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La cultura del terror

Publicado: 20/11/2017 09:21

Opina Mag. Andrea Tuana*

Los señores feudales (pretendidos dueños de nuestros cuerpos, nuestra credibilidad y nuestro honor), se rasgan las vestiduras proclamando la inocencia de maltratadores y abusadores sexuales de niños y niñas. Alertan sobre las falsas denuncias, alertan sobre madres que inventan abusos y manipulan a sus hijos e hijas para que inventen abusos. Alertan sobre los movimientos feministas que ven abusos donde no los hay, que manipulan a las víctimas y utilizan sus tragedias para favorecer sus intereses.

Pero la realidad habla por sí sola.

En Uruguay la violencia se manifiesta al menos de la siguiente forma:

-30 niños, niñas y adolescentes fueron asesinados por violencia intrafamiliar, en los últimos cuatro años.

-1 de cada 2 niños, niñas y adolescentes hasta 14 años sufren violencia intrafamiliar .

-20% de los niños, niñas y adolescentes viven en hogares donde las mujeres sufren violencia por parte de su pareja.

-Más de la mitad de los adultos declara haber ejercido violencia hacia al menos uno de los niños a su cuidado.

-7 de cada 10 mujeres sufrieron violencia de género a lo largo de su vida.

-475 niños, niñas y adolescentes fueron víctimas de abuso sexual en 2016.

-333 niños, niñas y adolescentes fueron víctimas de explotación sexual en 2016.

-Uruguay tiene la mayor tasa de descarga de pornografía infantil on line, entre 10 países latinoamericanos estudiados.

Cada uno de estos números que impactan y nos golpean, representan algunas de las historias de vida más trágicas, dolorosas e injustas que podamos pensar. Valentina es una de ellas, una de estas historias que nos encoge el corazón y nos enluta el alma. Nuestros niños/as y adolescentes están muy desprotegidos en nuestro país y una parte de responsabilidad de esa desprotección la tienen las personas que insisten en decir que los niños mienten, que las madres manipulan y que hay que desconfiar de las denuncias de abuso sexual.

En el caso de Valentina, no se puede negar el abuso, porque el cuerpo de la niña expresó sin lugar a dudas, lo que otros niños expresan con palabras, pero nadie les cree.

Como no se puede decir que es mentira que Valentina sufrió abuso, que alguien inventa, que alguien miente, entonces se empieza a poner la mira en la madre. La madre que no la cuidó, la madre que no vio, la madre que no hizo lo que toda madre debe hacer.

Esta reacción tremendamente revicitimizante y perversa de algunas personas, se ha visto en muchos casos donde se confirma el abuso sexual y/o en casos en que se asesina a un niño o niña en esa circunstancia. En esta sociedad, donde impera una doble moral, arcaica y recalcitrante, parece no haber escapatoria para muchas mujeres. O son catalogadas como madres manipuladoras y mentirosas que inventan abusos sexuales para destruir a padres bien intencionados, o son catalogadas como madres desnaturalizadas que no cuidan de sus hijas e hijos y permite que le pasen estas cosas tan terribles.

En este país las mujeres, los niños, niñas y adolescentes aun tenemos las de perder. Perder la vida, perder la salud, perder la credibilidad, perder la cordura, perder en la justicia y perder en el ejercicio de los derechos humanos.

Es hora de dar vuelta la tortilla y transformar las relaciones de poder, que colocan a los varones en lugares de superioridad, dominio y privilegios. Esta es una revolución que debe darse en varios planos; político, institucional, educativo y también en el plano de la vida cotidiana; desde cada casa, desde cada colectivo, desde cada espacio comunitario, desde cada vínculo que entablamos, desde cada uno de nosotros y nosotras.

Para terminar con la violencia debemos empezar por terminar con la desigualdad entre varones y mujeres; entre adultos y niños.

En el “mientras tanto”, debemos estar alertas, a algunas premisas fundamentales:

-Cada vez que un niño/a manifiesta sufrir alguna forma de violencia debe ser escuchado, su relato no debe ser subestimado y se debe intervenir en forma inmediata para brindar protección.

-Nunca se debe confrontar a las víctimas con las personas que lo violentan. Una práctica negligente y revictimizante, que aun es frecuente, es la de llamar a los progenitores para aclarar los dichos de un niño, niña o adolescente que manifiesta sufrir violencia en el hogar.

-En todos los casos donde un niño/a, manifieste sufrir abuso sexual, se debe procurar la separación inmediata del presunto abusador sexual aunque no se haya comprobado a nivel judicial esta denuncia. Frente a la duda siempre debemos proteger. Un claro ejemplo de práctica negligente y vulneradora de derechos, es mantener a los niños conviviendo con los abusadores sexuales mientras se dilucida la situación.

-Nunca se debe sospechar de los relatos de los niños/as, se debe informar a las autoridades correspondientes quienes iniciarán los procesos de validación del relato y comprobación de la situación. En el caso remoto y excepcional de que algún relato sea falso, contamos en nuestro país con equipos especializados con capacidad de determinar estas situaciones.

-Todas las personas debemos involucramos en la detección temprana de los casos, en la denuncia de las situaciones y en la protección de las víctimas, por lo cual es fundamental generar campañas de sensibilización y difusión públicas, para promover estas acciones. Es prioritario capacitar a todos los operadores/as de las instituciones públicas y privadas en herramientas básicas de comprensión del problema y primeras respuestas. Asimismo se deben incorporar equipos y servicios especializados en distintas instituciones tanto públicas como privadas, que realicen diagnósticos y desarrollen tratamientos de reparación de los daños y secuelas.

-Por último, recordar la enorme importancia que tienen los informes técnicos de profesionales de distintas instituciones donde se detectan casos de violencia (puertas de emergencia, policlínicas, centros CAIF, escuelas, hogares, centros juveniles, clubes de niños, programas prioritarios, emergencias móviles, sanatorios, hospitales, colegios privados, profesionales independientes, médicos, entre otros). Para contribuir al acceso a la justicia y a la protección de niños, niñas y adolescentes, es fundamental que los profesionales hagan informes claros, detallados, exponiendo el relato en forma textual, entrecomillado, incorporando indicadores, datos de contexto, entre otros. Si estamos frente a una situación de violencia, debemos consignarla en el informe, sin rodeos ni palabras ambiguas, elaborar informes certeros, fundamentados y con recomendaciones concretas a modo de sugerencia a los efectos de contribuir con un plan de protección para ese niño, niña o adolescente.

Para finalizar las palabras sabias de Eduardo Galeano, de un texto que da título a esta columna:

La extorsión, el insulto, la amenaza, el coscorrón, la bofetada, la paliza,
el azote, el cuarto oscuro, la ducha helada, el ayuno obligatorio, la comida obligatoria, la prohibición de salir, la prohibición de decir lo que se piensa, la prohibición de hacer lo que se siente, y la humillación pública son algunos de los métodos de penitencia y tortura tradicionales en la vida de familia. Para castigo de la desobediencia y escarmiento de la libertad, la tradición familiar perpetúa una cultura del terror que humilla a la mujer, enseña a los hijos a mentir y contagia la peste del miedo. -Los derechos humanos tendrían que empezar por casa - me comenta, en Chile, Andrés Domínguez.
(Eduardo Galeano, De: “El libro de los abrazos”)

Los datos presentados pueden ser consultados en el informe: “Panorama de la violencia hacia la infancia en Uruguay”, UNICEF 2017.

*Andrea Tuana es licenciada en Trabajo Social y magister en Políticas Públicas de Igualdad, directora de la ONG El Paso, e integrante de la Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica y Sexual.