Una tarde entre quienes piden refugio en el Mides; unos sí y otros no

Por: Mateo Romano

Sociedad

20/04/2018 15:18

Una tarde entre quienes piden refugio en el Mides; unos sí y otros no

ECOS

Puerta de Entrada del Mides, a donde acuden las personas en situación de calle en busca de un refugio.

A diario las personas en situación de calle acuden a Puerta de Entrada del Mides en busca de un lugar en donde pasar la noche.

“Al menos vos vas a poder dormir hoy”, le diceJuan Andrés (23) a su madre Beatriz (55) sentados en el escalón de la Puerta de Entrada del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) ubicada en Constituyente y Paysandú. Allí, a diario asisten decenas de personas en busca de un refugio para pasar la noche. Pero son muchos los que se quedan en la calle.

A las 16 horas del jueves en este abril caluroso, la puerta ya está cerrada. “Para hombres ya no hay más lugar”, se escucha. “Hay que venir a las 10 de la mañana para conseguir algo”, contesta otro. El centro comienza a recibir personas desde las 10 y lo hace hasta las 22 horas, pero generalmente los cupos se completan antes del mediodía.

Puerta de Entrada es el primer paso dentro del Programa de Asistencia a Personas en Situación de Calle (PASC). En Montevideo hay 20 centros nocturnos, diez que están abiertos las 24 horas y cuatro que lo hacen en horario diurno. Allí se les da comida, cama, ropa y la posibilidad de ducharse.

“Nosotros vivíamos bien, teníamos una casa en Lagomar. Pero cuando mi padre falleció todo empezó a ir mal”, relata Juan Andrés. Una serie de préstamos pedidos por su madre hicieron que se endeudara y se perdiera todo. “Estábamos en una pensión hasta el lunes y nos dejaron quedarnos hasta hoy”. Juan Andrés perdió hace poco tiempo su trabajo.

La diabetes que padece su madre, Beatriz, en esta ocasión le jugó a su favor. Ser mujer y tener alguna patología suman para contar con un lugar en los refugios. Pero le preocupa su hijo que tendrá que dormir en la calle. “Me dijeron si quería ingresar mañana para quedarme con él, pero no puedo porque quizás me descompense”.

El aspecto de Beatriz y Juan Andrés es muy diferente al que se puede imaginar de la gente que vive en la calle. Ella luce un pantalón de vestir oscuro, una blusa blanca de seda con flores bordadas, bien peinada, caravanas y collar de perlas. Él, viste ropa deportiva y calzado en buen estado, está afeitado y peinado con gel.

Beatriz es maestra jubilada, pero dice que no puede alquilar una vivienda por las deudas. “Tengo una deuda por gastos comunes y el Estado me pide que pague 53 mil pesos de una. No puedo”. Tiene la esperanza de que su hijo vuelva a trabajar para poder tener un lugar donde dormir.

Dominicanos custodian la puerta de entrada

Las puertas se abren y salen dos empleados de seguridad: dos metros de alto y espalda ancha, tez morena y de brazos musculosos. Sus físicos contrastan con la delgadez de quienes los rodean. Cada uno prende un cigarro y comienzan a hablar. El acento los delata, son dominicanos.

“Amigo, ¿me podés dar agua?”, le pregunta Pablo a uno de ellos. “Yo no estoy aquí para servirle en nada”, responde mientras Pablo aún mantiene el brazo extendido con una botella vacía.

“Nos tratan mal porque piensan que no valemos nada. Mirá aquel viejito hace dos días que está durmiendo ahí, está enfermo y anoche llovió. ¿Me van a decir que no hay lugar para él?”, expresa.

Pablo (34) hace tres días que está en la calle, también perdió su trabajo como mozo y no logra conseguir otro. Tiene dos hermanos, pero dice que no quiere molestarlos. “Ellos tienen sus familias y sus problemas, no puede llegar yo que estoy sin trabajo a complicarles todo”.

Ha optado por dormir en algún lugar de la rambla porque lo considera más tranquilo. No tiene colchón ni frazada, “Apoyo la cabeza en la mochila y duermo con un ojo cerrado y el otro abierto”.

La charla se interrumpe cuando una de las educadoras del Mides llega al lugar y Pablo le pide agua. “Sí Pablo, ya te traigo”, le responde.

“Ya me conocen, no hay necesidad de que nos traten mal”. Al poco rato la puerta se abre y la educadora no sólo le da su botella a Pablo sino que reparte agua entre los demás. “Lo que quiero es darme un baño y cambiarme la ropa. Me siento sucio”, concluye Pablo.

Mientras busca trabajo, apoya a quienes están en su situación

A Federico (29) le otorgaron refugio permanente y aún no se explica porqué. “Hay personas que lo necesitan más pero lo tengo que aprovechar”.

Salió a buscar trabajo, en una carpeta llevaba su currículum, pero no ha tenido suerte. Habitualmente asiste en Puerta de Entrada para dar apoyo a los que están en una situación similar. “Mi mujer me engañó, me puse muy mal, perdí me trabajo y terminé en la calle”, relata y agrega que su señora se quedó con su casa. En su brazo lleva tatuado el nombre de su hijo Mateo, a quien no ve desde hace varias semanas.

“Trabajaba en una estación de servicio pero ahora hace más de tres meses que estoy sin nada”, indica. En la noche no sabe si irá al refugio o se quedará a acompañar a Juan Andrés, lo ve indefenso y sin preparación para estar en la calle.

Adicciones

“No entiendo. De otros lados te dicen que vengas para acá y acá no te abren”, dice Osvaldo (63) mientras golpea la puerta. La camisa desabrochada, el pelo canoso despeinado, la nariz colorada y su aliento alcohólico lo delatan. “Soy alcohólico. Perdí todo porque me gusta tomar”.

Osvaldo también estaba en una pensión, pero se le “venció el crédito” y quedó en la calle.

El consumo de drogas es otro de los problemas que los lleva a terminar en la calle. Muchos de los que están allí se encuentran fumando, tomando vino, algunos cerveza.

En la vereda de enfrente un grupo de jóvenes fuman pasta base.

“Hace un mes que vine de Canelones y estoy en la calle sola”, dice Claudia (45). A su marido lo mataron por motivos que no quiere explicar. Luego se peleó con su hija y se quedó sin a dónde ir. “Era más seguro para mí venirme a Montevideo que quedarme allá”.

Claudia no consigue refugio y tendrá que dormir en la calle.

Otras opciones

“Lo que tiene que hacer es ir a la terminal de Tres Cruces y dormir cambiándose de lugar a cada rato porque sino lo echan”, le aconseja Beatriz a Osvaldo. “O sino va al Hospital Maciel y dice que se siente mal, que le subió la presión o algo así. Capaz que lo dejan pasar la noche”, continúa.

“La calle está muy brava”, indica Pablo. “Hay mucho malandro y te pueden hacer cualquier cosa”. Además, señalan que en muchos lugares públicos no los dejan dormir.

El artículo 14 de la Ley de Faltas se refiere a la “ocupación indebida de espacios públicos”. Allí se menciona que toda persona que acampe o duerma en espacios públicos será castigada con una pena de siete a 30 días de trabajo comunitario, aunque puede haber prisión si la falta se repite.

“No tenemos lugar en los refugios, pero si dormimos en una plaza nos agarra la policía. No entiendo, ¿qué tenemos que hacer?”, pregunta Claudia.

¿Más personas en situación de calle?

La última cifra concreta con la que cuenta el Mides es de 2016 e indica que en Montevideo había unas 600 personas durmiendo a la intemperie.
Todos los presentes afuera de Puerta de Entrada coinciden en que en los últimos meses han visto más personas en situación de calle.

Ana Olivera, subsecretaria del Mides, dijo a ECOS que en 2017 unos 4 mil uruguayos pasaron por un refugio al menos una vez. Esa es una cifra que triplica la capacidad locativa de esos centros. “El 60% son ex presidiarios que no pueden volver al barrio en el que vivían y que tampoco quieren convivir con otros en los refugios”, indicó la ex intendenta de Montevideo.

“Te roban, te pegan y siempre hay algún conflicto”, dice Claudia sobre lo que sucede dentro de los refugios. “Lo bueno es que tenés un techo, una cama y comida”, aclara.

“El problema es que le dan lugar a los extranjeros y nos dejan a nosotros afuera”, dice Beatriz. A lo que Pablo acota: “Cada vez hay más venezolanos, dominicanos, peruanos y ecuatorianos que vienen para acá pensando en encontrar una situación económica mejor y no es así”.

En la información del programa presentada por el Mides en su sitio detalla que también los extranjeros pueden usar los refugios. “Yo voté a este gobierno en las últimas elecciones, pero no los voto nunca más. Me dejaron en la calle”, expresa Federico.

El traslado de las personas en situación de calle hacia los refugios corre por cuenta propia. Hasta hace un par de años existía un convenio con la Intendencia de Montevideo que ponía a disposición un ómnibus y distribuía a las personas en los distintos centros.

“El sistema está colapsado y siempre hay gente que queda en la calle. Y un montón que ni siquiera vienen hasta acá porque ya saben cómo es. Y eso que el invierno todavía no ha empezado”, sentencia Pablo.