Pablo Atchugarry: "Alejandro asumió de ministro y yo me vine en avión"

Por: Leonel García
Publicado: 17/03/2017 16:46
Pablo Atchugarry: "Alejandro asumió de ministro y yo me vine en avión"
ECOS
Un recuerdo de Pablo Atchugarry a dos seres queridos: su hermano y su cuñada.

A casi un mes de su partida, el artista plástico recuerda a su hermano en una charla con ECOS sobre arte, vocación, familia y sociedad.

En julio de 2002, el artista plástico Pablo Atchugarry se tomó desde Italia un avión con destino Carrasco. Era la segunda vez que su hermano mayor lo obligaba a volar. La primera vez había sido en 1989 cuando el político colorado había sufrido un primer aneurisma. Esta otra vez, el motivo quizá era más angustiante: Alejandro Atchugarry asumía como ministro de Economía de un país que se caía a pedazos.

De chicos eran, junto con el hermano menor Marcos, Los Tres Mosqueteros. Y Pablo Atchugarry, ya un escultor de renombre universal, sintió el llamado de la familia. Dejaba Lecco, la ciudad donde aún vive a las orillas del Lago de Como, uno de los lugares más hermosos que se pueden imaginar, para llegar a un país, el suyo, sumido por el miedo, la bronca y la desesperanza.

“El país se venía abajo y yo me tomé el primer avión”, le dijo a ECOS Pablo Atchugarry (62) el artista plástico uruguayo vivo de más renombre en el mundo. “Él se pasaba 18 horas en el Ministerio de Economía. Yo lo acompañaba tanto ahí como en su casa. ¡Más no podía hacer!”.

Nunca, asegura Pablo, su hermano mayor, fallecido el 19 de febrero de este año, dio señales de flaquear en un puesto muy difícil y en un momento imposible. “Él era como ‘la ranita optimista’ del cuento infantil. Ese que dice que dos ranitas caen en un tanque de leche. Una de ellas, pesimista, ve que no hay forma de escapar y se ahoga, se deja morir. La otra nada y nada, patalea, la pelea, mueve las patas hasta que la leche se vuelve manteca. Y ahí puede salir. Alejandro siempre miraba el vaso medio lleno, era un campeón del optimismo. Pero además ponía todo de sí para que las cosas pasaran”.

Cuando Alejandro Atchugarry murió, víctima de un segundo aneurisma y luego de haber pasado varios días en coma, actores políticos de todos los partidos y representantes de todos los sectores sociales expresaron una sentida coincidencia: se había muerto un hombre imprescindible para sacar al país de la crisis y, sobre todo, una gran persona.

Esto último lo tenía ya bien sabido Pablo.

“Es muy… difícil acostumbrarse a su ausencia. Era una persona tan viva, tan presente, tan generosa, tan capaz, tan… todo. Fue todo muy rápido, en cinco días. Entró en coma y ya no pude hablar con él”, dice el artista, a poco de que se cumpla un mes de la partida. “El venía acá los domingos desde su casa en Solymar para charlar. Me traía bizcochos, ¡que no tocaba! Me los traía para mí”, el artista se permite sonreír.
Es muy difícil acostumbrarse a su ausencia. Era una persona tan viva, tan capaz, tan todo...

En 2017, la Fundación Pablo Atchugarry, un bucólico predio de 30 hectáreas ubicado a cinco kilómetros de Manantiales, en Maldonado, cumple 10 años. Ese lugar, que incluye museo, parque de esculturas, área didáctica para niños, lago artificial y teatro nació como una excusa para prolongar las estadías del artista en el país, que siempre le dejaban gusto a poco, y de paso dar a conocer a un montón de artistas que no tenían un sitio donde exponer.

La sala en que Pablo recibe a ECOS, donde tiene su oficina, fue recientemente rebautizada: “Adriana Rubino y Alejandro Atchugarry”, en homenaje a los afectos que no se pierden, su hermano que acaba de partir y su ex cuñada, esposa del ex ministro, que lo había precedido en 2000.

Este décimo aniversario es uno de los motivos que su estadía actual en Uruguay haya sido más larga de lo habitual. Comenzó en diciembre y recién volvería a Lecco, donde vive el resto del tiempo, en mayo. Unos proyectos en camino y la inminencia de ferias y exposiciones en la región, que han convertido a su taller en algo así como un paisaje lunar, entre enormes fragmentos de mármol de Carrara y polvillo blanco por doquier, han retrasado su regreso a Europa.

Y en el medio, el 23 de marzo, hay una cita de honor con entradas ya compradas. Pablo estará al frente de la excursión de los Atchugarrys al Estadio Centenario, para ver Uruguay-Brasil por las Eliminatorias. También es un homenaje de los hermanos, hijos y sobrinos al ser querido que ya no está.

“Yo iba mucho con Alejandro a ver fútbol”, cuenta Pablo. Iban a ver a la selección, aclara: Alejandro era de Peñarol y Pablo es de Nacional. “Esa ida es un poco un homenaje a él también. Y a nosotros nos sirve para juntarnos, para encontrar recuerdos en común, para demostrar que la vida y la familia continúan”.

La vida y la familia son dos de las palabras muy importantes para Pablo Atchugarry. Y así lo deja claro en el tiempo que le concedió a ECOS para hablar de su hermano, pero también de ser un embajador sin cartera del país y de cómo el arte resultó ser la tabla de salvación -con la ayuda de dos padres sensibles- para el que aparentaba ser el menos brillante de los Tres Mosqueteros. Trabajo, siempre trabajo, es otra.

- Usted trabaja con herramientas y materiales pesados, duros. ¿Qué tanto es artista y qué tanto es obrero?

-Creo que no hay ningún límite entre una cosa y otra. Todo mi trabajo pasa por las manos, por la parte física, por la ejecución manual. Mis horarios de trabajo son muy extensos, doce horas, todos los días, fines de semana, Navidad... El trabajo para mí es mi expresión, es la necesidad interior de sacar lo que uno tiene adentro. Y a la vez, esta fundación se ha transformado en una obra que se fue construyendo de a poco.

-El mármol de Carrara es duro, pesado. ¿Cuántas lesiones ha tenido?

-Ah, muchas. Dedos fracturados, cortes acá en la piel (se toca las manos). Hace seis meses me operé en Italia del tendón supraespinoso (se toca el hombro izquierdo) que se desgastó por el trabajo. Los médicos me indicaron una gran convalecencia, de cinco meses. ¡Y al cuarto día trabajaba con una mano sola!
Hace seis meses me operé del hombro. Y a los cuatro días trabajaba con una mano...

-Con semejantes jornadas laborales, ¿cuál es su vía de escape? Si es que tiene una vía de escape.

-(Se ríe) ¡Al final de la noche termino planchado! Trato en casa de ver alguna película pero nunca la termino, siempre caigo frito antes. En verano me hago alguna escapadita a la playa, que me encanta, pero no siempre me puedo dar el gusto. Los proyectos siempre tienen fecha y si vos querés participar de alguna feria o una exposición hay que tener obras nuevas. Entrás en un circuito de responsabilidad, también.

HERMANO DEL MEDIO

Pablo viste muy informalmente. Jean, buzo anudado a la cintura y remera celeste, todo cubierto de polvillo blanco. Los pulmones son otra cosa a la que un escultor debe estar atento. “Lo bueno del mármol es que no tiene cilicio, a diferencia del granito. Pero igual es carbonato de calcio. No será tan nocivo, pero…”. De alguien que se pone a trabajar con mármol recién operado no cabe esperar demasiada aprensión por su salud.

El artista está casado en segundas nupcias con Silvana Neme. Tiene dos hijos, Catherine y Piero, fruto de su primer matrimonio. “Por desgracia”, aún no es abuelo. “Me encantaría tener nietos, ya los estoy pidiendo, pero estas generaciones haraganean un poco”.

Las manos del escultor son grandes, acordes con su corpulencia: mide 1,90 metros y pesa unos 140 kilos. Físicamente, es la antítesis de su hermano Alejandro, dos años mayor, que era muy esmirriado. “Cuando éramos chicos, era exactamente al revés”, se permite reír. Eran los tiempos de la infancia en el barrio Atahualpa, en Millán y Espinillo, y en la escuela 14, donde no se puede decir que descolló como alumno.

- ¿Costó mucho ser el hermano del medio? Se dice que el mayor siempre es el orgullo de la familia, el menor es el mimado y el del medio queda ahí…

- ¡Yo siempre dije eso, bromeando! Éramos como los Tres Mosqueteros, un vínculo muy bueno. Pero Alejandro siempre era la voz de los padres, el que decía qué era lo que había que hacer. Yo era bastante travieso. Además, yo tenía dislexia, lo que hacía muy difícil la escolaridad. Nunca fui un buen estudiante, pasaba de año ahí nomás, ¡gracias a la buena voluntad de maestros y profesores! Y venía después de Alejandro, que era brillante. Marcos (el menor de los tres hermanos, reconocido psiquiatra) también era brillante. El arte fue mi tabla de salvataje.

- ¿Cómo llegó al arte?

- Mi padre (Pedro Atchugarry), que era empleado administrativo de una empresa constructora, pintaba sábados y domingos en casa. Y me acuerdo que yo pintaba detrás suyo, agarraba los colores, enchastraba alguna cosa. Yo tendría 8 o 9 años. Mi padre y mi madre (María Cristina Bonomi) vieron mi vocación. Siempre la defendieron.

EMBAJADOR DE URUGUAY

En sexto de escuela, la maestra de Pablo dividió a la clase en equipos para estudiar los países. A su equipo le correspondió Italia. Su padre fue al consulado a conseguir material de trabajo. Pero en vez de traer “lo habitual” (Roma, Florencia, Venecia) consiguió información del Lago de Como y el mármol de Carrara. “Y hoy vivo en un lado y trabajo con ese material. ¡Eso no puede ser sino el destino!”.

Pero el destino no parecía tan claro en los años ’70. Pablo tenía un trabajo part-time mostrando apartamentos para una constructora. Pero se había decidido a vivir del arte y para eso, necesariamente, debía irse del país. Comenzó con la pintura y luego pasó a la escultura. Primero Uruguay, luego la región, después Europa; hoy, el mundo. Antes de haber hecho más de 2.000 obras, antes de su muy reconocida versión de “La Piedad”, de 1982, de que Christie’s subastara una escultura suya en 439.500 dólares y que el nombre Atchugarry llegara a todo el mundo de la plástica, el puchero era más bien un caldo.

- ¿Cuándo tomó la decisión de irse?

- Tenía 23 años. Había hecho cosas en hormigón, arena y portland, pero estaba trabajando en pintura. En ese momento era impensable mover esculturas. Me acuerdo que me tomaba los ómnibus de TTL en Plaza Libertad con destino a Porto Alegre, Rio, San Pablo, Brasilia, con las pinturas en la bodega, en viajes de 50 y pico de horas. Trabajaba con figuraciones de personas, algo expresionista. En el ’77, crucé el Atlántico, pero siempre pensando en volver. Estuve varios años yendo y viniendo, en las Líneas Aéreas Paraguayas. Los paquetes atados con hilo sisal. Y de ahí a la aventura. No me instalaba, llevaba una vida nómade. Dejaba valija y cuadros en casa de amigos, en París por ejemplo, y de ahí me iba a todos lados. Recién me instalé en 1982, en Lecco.

- ¿Qué fue lo pasó?

- Me encargaron hacer “La Piedad”. Ya estaba metido en la escultura, a la que había vuelto en 1979. Yo seguía mucho la obra de Miguel Angel, que para mí es el artista más grande de todos los tiempos. Yo quería homenajearlo de alguna manera. Y un amigo sacerdote encontró medios muy modestos para lograr ese propósito; me quedé a vivir en la casa de su hermano y su cuñada. Había arreglado un dinero mensual, un millón de liras, que era un “sueldo” para poder trabajar. Había venido mi mujer y mi hija, que era recién nacida. Como teníamos casa y comida, los gastos eran limitados. Pero primaba el espíritu quijotesco. Me llevó un año. Recién ahí se vislumbró la idea de ser sedentario, porque empezaron a aparecer otros encargues. A partir de 1982 me quedé fijo en Italia.

-¿Usted se siente embajador de Uruguay?

- (Piensa) Creo que todos lo somos. Los uruguayos que están adentro y afuera. Los de afuera con mayor razón.

- Pero no todos los uruguayos tienen su notoriedad.

-En ese sentido, yo me siento sí, de alguna manera, embajador. Pero no lo quiero hacer personal. Digamos… que siento una gran responsabilidad. Hay gente que ha llegado aquí, a la Fundación, y me cuenta que ha visto mi obra en Hong Kong, Singapur. Otros me han dicho que han viajado hasta acá solo para conocerme. Ahí uno se da cuenta de esas cosas.
Hay quienes han viajado hasta acá solo para conocerme. Ahí uno se da cuenta de esas cosas.

- ¿Qué le pone precio a una obra?

- Es extraño, un tema de oferta y demanda. Además, en una subasta se pueden encaprichar dos personas y medir su poder en torno a una obra. El mundo de la economía del arte es diferente. A mí me gusta más el mundo de la apreciación. La del niño que ve la obra. Me acuerdo de una niña de cuatro años, de preescolares, que vino acá con su clase. “Yo cuando sea grande voy a vivir acá”, decía. Andaba correteando por el parque. “Y voy a dejar todas estas esculturas”, decía también. ¡Y por algo las quiere dejar! Eso te hace pensar que estás dejando algo.

- ¿Uruguay es un país propicio para el arte?

- Este es un país muy propicio para el surgimiento de artistas. Prueba de ellos es la cantidad de creadores de gran talento que tenemos. Pero eso no va de la mano con un mercado del arte que permita vivir de él. Todo apoyo ayudaría, sea estatal o privados. Hay que darse cuenta que, como ocurre en el fútbol, en cada generación puede haber un Torres García. Y quizá en la que viene haya un Atchugarry.

- ¿Siente que está dejando algo perdurable en el arte?

- Yo espero que la historia haga mi juicio. Por ahora trabajo, no quiero perder tiempo en autoevaluarme.

- En un país muy politizado, hubo una enorme unanimidad respecto a su hermano cuando falleció. Usted que está afuera la mitad del tiempo, ¿cómo ve a la sociedad uruguaya de hoy?

- Veo que hay una idiosincrasia que es buena, propia de un tiempo pasado. Pero aún hay mucho para mejorar, demasiado. Uno ve el informativo y ve la violencia, que va más allá de las estadísticas. Me acuerdo de que se podía ir al fútbol con la familia. Íbamos con mi madre, que no le interesaba ni entendía nada: “¿Por qué no le dan una pelota a cada uno así no se pelean todos por una?”, nos decía. Pero apechugaba y nos llevaba. Esos valores no los podemos perder. Habría que hacer un esfuerzo colectivo, más allá de las responsabilidades de quien esté al frente de la nave. Pero todos tenemos que aportar un granito de arena.

- ¿Y usted qué aporta?

- Acá nosotros tratamos de hacer que los chiquilines se sientan artistas. No se va a arreglar el país por esto, ¡pero empecemos a hacer algo! Vamos a escuelas públicas e invitamos a los niños acá, por ejemplo. En el área didáctica, los niños pintan fragmentos de mármol y cocen barro. Esos intercambios sirven. En el anfiteatro han actuado artistas como Jaime Roos, Ruben Rada y el Ballet Nacional del Sodre, siempre con entrada gratuita. La idea mía con este lugar es que la gente sintiera que no hay barreras para el arte. Por suerte, lo han entendido. Si cada uno pudiera dar más de su tiempo y sus capacidades al colectivo, tal vez podamos mejorar, ¿no?