Latinobarómetro: solo 2 de 10 uruguayos confían en partidos políticos

Por: Leonel García
Publicado: 9/11/2018 12:29 | Actualizado:
Latinobarómetro: solo 2 de 10 uruguayos confían en partidos políticos
Parlamento

Casos de corrupción, "crítica militante" y falta de entusiasmo suman. La desconfianza en los políticos sube en toda encuesta.

Una reciente encuesta de CIM & Asociados reveló la buena imagen que los uruguayos tienen de los empresarios. Pero no fue lo único. Ese mismo sondeo indicó que, de todas las instituciones evaluadas - Médicos, Fuerzas Armadas, Policía, sindicatos, empresarios, medios de comunicación, jueces, Parlamento, Iglesia y el sistema político- los que merecían menos confianza son los políticos.

Es la confirmación de una tendencia que se ha venido dando en los últimos años, coinciden distintos analistas consultados por ECOS. “La confianza en los políticos ha bajado mucho, hay más confianza en otros actores”, señala Mariana Pomies, directora de Cifra. Esta consultora ha hecho trabajos particulares al respecto que arrojan esta misma conclusión. En Opción Consultores esto puntual no se ha medido, pero el sociólogo Rafael Porzecansky, de esta firma, nota una notoria “insatisfacción con la oferta de candidaturas” y el hecho de que “la corrupción” es vista cada vez más como uno de los problemas del país.

Por su lado Alain Mizrahi, director de Radar, habla de “un hartazgo importante” por parte de la población, además de una tendencia a “meter a todos los políticos en la misma bolsa por la mala acción de algunos”. Las redes sociales, además, contribuyen a que muy poca cosa pase desapercibida y no sea replicada. El politólogo Daniel Chasquetti, docente del Instituto de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, habla de un fenómeno “estructural” que se da “en todas las democracias del mundo”; para él, la realidad uruguaya, sin bien merece que se esté alerta, “todavía no amerita entrar en pánico”.

Uruguay, el mismo país que es considerado algo así como un ejemplo de civismo en un continente de democracias atribuladas, como lo señala el último libro del politólogo argentino Claudio Fantini, está perdiendo la confianza en sus dirigentes. En marzo, el ranking de confianza en instituciones de la consultora Factum ponía a los partidos políticos en el último lugar, con un 21%, por debajo de los bancos, la Policía, la Justicia, las Fuerzas Armadas y hasta la Iglesia Católica, en un país que presume su laicismo. Fue abrupto, además: este mismo indicador estaba en 34% en 2015. Ignacio Zuasnábar, director de Equipos, dijo en setiembre que este año el apoyo al liderazgo político está en el 32%, el menor desde la vuelta de la democracia.

Lo peligroso de este descreimiento, según los analistas, es que favorece a los discursos radicalizados y antisistémicos. Así se alimentan liderazgos como los que en Brasil llevaron a la presidencia al ultraderechista Jair Bolsonaro. Aún así, como escribe Fantini en “La tenue virtud”, Uruguay sigue siendo una isla cívica. La buena noticia del Latinobarómetro 2018, divulgado este viernes, es que este es -junto con Paraguay- el país de la región que tiene más confianza en los partidos políticos; la mala noticia de ese informe es que eso se debe a que la democracia está muy devaluada en América Latina: solo el 21% de los uruguayos confía en ellos (en toda la región son el 13%). Desde que este indicador se mide, en 1995, solo una vez (en 2003, con el 17%) estuvieron peor valorados.

Solo dos de cada diez uruguayos confía en los políticos.

Esto se da en un contexto en que la democracia está en retroceso en la consideración de los latinoamericanos. El Latinbarómetro 2018 indica que el apoyo a la democracia en toda la región llegó a su piso con el 48%. Uruguay está tercero, luego de Venezuela y Costa Rica, pero con un 61%. O sea, casi cuatro de cada diez uruguayos no apoya explícitamente a un sistema democrático. Esto equivale a nueve puntos porcentuales menos que la medición anterior y la menor, por lejos, de toda su historia.

¿Esto a qué se debe? Como todo fenómeno político, no se nutre de una sola explicación. Es una suma de hechos. Pomies apunta que los hechos de corrupción que han saltado a la luz y de lo que no se ha salvado ningún partido político han alimentado esa sensación, que de todas formas viene de antes. “Hay un descreimiento grande, paulatino y desde hace mucho, de que los políticos son corruptos y corrompibles, que no trabajan para la gente; es más, que no trabajan mucho”. Daniel Chasquetti, desde una perspectiva más sociológica, habla de una “crítica militante” característica de los “niveles de insatisfacción importante” que suelen generarse en un sistema democrático: “Por ejemplo, están las políticas de seguridad que no terminan de resolver el tema”.

Porzecansky agrega que en Uruguay hay otro motivo para ese descrédito: habiendo gobernado el Frente Amplio durante los últimos 13 años, con la esperanza de algo distinto a los partidos tradcionales, ya no queda otra opción real y diferente. “Luego de tres gobiernos, la imagen (del FA) quedó desgastada y eso permeó en todo lo demás: todas las opciones ya son conocidas. Quizá lo que haya es más una pérdida de entusiasmo que de confianza”.

Finalmente, MIzrahi apunta a una explicación más simple: la gente ya no se siente representada por los dirigentes políticos. “Hay una percepción de que todos están más preocupados por ganarle al otro que por el país, y que siempre la culpa la tienen los demás: el gobierno, la oposición o los del mismo partido de otro sector”. Que falte un año para las elecciones –nada para los políticos, una eternidad para el común de los mortales- y que ya haya un movimiento interesante, ayuda más bien poco a mejorar esa imagen.

Aunque dice que no hay un nivel de alarma, Chasquetti señala que el hecho de que haya cada vez menos apoyo a los dirigentes políticos puede significar que “se están larvando visiones dispuestas a aceptar otros liderazgos”, no necesariamente democráticos, “que den satisfacción a las demandas populares” tales como seguridad. Porzecansky apunta a la ecuación lógica de que “la desconfianza llama a los radicalismos”, aunque no advierte un fenómeno como el de Bolsonaro en Uruguay. Más allá de que la falta de confianza no es buena, que es imposible que no se afecte la credibilidad del sistema, los expertos coinciden en que esta sociedad aún tiene anticuerpos contra los extremismos.