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El duro camino de la memoria completa

Publicado: 5/07/2018 14:04

Opina Leonardo Haberkorn*

Un militar retirado fue condenado por la Justicia en los últimos días por vandalizar dos “placas de la memoria” que recuerdan episodios de violación a los derechos humanos en la dictadura.

Una de ellas estaba ubicada en el Hospital Militar y otra en el Centro General de Instrucción para Oficiales de Reserva. En ambos casos, el militar las pintarrajeó de verde.

Este tipo de placas se han sumado a un proyecto original llamado “Marcas de la memoria de la resistencia”.

Las “marcas de la memoria” recuerdan 29 lugares de Montevideo emblemáticos por haber ocurrido allí hitos de la resistencia a la dictadura. Se las distingue porque cada una de ellas está compuesta por tres especies de banquetas de cemento, que invitan a sentarse allí, más una placa de mármol incrustada en el suelo, que explica el significado del lugar.

Lejos de replicar el tradicional sectarismo con el que se suele abordar este tema, la elección de los 29 lugares ha sido extrañamente plural y reconoce el aporte de distintos partidos y sensibilidades a la lucha contra la dictadura: hay marcas de la memoria en lugares emblemáticos para la izquierda como el que fue el apartamento de Líber Seregni, pero también en la que fue la casa del senador colorado Amílcar Vasconcellos y en la farmacia del dirigente blanco Oscar López Balestra, famosa por ser un lugar de permanente actividad a favor del regreso de la democracia.

Hay una marca de la memoria en la casa de la rambla de Punta Gorda donde tantos fueron torturados con saña, pero también en el teatro El Galpón, la iglesia Tierra Santa y donde funcionó el semanario Jaque, dando a entender que las formas de resistir fueron muchas y diversas.

La buena idea de las “marcas de la memoria” fue replicada por la colocación de muchas “placas de la memoria”, con una selección más homogénea y menos plural: casi todas ellas fueron colocadas en unidades militares y policiales donde hubo presos, torturas y detenidos desaparecidos.

Una de ellas se colocó, por ejemplo, en el Hospital Militar donde entre otros desapareció el tupamaro Eduardo Pérez Silveira, el Gordo Marcos, al que unas horas antes José Nino Gavazzo -por lo menos- le había arrojado una granada de gas dentro de un espacio cerrado, según él mismo relata en el libro “Gavazzo. Sin Piedad”.

¿Puede haber algo más bajo que hacer desaparecer a alguien internado en un hospital?

Recordar y machacar con un pasado oprobioso es necesario para que no vuelva a repetirse nunca más.

En ese sentido, solo puede celebrarse la colocación de cada una de estas placas y condenar su vandalización.

Sin embargo, qué bien le haría al Uruguay que el espíritu plural de las primeras “marcas de la memoria” pudiera ampliarse y extenderse en las placas a todos los que fueron asesinados en los años en que el Uruguay cayó en el abismo de la violencia política. Y qué bueno sería que todas fueran iguales: las que recuerdan el horror del terrorismo del estado y las que deberían recordar a los muertos de la guerrilla mesiánica. Que todas llevaran la firma de la misma dependencia del estado uruguayo. No cada una colocada por los deudos de su bando.

Hay una placa, excepcional y también varias veces vandalizada, que rinde homenaje a los cuatro soldados asesinados por el MLN en la calle Abacú en 1972. Pero faltan muchas otras.

¿Qué impide que se coloque una placa de la memoria donde los tupamaros mataron al inocente chofer de Cutcsa Vicente Oroza?

¿Qué impide recordar el lugar donde un humilde sereno de la fábrica NiboPlast llamado Juan Bentancor fue asesinado por el MLN?

¿Y donde era el bowling de Carrasco, en el que una bomba mató a dos muchachos tupamaros y arruinó para siempre la vida de una modesta limpiadora?

Que se entienda: no se discute que el terrorismo de estado reviste una gravedad mayor que los crímenes cometidos por individuos o una organización particular muy importante hasta hoy. Pero eso no quiere decir que aquellos crímenes no sean también repudiables, sucesos sangrientos que marcaron toda una época, que arrastraron a la sociedad a la violencia y que tampoco deberían repetirse nunca más.

Este era un país orgulloso de haber abolido la pena de muerte, un orgullo que hoy por suerte hemos recuperado.

Los militares violaron esa ley sagrada, pero no fueron los únicos.

¿No ha pasado tiempo suficiente para comenzar a construir una memoria completa?

Nos haría bien como sociedad.

No sería sal, sino bálsamo sobre la herida.

*Leonardo Haberkorn es periodista y escritor