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El David: los signos y la idiocia

Publicado: 14/06/2018 10:41

Opina Oscar Larroca*

La fundición artística Marinelli (Fonderia Artistica Ferdinando Marinelli, también conocida como FAFM) es una de las iniciales fundiciones florentinas que reproducen obras en bronce utilizando técnicas renacentistas. Una gran cantidad de esculturas en este metal y producidas durante el siglo pasado, provienen de esta fundición. En 1929 el cónsul de Uruguay, Gilberto Fraschetti, le propuso a este taller una reproducción en bronce a igual escala del David, de Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564). Vinculado a las celebraciones de la Declaratoria de la Independencia, su inauguración pública fue el 25 de agosto de 1931, y fue emplazada en la intersección de la Avda. Rivera y las calles Juan D. Jackson y Arenal Grande. La réplica luego fue trasladada a la actual explanada del Palacio Municipal, el 7 de abril de 1958.

Este nuevo emplazamiento responde a un homenaje simbólico al origen italiano de los municipios.

Hace unos días, y en el marco del Mundial de fútbol en Rusia, la comuna capitalina decidió vestir a la escultura con la camiseta y el short de la selección celeste. Esta disposición, explicó el intendente de Montevideo Daniel Martínez: “No fue mi idea, ni de nadie de la Intendencia, vino de los propios vecinos. Nos pareció simbólica". Al preguntarle por los comentarios que desaprobaron la intervención, el jefe comunal dijo: "No creo que sea (una falta de respeto), si uno une la pasión de un pueblo con una obra de arte me parece que no lo es".

Más allá del “respeto”, el proceso de apropiación populista asegura que el monumento sea intervenido por una comuna que ha dado varias muestras de desinterés hacia los temas que tienen que ver con cultura artística. Así, el monumento queda no solamente aprisionado en el concepto “democracia” sino a merced de una cultura que controla el alcance de la palabra. Es este alcance el que asegura el mito de apropiación. Es el libre juego de cantidades y estadísticas (más número es igual a más poder) que dará prioridad a unas decisiones sobre otras.

Argumentos utilizados por los defensores de esta intervención:

La pasión de la mayoría de los uruguayos por el fútbol.
Javier Barrios, edil perteneciente al Partido Nacional opinó que "no es malo" lo que se le hizo a la escultura del David. "Uruguay es un país pasionalmente futbolero, y el tema de identificar a un monumento emblemático como el David no me parece mal", dijo.
Sin embargo, el pueblo uruguayo también rinde tributo al carnaval y a otras fiestas masivas varias veces en el año. ¿Se deberían facilitar otras intervenciones, con vestuarios acordes, en el marco del Día de la Diversidad, la Jura de la Constitución, la muy masiva Fiesta de la Nostalgia, o conmemoraciones religiosas?

Es una intervención efímera.
Sí, pero es una intervención pasajera que sienta un precedente para que el día de mañana cualquier colectivo o grupo de adscripción se sienta con el derecho (directo, y no por vía municipal) de apropiarse de esta y de otras esculturas instaladas en el espacio público (monumento al Gaucho, el Obelisco, monumento a la libertad en plaza Cagancha y otras). Apropiaciones que no habilitarán el diálogo crítico con las obras, sino que serán apenas las perchas para el acarreo de signos.

Se trata de una réplica, no de un original.
Marcel Duchamp colocó unos pintorescos bigotes en el rostro de la Gioconda, pero no lo hizo sobre el original de Leonardo; eso es cierto. Es absolutamente plausible colocar globitos de pensamiento en historietas en las que aparece una copia de una pintura o escultura cualquiera. Pueden llegar a ser fantásticas las caricaturas, las anamorfosis o los memes sobre cualquier reproducción de una obra de arte. Empero, el caso de una obra tridimensional es significativamente diferente porque ocupa un lugar simbólico en el espacio de la propiedad visual de los habitantes de una ciudad.

El espacio público es de todos los ciudadanos.
Precisamente, se trata de un monumento público. Es de “todos” los ciudadanos, no de mayoría alguna, sea ésta elitista o populista.

Es una intervención artística.
Los artistas no conforman ninguna “categoría superior”, como se ha dicho con el objeto de desautorizarlos. Si bien algunos juegan con el límite entre vandalismo e intervención estética, eso los lleva a operar en el límite de lo político. Otros producirán una transgresión que se acabará agotando sobre sí misma. Los mejores intervencionistas urbanos trabajan sobre el alcantarillado, las aceras, las casetas telefónicas o los cursos de agua (como el estadounidense Mark Jenkins). De cualquier modo, esto no es una intervención artística. Se trata, como dijo Martínez, de una acción diseñada por la comuna y llevada adelante por vestuaristas municipales.

Ya se hizo una intervención sobre el David en 1986 a propósito de la censura a la obra de Oscar Larroca.
Habida cuenta de que aquí me ocupan las generales de la ley, esa misteriosa intervención formó parte de una valiente acción política ante una decisión municipal que tenía que ver con los recortes a la libertad de expresión artística. Se puede decir exactamente lo mismo de la intervención en el monumento a Luis Alberto de Herrera en 1972, cuando manos anónimas le colgaron un cartel que rezaba “Yo también me voy”.

La intervención sobre el David ayudará que la gente la valorice una vez retiradas esas prendas deportivas.
Estela Magnone es una de las voces que se hizo escuchar en ese sentido: “Habría que ver cuanta gente ni se había percatado de que existe una escultura en la explanada de la IM. De ahora en adelante seguro la van a mirar, con y sin ropa. Y capaz que hasta se preguntan quién la hizo”, puntualizó la cantautora. Ahora bien, ningún artilugio re-valoriza o des-cubre a una obra de arte que es ignorada o parcialmente ignorada por los ciudadanos. Es exactamente lo contrario: la gente la desvaloriza y la ignora a partir del beneplácito que le produce este episodio. Eso es así porque es imposible conquistar el ingreso de nuevos aficionados desde las formas artísticas intervenidas: ni el baile del caño de Marcelo Tinelli supuso una puerta de ingreso a géneros populares o contemporáneos de la danza; ni las mixturas estratégicas de los grupos de música tropical versionando a los Beatles, ni la danza villera en ámbitos consagradores de la cultura (en el Ministerio homónimo), sofocarán las fallas estructurales propias del escenario social.

La obra se resignifica.
Siguiendo con el punto anterior, ni se re-valoriza, ni se resignifica. Y no es posible resignificar nada porque el adornerío kitsch asola la ciudad en toda época del año (ornamentaciones navideñas en el centro de la ciudad, cartelería publicitaria burda, etc.). No existe dialéctica alguna con ninguna solemnidad sencillamente porque la solemnidad no existe (solo basta con observar cómo hablan estudiantes, docentes, o cómo reflexionan y visten los legisladores).

Ya se había realizado antes una intervención sobre el Monumento al Entrevero, del escultor José Belloni.
En 1998 el artista Diego Masi cubrió la superficie de los caballos de El entrevero, de José Belloni, en la plaza Fabini, con lunares blancos adhesivos. El artista siempre sostuvo que no había atentado contra la obra, sino que intentaba estimular a los transeúntes a detenerse nuevamente frente a aquel laberinto de gauchos, indios y caballos con el propósito de acentuar las formas y volúmenes de estos últimos. Masi tuvo el acierto de que trabajó en el conflicto mismo (una línea más que delgada) que se desprende del choque entre la invisibilidad y la recuperación de la mirada.

“Hay que ser menos gris y amargo”. (sic)
“Sigue habiendo quienes despotrican contra lo gris. Quienes condenan la supuesta grisura de Montevideo del siglo XX no han reparado en el papel de las condicionantes del criterio del buen gusto, que en el caso de Montevideo se suma a una inteligente legislación de la búsqueda de una sociedad igualitaria por parte del viejo batllismo”, decía con acierto el musicólogo Coriún Aharonián.

No se trata de solemnidades, ni de amarguras, ni de grisuras. El color gris, tan bastardeado por el policromatismo que imponen los medios, tan repudiado por la matraca fiestera de la publicidad, y tan ninguneado por la ordenanza capitalista de vivir el “ahora”, es impuesto por un gobierno progresista que ha venido combatiendo, de forma gradual, otros signos tan caros a nuestra identidad nacional.

Por otro lado, el calificar de “amargados” a quienes ejercen el sentido crítico, coloca a sus voceros en el lado correcto del relato posmoderno y cool. Es como si estuvieran parapetados detrás de un cordón sanitario que los libera se supuestos códigos caducos, cuando en verdad son esclavos de su propia dialéctica maniquea.

“Hay cosas peores de las cuales ocuparse, antes que esto”. (sic)
Si se opina sobre Charlie Hebdo, antes está el problema en Siria. Si el problema es Siria, suceden cosas peores de la mano del terrorismo en Estados Unidos. Si el tema es el terrorismo, antes que eso están los asesinatos en México. Antes que los asesinatos está la hambruna en África. Antes que eso está la lapidación de mujeres musulmanas…

Los ciudadanos bienpensantes e indignados son quienes indican cuál deber ser el motivo de indignación ajena, pero siempre están lagrimeando un paso adelante: saltan de un peldaño a otro como manera de escabullir el meollo de cada problema y señalar con el dedo a los que “vienen detrás”. Esta argucia argumentativa está levemente atada al silogismo de las implicancias, la alteridad y el equiparar para abajo (“los otros roban más”, por ejemplo).

Otros conceptos difamatorios, acusaciones Ad-Hominem e insultos varios de barricada, no merecen ser respondidos, por supuesto.

(Y si esa manera de intercambiar opiniones se ha propagado, es porque el cerdo y el chacarero comenzaron a rascarse de forma mutua. )