No hay peor ciego que el que no quiere ver. Abuso sexual infantil

Por: Andrea Tuana

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6/11/2017 08:26

Publicado: 6/11/2017 08:26

Opina Mag. Andrea Tuana*

El abuso sexual hacia niños, niñas y adolescentes existe en nuestro país y ocurre con mayor frecuencia de lo que pensamos. Es difícil y doloroso creer que algo semejante sea cierto, que una persona pueda cometer actos tan aberrantes. Y si esa persona es alguien con poder, alguien con dinero, alguien muy querido y popular o alguien con prestigio y sapiencia, se hace aun más difícil de creer. Sin embargo, sucede.

La Organización Mundial de la Salud (2002) define la violencia sexual como todo acto sexual, la tentativa de consumar un acto sexual, los comentarios o insinuaciones sexuales no deseados, o las acciones para comercializar o utilizar de cualquier otro modo la sexualidad de una persona mediante coacción por otra persona, independientemente de la relación de esta con la víctima, en cualquier ámbito, incluidos el hogar y el lugar de trabajo.

Es central en esta definición y forma de comprensión del problema visualizar que la coacción puede implicar grados variables de fuerza, intimidación psicológica, extorsión o amenazas de diversa índole y/o abusar de una circunstancia en que la persona no puede dar su consentimiento (estado de ebriedad, bajo efectos de psicofármacos, si está inconsciente, entre otras).

El Comité de Expertas en Violencia de la OEA (CEVI, 2012) plantea que la violencia sexual contra niñas y mujeres es una de las manifestaciones más claras de los mandatos sociales y las tradiciones de una cultura patriarcal que alienta a los hombres a creer que tienen el derecho a controlar el cuerpo y la sexualidad de las mujeres. La gravedad de esta situación se profundiza cuando las víctimas son niñas y cuando éstas quedan embarazadas como consecuencia de la violencia sexual.

La violencia sexual por tanto no es un acto particular ejercido por una persona que tiene trastornos psicológicos, sino que tiene un carácter genérico y sistémico ya que es producida por relaciones estructurales de dominio, establecidas culturalmente. Las relaciones de género y las relaciones de edad provocan asimetrías estructurales que dan lugar a la expresión de estas violencias.

Los niños, niñas y adolescentes sufren diversas formas de violencia sexual a lo largo de su vida. Datos de la OMS (2002) plantean que en el mundo 150 millones de niñas y 73 millones de niños menores de 18 años tuvieron relaciones sexuales forzosas o sufrieron otras formas de violencia sexual con contacto físico. En 2004, la OMS calculó que la prevalencia mundial de victimización sexual en la niñez en ese momento era de alrededor de 27% entre niñas y de aproximadamente 14% entre niños varones.

Cuando hablamos de abuso sexual intrafamiliar, debemos tener en cuenta los componentes que intervienen en forma particular en el establecimiento de la relación abusiva y en la generación de los daños y secuelas. Entre estos, podemos señalar, las relaciones de poder, las asimetrías de género y generacionales, la manipulación afectiva que realizan los abusadores sexuales, la dependencia emocional y/o material de los niños y niñas, la construcción del secreto y el establecimiento de la dinámica abusiva mediante múltiples estrategias.

Los niños, niñas y/o adolescentes se encuentran indefensos frente al abusador sexual, a quien visualizan como omnipotente y por otra parte experimentan sentimientos ambivalentes ya que quien los daña también es quien les protege, cuida y brinda afecto. Las víctimas están inmersas en sentimientos confusos, en un contexto de fuerte dependencia material y emocional y sometidas a las estrategias eficaces que los abusadores sexuales establecen, tales como, el chantaje emocional, los privilegios, la manipulación afectiva, la coerción y las amenazas. El caso que narro a continuación, es una muestra de cómo se mueven estos abusadores.

Elisa tenía 14 años cuando su madre encontró las cartas que su padrastro le enviaba. En las cartas se puede identificar el chantaje emocional, las amenazas veladas y la intrincada madeja que teje el abusador para atrapar y silenciar a su víctima.

“Hola: Te escribo lo que siento y yo sé que vos sabés lo que quiero y creo que vos querés lo mismo pero tenés miedo. Yo te juro que te voy a hacer la mujer más feliz de la tierra y de vos depende que siga con tu madre. ¿Te acordás que vos ya fuiste mía cuando tenías 12 años? Y no te hice daño. Creo que ya sabés lo que quiero de vos, y si me das esa oportunidad te prometo que voy a hacer que tu madre sea feliz y que vos hagas lo que más te guste.” (Extracto de la carta).

Diversos autores señalan que muchas víctimas utilizan el mecanismo de la disociación para poder atravesar la situación de abuso, dejando su cuerpo separado de su mente (Baita 2015). Refieren a una anestesia emocional (Ravazzola, 1997), que adormece los sentimientos y sensaciones para poder sobrellevar los episodios de abuso y seguir conviviendo con el abusador en sus otros roles. De esta forma se logra separar a la persona que abusa en la noche de la misma que al día siguiente comparte la cotidianeidad como si nada hubiese sucedido. Este mecanismo provoca serios daños en el desarrollo y en especial en la salud mental de los niños y niñas.

La revelación de los abusos sexuales y la realización del pedido de ayuda o denuncia es una fase muy compleja, dado que los niños, niñas y adolescentes se encuentran atrapados en la dinámica abusiva y en el silencio que le caracteriza. En este sentido Eva Giberti plantea:

“Los chicos víctimas de violencias sexuales en sus familias quedan posicionados en una interfase horrorosa: entre precisar de sus padres y, por otra parte, si se produce la denuncia, enfrentarse con los jueces, ante los cuales deben exponer sus narraciones. Entre dos autoridades máximas, entre dos montañas de poder, las criaturas instalan su propio valle de lágrimas.” (Giberti, 2007)

El encuentro con el sistema de justicia está plagado de dificultades tanto para las víctimas como para sus referentes protectores. En general se llega a esta instancia luego de meses o años de abusos sexuales, entrampados en dinámicas ambivalentes, con miedo, angustia y culpa. Las víctimas sienten miedo de recordar, de tener que volver a narrar los hechos traumáticos, tienen recuerdos fragmentados, a veces confusos y poco claros. Sienten que no serán creídos y tienen miedo de lo que pueda suceder.

El sistema no siempre se encuentra preparado para recibirles, dado que no todos los operadores del sistema de justicia están formados y tienen las competencias necesarias para abordar casos de esta complejidad y dureza.

Otra característica del problema que hace mucho más compleja la intervención, es que una buena parte de los casos de abuso sexual intrafamiliar, ocurren sin dejar rastros, testigos, ni pruebas materiales, lo que hace más difícil el trabajo del sistema de justicia.

Por otra parte el acceso a la justicia de las víctimas de abuso sexual, se ve obstaculizado muchas veces por prácticas sostenidas en paradigmas anacrónicos, opuestos a las recomendaciones establecidas en los principales Instrumentos de Derechos Humanos y por un importante déficit de formación específica.

Se pueden observar actuaciones basadas en concepciones sexistas y adultocentricas donde se identifican prejuicios en torno a los niños, niñas y adolescentes (“son mentirosos”, “fantasean”, “manipulan”), en torno a sus madres (“denuncia porque quiere perjudicar a su ex esposo”, “es manipuladora”, “aliena”, “implanta denuncias falsas”).

Dentro del sistema de justicia se observa una fuerte adherencia por parte de jueces, fiscales, peritos y defensores, al falso síndrome de alienación parental a pesar de ser una seudo teoría rechazada por la Organización Mundial de la Salud.

Estos operadores de justicia, desestiman los relatos de abusos sexuales sin realizar investigaciones exhaustivas y ordenan la revinculación forzada, aun en contra de las expresiones de rechazo directas o indirectas de los propios niños y niñas. Esta situación es en extremo perjudicial para ellos, provoca alto sufrimiento y les somete a la mayor de las desprotecciones.

Los niños y niñas en esta situación aprenden a no quejarse, aprenden a no hablar y aprenden a sobrevivir a costa de su salud física, su salud mental y su inocencia. Algunos niños expresan: “Me robaron la infancia, además de abusarme, me obligaban a visitarlo.”

Es necesario seguir tomando conciencia, que nuestros niños, niñas y adolescentes sufren abusos sexuales por parte de sus familiares, cuidadores o personas de su confianza.

Debemos prepararnos como sociedad y como país para que se haga justicia en todos los casos, que ningún abuso sexual quede impune y que ningún niño, niña o adolescente sea revincualdo en forma forzosa con el abusador sexual.

*Andrea Tuana es licenciada en Trabajo Social y magister en Políticas Públicas de Igualdad, directora de la ONG El Paso, e integrante de la Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica y Sexual.