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“¡Sos un facho!”

Publicado: 26/05/2017 09:05

Por Oscar Larroca*

Dejando de lado las acepciones historicistas y espaciales, el término izquierda evoca la actitud personal y política de pensar las relaciones de poder con el fin de cambiarlas, mientras que derecha es la actitud personal y política de gestionar esas relaciones con el fin de conservarlas.

Sin embargo, desde el preciso momento en que se desplomó el llamado socialismo real no hay intenciones de pensar críticamente la política, lo cual llevó a la partición “izquierda-derecha” a quedar cautiva de sus signos y cada vez más vacía de contenido.

Alain Badiou señala que el desgaste de las izquierdas es irreversible y que éstas se han transformado en piezas esenciales del sistema democrático garantizando la gestión del mero poder global en beneficio del modelo económico imperante. La euroizquierda es llamada al poder, en palabras de Badiou, “cuando hay que convencer a la población de las virtudes del capitalismo”, una frase ajustable a lo que sucedió en nuestro país con el arribo del Frente Amplio, que se ha consolidado como un instrumento más para la reproducción de las ideas y del poder previamente instaurados.

Aldo Mazzucchelli explica que hay ciudadanos que todavía se identifican con un término que los libere de la desesperanza, pues hace años que el concepto “izquierda” encarna para la construcción imaginaria colectiva cierta superioridad político-moral que desembocó en el triunfo de aquella coalición de partidos. No obstante, la experiencia acumulada de un cuarto de siglo de gestión municipal y casi tres periodos de gobierno nacional arroja sombras sobre la obstinación de invocar a la izquierda como representada por “la izquierda”, y a la derecha como representada por “la derecha”. En suma, dice Mazzucchelli, la izquierda ha elegido abandonar su compromiso de oponerse al statu-quo y los flujos libres del capital, y ha elegido en cambio disfrutar de los placeres sin fin que resultan de tales flujos.

Así las cosas, nada de lo que propongan los últimos gobiernos progresistas latinoamericanos torcerá el sistema en desmedro del modelo hegemónico y a favor de la gente. A ese sistema poco le importa si el jefe de gobierno en un país cualquiera es un ex obrero metalúrgico como Lula, un empresario como Macri, un ex guerrillero como Mujica, un socialista como Hollande, o un multimillonario como Trump; siempre y cuando, claro está, esos mandatarios se atengan a las reglas dictadas por los organismos multilaterales de crédito.

Según Jürgen Habermas, “la agenda pro-globalización de izquierda de dar forma política a una sociedad global que crece junta económica y digitalmente, ya no puede distinguirse de la agenda neoliberal de abdicación política al chantaje de los bancos y de los mercados no regulados."
La izquierda precisa hacer creer que los disidentes, los radicales y la oposición político partidaria son la derecha, de modo de reinstaurar una dicotomía

No son pocos los que afirman que el Uruguay se ha transformado, más allá de los emplastos asistencialistas, consejos de salarios tripartitos y de leyes reparadoras, en un país más resentido, iletrado y con peor cultura de diálogo que hace dos décadas. En el marco de ese resentimiento, varios izquierdistas se consideran propietarios del bastón de la moral y les exigen a los artistas que tengan “compromiso”, siempre y cuando los demandantes convengan con su lineamiento.

En efecto, sostienen que el compromiso solamente se cultiva en una sola dimensión; como por ejemplo el participar en una campaña publicitaria o en performances para la implementación de baños para transexuales en los liceos públicos, asistir a comités de base, apoyar a los activistas de “Un techo para mi país”, rechazar el aumento de penas para los jóvenes infractores y exigir el aumento de condenas para los hombres que matan a una mujer, respaldar a un candidato de la izquierda (Sendic, Martínez, Bergara, Xavier), hasta tomar café en Starbucks para colaborar con la preservación de la selva amazónica. Todas estas son algunas de las formas de compromiso y militancia con las causas populares, la equidad social y los derechos de las minorías postergadas.

Por otro lado, nos ubicamos aquellos que hospedamos compromisos afines con algunas de esas causas, pero no coincidimos necesariamente con las herramientas para llevarlas a cabo ni con el nudo ideológico del asunto. Es en ese punto donde asoma el conocido término —usado como insulto— de “derechista” y todas sus combinaciones “ideológicas” (anarco de derecha, liberal de derecha, etcétera).

La razón estriba en el hecho de que la “izquierda” precisa hacer creer que los disidentes, los radicales y la oposición político partidaria son “la derecha”, de modo de reinstaurar una dicotomía en la que manosea y se apropia de la escala moral. Y en esa lógica (“soy de izquierda y mi enemigo es la derecha”) el enemigo ya ha derrotado a la izquierda hace tiempo, porque el enemigo es esa lógica, como afirma Sandino Núñez: “No la de la derecha, que nunca puede decirse a sí misma (por pudor, hipocresía, conveniencia) sino la del capital y la del mercado, que, sin hablar, nos dice a todos”.

Es evidente que las políticas que proponen los partidos tradicionales históricos (Colorado y Nacional) presentan, en líneas generales, las mismas bases programáticas que lleva adelante el Frente Amplio. El término “derecha” no es ya, por lo tanto, ninguna categoría política sino un opuesto imprescindible de la autoconfirmación de un partido político que se presenta como puro.

Es por esta razón que Raúl Sendic declaró: "Si es corrupto no es de izquierda". El vicepresidente formuló en esta sentencia lo que ha sido el núcleo más duro de la ideología mágica de la izquierda regional en las últimas décadas: "La izquierda tiene el monopolio de la moral. La inmoralidad es solo de derecha".
Muchos ciudadanos que trabajaron para forjar una sociedad mejor son actualmente considerados derechistas y fachos.

Con ese juicio intolerante y descalificador que se impone a quienes no coinciden punto por punto con el relato de esa izquierda libre de culpa y portadora del bien (por ejemplo, creer en la máxima “Todos los que roban son de derecha”), obtura la discusión y clausura la posibilidad de que el interlocutor todavía se considere “izquierdista” y pueda pensar (conserve el legítimo derecho de dudar) que la izquierda no se halla imperiosamente en los espacios calificados como tales en el contexto de esta fiesta despolitizada.

Muchos artistas, intelectuales y periodistas han sido acusados de traidores y de “hacer el juego a la derecha” (como Leo Maslíah, Jorge Alastra, Amir Hamed, José Legaspi, Alma Bolón, Leonardo Haberkorn y Gustavo Espinosa, entre tantos otros). (Se puede decir, de paso, que acusar de “mal músico”, “inservible” o “cipayo” a un artista, es un argumento Ad Hominem que incluye un insulto ruin, y que suele aparecer en el lugar de la verdad o el sentido con el propósito de erosionar las opiniones del discrepante así como infamar la calidad de su trabajo por la vía del descrédito moral.)

Y enganchado al descalificativo “derechista”, aparece de inmediato la última etiqueta: “facho”. Quien la empuña sabe que le permite ganar tiempo en el marco de un diálogo bizantino, pues el agraviado deberá esquivarla y explicar las razones de su rechazo.

Excomulgados e insultados entonces por mantener en alto un compromiso cuyo único yerro es el de no estar alineados al discurso del rebaño, muchos ciudadanos que trabajaron para forjar una sociedad mejor son actualmente considerados “derechistas y fachos”. Por supuesto que existen los fascistas convencidos y organizados, pero cuando se recoge ligeramente el término para utilizarlo como un proyectil infecto se puede concluir, al igual que Mazzucchelli, que el facho que se deposita afuera es el facho que, a menudo, sus voceros llevan dentro en forma de dogma, ceguera y autoritarismo.

*Oscar Larroca es artista plástico, profesor y ensayista.