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Breve acercamiento a la posverdad: la mentira emotiva

Publicado: 7/07/2017 10:36

Opina Oscar Larroca*

En el año 2004, el periodista estadounidense Eric Alterman acuñó el término “presidencia de la posverdad" en su análisis de las declaraciones engañosas o erróneas de la Presidencia de George W. Bush tras los atentados del 11 de setiembre de 2001.

Según el diccionario de Oxford (en sus ediciones estadounidense y británica) el término posverdad o “post-truth” “se refiere a las circunstancias en que los hechos objetivos son menos influyentes a la hora de condicionar a la opinión pública, que las apelaciones a las emociones y creencias personales”. Para Wikipedia “post-truth” (o mentira emotiva) es un neologismo vinculado a la política de la posverdad (o política posfactual) en la cual el debate de ideas se enmarca en apelaciones a emociones desconectándose de los detalles de la política propiamente dicha y por la reiterada afirmación de puntos de discusión en los cuales los hechos son ignorados. Se resume como la idea en la cual “la apariencia de verdad es más importante que la propia verdad”.

Sin embargo, para algunos autores, la posverdad es sencillamente un término políticamente correcto que encubre la antiquísima capacidad de distraer la atención o dar falso testimonio. En efecto, aunque los grandes disparadores del uso del término tienen que ver con el referéndum del Brexit en Gran Bretaña y las elecciones presidenciales en Estados Unidos (puesto que, en ambos casos, los resultados de las estrategias comunicacionales fueron adversos a la clase política y los medios de prensa), se podría considerar que la posverdad existió siempre bajo los atenuantes, agravantes y mentiras enunciados por los representantes políticos de todas las épocas.
La reiteración hasta el hartazgo de las notas falsas construidas por los políticos o los medios hacen de la mentira de ayer la posverdad de hoy

Para el sociólogo Félix Ortega “la manipulación de la información hace que el público no pueda conocer qué es verdad y qué falsedad”. Esto produce confianzas y desconfianzas superpuestas; por un lado, la “confianza” puesta en la difusión de noticias menores o falsas; y, por otro lado, “desconfianza” e indiferencia sobre los hechos reales. (De paso se podría agregar que la crisis de credibilidad del ciudadano aumentó de forma proporcional al exceso de información.)

“Esto se debería a la transformación de la comunicación política en propaganda, la pérdida de principios éticos por el periodismo actual y su sometimiento a intereses totalmente particulares, así como la puesta en escena de los políticos hacia el espectáculo, la manipulación y la fragmentación de la ciudadanía”, concluye Ortega.

De cualquier modo, la reiteración hasta el hartazgo de las notas falsas construidas por los políticos o los medios hacen de la mentira de ayer la posverdad de hoy. Y es que aquella mentira podía llegar a tener patas cortas. Hoy no las tiene: las redes sociales, el falso equilibrio objetivo de los medios y el "infotainment" han contribuido en su propagación y fortalecimiento.

En esta forma de política posverdad, los rumores falsos (como las teorías de la conspiración sobre el certificado de nacimiento del expresidente estadounidense Barack Obama) o rumores ciertos (los mails que comprometían a Hillary Clinton) se convierten en temas de noticias importantes desplazando, así, a los hechos de mayor relevancia como la economía, la salud y la educación.

En consecuencia, y a partir del circo mediático instalado, muchos ciudadanos se enfrascan en discusiones banales, sobre todo si esos ciudadanos creen cualquier cosa que reafirme sus prejuicios o posiciones políticas.

Los exabruptos, los yerros o los furcios de un gobernante son magnificados, como si toda la política pasara por ese lugar. Desde “la motosierra” de Lacalle, las bolsas de portland que donó Juan Justo Amaro para la construcción del monumento al caballo, pasando por las riñas en el Parlamento (“oligarca puto”), las sandalias de José Mujica, o el falso título de Sendic. Se le exige honestidad a un político de un partido adversario cuando no somos capaces de exigirle honestidad a nuestra propia colectividad partidaria.
Alguien le preguntó a Lucía Topolansky por qué intentó embaucar al público al decir que había visto un título inexistente? Y es que una parte de la posverdad finalmente muta en victimización

Asimismo, el surgimiento de la política de la posverdad coincide con las opiniones políticas polarizadas y cruzadas. Por ejemplo, la falsedad enunciada por un político solamente será visibilizada por sus adversarios: si la mentira perpetrada por Sendic acerca de su licenciatura hubiera sido insinuada por Luis Lacalle Pou, los militantes de izquierda hubieran sido los primeros en requerir la cabeza del caudillo blanco despegada de su cuerpo. La mentira cambia de dueño, pero también sus detractores. Ese hincapié en la crítica sobre la mentira de la licenciatura, así como la ausencia de autocrítica sobre las causas de esa mentira, solo distraen de los genuinos problemas y las verdaderas razones del deterioro ético de la clase política toda.

Por supuesto que hay que hay que estar atentos a los signos de la hipocresía y señalar los simulacros. Sin embargo, toda la verba inflamada como consecuencia de que nos hayan tomado el pelo, se evapora ante la segunda característica de la posverdad: el famoso “aquí no ha pasado nada”. ¿Alguien le preguntó a Lucía Topolansky por qué intentó embaucar al público al decir que había visto un título inexistente? Y es que una parte de la posverdad finalmente muta en victimización: todo reclamo de sinceramiento es señalado como una campaña de desprestigio orquestada por “la derecha” (que siempre estará afuera de quienes profesan pureza moral), por el diario El País, por la derecha latinoamericana golpista y por estrategias desestabilizadoras pergeñadas en la ciudad de Atlanta. En medio de ese desaguisado (mentira, propagación, discusión bizantina, victimización) es donde la posverdad desplaza a los hechos centrales.

*Oscar Larroca es artista plástico, profesor y ensayista.