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El estigma de los partidos tradicionales

Publicado: 14/01/2018 09:08

Opina Leonardo Haberkorn*

Los partidos tradicionales no dejaron de ganar las elecciones de un día para otro.

Fue un muy largo proceso que ocurrió desde 1989 a 2004: elección a elección la suma de los votos colorados y blancos fue cayendo mientras subían los votos del Frente Amplio.

Ese fenómeno con seguridad tiene más de una única explicación. Pero una de ellas, no tengo dudas, fue la progresiva desazón que poco a poco fue ganando a la ciudadanía ante los vicios y corruptelas que las administraciones coloradas y blancas (en el gobierno nacional y los departamentales) exhibían sin mayor pudor, repitiendo las mismas lacras de antes del golpe de Estado.

Clientelismo, amiguismo, nepotismo, uso discrecional del Estado para favorecer a hijos, esposas y amantes, licitaciones y ondas de radio que siempre recaían en manos amigas y un largo etcétera que todos conocemos.

Ese rosario de escándalos -algunos conocidos a través de la prensa y muchos otros por la experiencia directa y los relatos de familiares y amigos- se hizo tan habitual y frecuente que los propios implicados perdieron la noción de lo nocivo que era, incluso para sus propios intereses.

En 2001 se descubrió que el jefe de una banda de contrabandistas era ñoqui en el Palacio Legislativo. Figuraba y cobraba como asesor de un legislador colorado. El entonces director del Banco Hipotectario, Ariel Lausarot, reconoció que él le había pedido a un amigo diputado que colocara a ese señor en el Palacio para que pudiera cobrar un sueldo sin trabajar. La plana mayor del Partido Colorado respaldó a Lausarot.

En 2004 un subdirector (blanco) de la Intendencia de Canelones (colorada) que cobraba sin ir a trabajar fue apresado manejando un auto robado. Tenía antecedentes penales que no habían impedido que fuera colocado y mantenido mes a mes con el dinero de todos nosotros.

Apenas dos historias de cientos que podrían ser citadas.

Hubo un momento que decenas de miles de uruguayos asumieron que ya no se podía seguir votando a dos partidos que habían llegado a ese grado de anestesia ante la inmoralidad.

El Frente Amplio, con habilidad, explotó ese hastío y lo machacó denunciándolo hasta el hartazgo.

El estigma que recayó sobre los partidos tradicionales por tal manejo del estado y de la política dura hasta hoy.

Es cierto que el Frente Amplio -una vez que llegó al gobierno- incumplió su promesa de nunca caer en los mismos vicios. ¡Vaya si lo ha hecho! Y es cierto también que, año a año, muchos gobernantes, funcionarios y militantes del Frente Amplio van siendo ganados por la misma anestesia que antes adormeció las reservas éticas de los partidos tradicionales.

Pero las agachadas del Frente Amplio no harán que la gente vuelva a creer de forma automática en los partidos tradicionales. Podrán sí contribuir a alentar un clima de descrédito general o -quizás- ayudar a que crezcan terceros partidos, o algún candidato outsider. Pero los partidos tradicionales necesitan algo más que errores y horrores del Frente Amplio para que la gente vuelva a creer en ellos.

Necesitan exhibir una conducta intachable, ética al máximo, que no admita el más mínimo desvío, que exhiba un respeto sagrado por los dineros de la gente. No solo ser, sino también parecer.

Que Bascou use en su intendencia combustible de sus propias estaciones de servicio; que se beneficie de ello; que le oculte datos a la comisión de ética de su partido; que la comisión de ética mire para el costado; que la intendenta Adriana Peña tenga entre sus directores a su pareja; que le consiga un aumento de sueldo, son todos hechos que no ayudan a terminar con el estigma. Por el contrario, lo alimentan.

Y qué decir del alcalde de Sarandí del Yi, Mario César Pereyra, denunciado por comprar terrenos por donde pasará una ruta.

Muchos de estos actos han sido respondidos con silencio, críticas tibias y hasta con el apoyo explícito por la plana mayor del Partido Nacional.

Ya van 29 años desde la última vez que los blancos ganaron una elección y 13 años desde que el Frente Amplio le arrebató el poder a los partidos tradicionales.

Y todavía no han entendido qué es lo que pasa.

*Leonardo Haberkorn es periodista y escritor