"Uruguay se enoja por cosas que en Argentina no mueven el amperímetro"

Por: Leonel García
Publicado: 17/09/2017 08:10
"Uruguay se enoja por cosas que en Argentina no mueven el amperímetro"
@Claudioofantini
Claudio Fantini

El analista Claudio Fantini vino a presentar "Abadón", donde pinta una realidad apocalíptica. Habla de Trump, Isis y también de Uruguay.

En el Antiguo Testamento, con el nombre de “Abadón” se definía a un abismo insondable. En el Nuevo Testamento, es un ángel destructor que cada tanto castigaba al mundo. El politólogo, periodista y analista internacional argentino le puso así a su último libro, editado por Planeta, en el que habla de estos tiempos. Y evidentemente no los considera buenos tiempos.

“Le puse ese nombre, ‘Abadón’, para señalar uno de los rasgos de este tiempo, surado por una cierta sensación de apocalipsis. Hay miedos e incertidumbres que hacen del hombre actual a un hombre desesperado, atemorizado y eso se refleja en el surgimiento de engendros demagógicos a través de las urnas, como Donald Trump en Estados Unidos, o utopías regresivas inmensamente sanguinarias, como Isis o Al Qaeda. El futuro nos resulta incierto y eso nos atemoriza. Por eso queremos volver al pasado, lo que no se puede hacer”, dijo el autor, también docente y columnista en medios escritos y radiales de Argentina, Uruguay y España, en un diálogo que mantuvo con ECOS.

- Esta no es la primera vez que la humanidad enfrenta un futuro incierto. Si tuviera que compararlo con un período histórico anterior, ¿con cuál lo haría?

- Hay muchos períodos del pasado diría focalmente apocalípticos. Pero la diferencia es que ahora los fenómenos son más globales. No hay algo que ocurra en una parte del planeta que no ocurra en otra. Las guerras mundiales fueron fenómenos de una dimensión inédita hasta ese momento de la historia, pero abarcaron la porción del planeta que abarcaron. Hoy la sensación es que los riesgos y peligros involucran a todo el planeta. La globalización es inexorable pero, como todo proceso histórico, tiene momentos de aceleración y de desaceleración. Cuando el ritmo del cambio es más vertiginoso no sé cómo va a ser mi propio futuro, entonces primero me detengo y luego intento regresar al pasado, que es lo que conozco. El ser humano no va hacia lo que no conoce. Marchar hacia el futuro en este tiempo de aceleración vertiginosa, cuando la robotización y la inteligencia artificial amenazan con hacer desaparecer nuestros trabajo, provocan que se le tenga miedo. Somos hijos, nietos, bisnietos y tataranietos de personas que podían imaginar el futuro de sus hijos y nietos. Nosotros, en cambio, no podemos imaginar nuestro propio futuro. No sabemos si el conocimiento y las habilidades que tenemos van a ser útiles en cinco años. Esa incertidumbre nos convierte en seres con miedo que compran utopías regresivas.

- O discursos muy básicos, demagógicos.

- Por supuesto. Este es un tiempo de engendros demagógicos. Es un tiempo que nos hacen buscar a los antisistemas, que proponen utopías regresivas. Eso hizo Donald Trump, un impresentable, cuando en la campaña electoral vendió con que se iba a volver al Estados Unidos de las grandes industrias, llenas de obreros y oficinistas. ¡No hay retorno a eso! Esa propuesta demagógica, incumplible, le sirvió para ganar una elección. Isis, en una dimensión mucho más brutal y monstruosa, plantea el retorno al Medioevo, a volver a España a los tiempos del Califato. Pero eso también se ve en votaciones que parecen saltos al vacíos como el Brexit británico.

- En su libro, menciona las dos formas de hacer política en democracia, ya sea a través de la confrontación y el consenso. ¿Venció el “divide y triunfarás”?

- Es una vieja fórmula. Hay dos filósofos con dos visiones contrapuestas. Carl Schmitt, ideólogo del nazismo con “El concepto de lo político” (1927) coloca la dicotomía “nosotros-ellos”. Y “ellos” son el enemigo. La contracara es Martin Buber, en su obra “Yo y tu” (1923), plantea una dicotomía que no es dicotómica: ese tú no solo no es mi enemigo, como plantea Schmitt, sino que es mi complemento. Pensando en el país, un político tiene que pensar en el consenso y actuar desde los consensos significa sacrificar poder propio. La contracara, la confrontación, la elige el que en vez de actuar pensando en el país, prioriza la construcción de su poder.

- ¿Cuáles ejemplos ve?

- A todos los liderazgos encuadrados en la cultura autoritaria. En Venezuela, Nicolás Maduro se pasó de toda regla, ¡es una deriva dislocada! Hugo Chávez, en cambio, no era un dictador, era un liderazgo del tipo “mayoritarista hegemónico”. No es dictadura, pero sí es culturalmente autoritario. En Argentina, el kircherismo, obviamente, está encuadrado en el liderazgo del mayoritarismo y hegemónico, porque privilegió la construcción de poder propio y la exclusión del que piensa distinto. Podemos poner unos ejemplos más atenuados, pero ejemplos al fin: Rafael Correa en Ecuador, aunque es inmensamente más racional que el chavismo en términos económicos; lo mismo Evo Morales, que manejó muy bien la economía de Bolivia, aunque su discurso sea confrontacionista y no consensualista.

- En su libro menciona a Uruguay y lo hace en términos elogiosos. ¿Cómo vio, como analista, la renuncia del vicepresidente Raúl Sendic?

- Yo tengo que opinar como argentino. Desde esa óptica, lo ocurrido en Uruguay es sorprendente. En Argentina es inconcebible que un partido como el Frente Amplio forme una comisión que investigue y juzgue el comportamiento de uno de sus dirigentes. En Argentina es inconcebible que un gobernante le salte la mano a un dirigente sospechado. En Argentina los presidentes, los gobernadores, los intendentes encubren a sus funcionarios y los partidos encubren a sus dirigentes. Visto desde Argentina es una lección importante, otra lección de cultura cívica de una sociedad como la uruguaya que es mucho más exigente en materia de pasarse a la arbitariedad. ¡Yo no lo vi renunciar a (el segundo vicepresidente de Cristina Kirchner) Amado Boudou! El vicepresidente que renunció en argentina, Carlos “Chacho” Álvarez, lo hizo escapándose de la encrucijada económica que él mismo había llevado. ¡Produjo un desastre con su renuncia! En Uruguay el vicepresidente estaba sospechado y tuvo que renunciar. Habrá grietas acá también, pero desde Argentina vemos con cierta envidia a una sociedad que se escandaliza, que se enoja por cosas que allá no hubieran movido el amperímetro.

- Entre tanto ejemplo negativo, ¿hay alguno a seguir?

- Hay muchos países que son modelos. A ver, en todos lados hay acechanzas, dirigentes de ultraderecha en Holanda, Austria, Francia; también una izquierda populista en Francia. Pero yo sigo pensando que Emmanuel Macron, el presidente francés, es un líder a observar mucho. Es un hombre que leyó la filosofía de John Rawls y su “Teoría de la Justicia”. Y hay sociedades modélicas, como Nueva Zelanda o Costa Rica. Siempre llamo a mirar con admiración a Costa Rica, modélica en muchísimos sentidos. Lo mismo Uruguay o Chile. En Argentina no podemos imaginar algo como lo que pasó en Chile, que el hijo de la presidenta Michelle Bachelet, Sebastián Dávalos, hizo algo “medio turbio” y la madre lo hizo renunciar (N. de R. era director del Área Sociocultural del gobierno de Chile de su madre).

- Usted escribe que busca que su libro “aporte medicina” a la coyuntura actual. ¿Realmente se puede ser optimista?

- El optimismo bien entendido está bien fundamentado. Un mundo que no se entiende a sí mismo es un mundo condenado. Yo puedo ser optimosta si tengo un diagnóstico. Mi libro diagnostica y describe los problemas de este tiempo. Estamos en un mundo con riesgos, pero en modo alguno puedo decir que está condenado.