de cada diez mujeres uruguayas sufre violencia de género.

-En el 2017 ocurrieron 31 femicidios y se recibieron 30.000 denuncias por violencia doméstica.

-En 2016 se reportaron 800 casos de violencia sexual hacia niños, niñas y adolescentes (explotación sexual comercial y abuso intrafamiliar), donde las principales víctimas son niñas y adolescentes mujeres.

-Se reportan cerca de 200 casos anuales de embarazos forzados (producto de violencia sexual), en niñas entre 10 y 14 años (123 nacimientos en 2016 y 74 abortos).

En octubre de 2016, se realizó en Montevideo, la XIII Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe de la CEPAL . En el marco de esa actividad mujeres de distintos países de Latinoamérica reunidas en el Foro de organizaciones feministas “Magaly Pineda”, elaboraron una declaración política acerca de la situación de las mujeres en la región donde manifiestan:

“En nuestra región vivimos en una cultura vergonzosamente permisiva con las distintas formas de violencias contra las mujeres. Violencia naturalizada y arraigada pero, sobre todo, solapada e invisible. Somos testigas preocupadas del aumento de embarazos y maternidades forzadas en niñas, de los feminicidios/femicidios y de los crímenes de odio; somos las principales víctimas de la violencia institucional, del acoso callejero, de la estigmatización y agresiones por parte de los medios de comunicación y de discriminación y segregación en nuestros trabajos.” Declaración Política. Foro de organizaciones feministas Magaly Pineda (Montevideo, 2016)

Este 8 de marzo las mujeres paramos, porque queremos cambiar esta cultura vergonzosamente permisiva con las distintas formas de violencia hacia las mujeres.

Este 8 de marzo las mujeres paramos porque queremos transformar las relaciones de poder y opresión que nos subyugan, que nos violentan y pretenden controlar nuestras vidas.

Este 8 de marzo las mujeres paramos porque queremos construir una sociedad justa, que establezca relaciones de igualdad entre varones y mujeres, que derribe las concepciones patriarcales y heteronormativas que hoy continúan modelando las relaciones sociales. Queremos un país libre de violencia sexista, libre de violencia homofóbica, lesbofobica y transfobica, libre de violencia racista y libre de cualquier forma de opresión.

Este 8 de marzo las mujeres paramos y convocamos a toda la ciudadanía a marchar junto a nosotras.

*Andrea Tuana es licenciada en Trabajo Social y magister en Políticas Públicas de Igualdad, directora de la ONG El Paso, e integrante de la Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica y Sexual.