"Yo podría haber sido un Susano Giménez, pero ese no era mi lugar"

Por: Leonel García
Publicado: 12/03/2017 09:51
"Yo podría haber sido un Susano Giménez, pero ese no era mi lugar"
ECOS

El actor Gerardo Romano no "viene" a Uruguay porque vive acá desde hace 23 años. Pero en mayo trae al Sodre "Un judío común y corriente".

El jueves, Gerardo Romano se despertó a las 5.30 debido a la tormenta. Aprovechó el tiempo de la mejor forma: se puso a leer “Querer el viaje”, del francés Michel Onfray, tirado en la cama, café recién hecho, con la vista puesta en la Laguna del Sauce, Maldonado. Delicias de ser un “rioplatense”, gentilicio que este actor argentino de 70 años reclama para sí, pese a que más de uno considera “genuflexa” esa determinación.

“Hay quien toma como un gesto de genuflexión que diga que soy rioplatense, como que ‘me hago’ el uruguayo. Y la verdad es que vivo acá, hace 23 años que tengo casa en Laguna del Sauce, tengo una hija uruguaya (Rita, de 12 años), así como también vivo en Buenos Aires, en Palermo”.

En Uruguay, básicamente hace vida rural: riega, quita yuyos, planta y corta leña. Ahora este abogado, ex jugador de rugby y ex símbolo sexual de los primeros años 90, actor tardío y exitoso, trae consigo la obra “Un judío común y corriente”. Este es un intenso unipersonal de hora y veinte, originalmente pensado para cine, cuya adaptación al teatro fue rechazada por ocho actores antes que él.

El 18, 19, 20 y 21 de mayo en la sala Nelly Goitiño del Sodre, Montevideo tendrá ocasión de comprobar por qué esta obra –que trata sobre un judío alemán, Emanuel Goldfarb, invitado por un profesor de Ciencias Sociales de un grupo de jóvenes que, luego de estudiar el nazismo y el Holocausto, querían conocer a un judío- ha tenido tanto éxito en Buenos Aires desde 2015.

De ponerse en la piel de un judío, de volverse actor como premio consuelo al intento frustrado de acostarse con una mujer, de kirchnerismo (del que él fue afín) y progresismo, de grietas y retrocesos, de viejos y nuevos tiempos, de ser una parte de la cadena de hechos que desembocaron en el Milagro de los Andes y hasta de vivir a medias en un país que le da todo pero no tanto, Romano –un excelente interlocutor, un hombre culto y un tipo que jamás aparentaría 70 años- habló con ECOS.

- “Un judío común y corriente” es un monólogo de 80 minutos, una obra originalmente pensada para cine. ¿Alguna vez había tenido un desafío semejante?

- Sí. No hubiera podido hacer a los sesenta y pico una obra como esta de no haber tenido experiencias previas importantes de unipersonales. Es que el miedo escénico puesto en una obra coral es soslayable: se reparte la energía y la responsabilidad. Pero acá todo recae sobre tu plexo. Hacer una obra coral es como saber manejar un buen auto, pero un unipersonal es un Fórmula 1.

- En la Fórmula 1, los accidentes pueden ser peores.


- En una obra coral, vos te quedás sin letra y siempre te salva el otro. Pero si te pasa en un unipersonal, estás en el fondo del mar.

- ¿Alguna vez le pasó?

- No. Ni en esta ni en ninguna obra. Sería mi última obra.

- Esta obra habla del genocidio nazi. De todas las dictaduras de la llamada Doctrina de la Seguridad Nacional, a Argentina es la que más le cabe ese término, genocidio. Usted es abogado y fue jefe de sumario del Ministerio de Justicia en los años ’70. Para crear su interpretación, ¿apeló a algo de su historia personal? ¿De sus vivencias?

- La diferencia fue que en Alemania el colectivo social al que se quiso exterminar era racial y en Argentina era ideológico. No tuve que apelar a cosas que haya vivido, pero sin duda todo lo que hago está nutrido de experiencias personales. En Argentina hubo dos atentados antisemitas que, luego del Holocausto, son lo que más víctimas cobraron en todo el mundo (N. de R. el de la Embajada de Israel, de 1992, con 22 muertos, y el de la mutualista AMIA, de 1994, con 86). Rastreando la historia me encontré que hubo una simiente antisemita que tuvo lugar en la llamada “Semana Trágica”, de enero de 1919. Unos obreros de una fábrica en Avellaneda hacían una protesta y la represión no tardó en llegar. Había obreros rusos y polacos que huían de los progromos. En Argentina, al judío le dicen ruso. De la represión, de la que también participaba la Liga Patriótica, elitista, conservadora, ultracatólica y por consecuencia antisemita, fueron al Once, a la calle Libertad, y hubo una especie de progromo con golpizas, masacres y muertos. Se dice que Luis Firpo, uno de los primeros ídolos deportivos argentinos, un boxeador que llegó a pelear con Jack Dempsey, arrastraba judíos de la barba.


Y en Uruguay vivo en el campo y casi siempre hablo con gente del campo. En Uruguay hay un verbo que no se usa en Argentina: “judear”. “Fui al banco y me judiaron”. Que te maltrataron, te trataron mal, como el culo, que te jodieron…

- ¿Y eso qué reflexión le merece?

- Que es algo totalmente antisemita, intolerante. Yo estoy en un grupo de chat de actores opositores a algunas políticas del gobierno actual. Uno de ellos dijo: “Es un hijo de puta, que se vaya a la concha de su madre”. Y una de las chicas, militante femenina, decía: “Dejen de putear identificando los genitales femeninos con la violencia, porque de eso a la violencia hay un paso”. Con la xenofobia pasa lo mismo, está a un paso. Se va a revisar hacer humor con esas cuestiones también, con cosas machistas, con la xenofobia. Nosotros somos una generación bisagra: yo he presenciado como algo natural cosas que ahora se están cuestionando tan profundamente y nos hace sentir avergonzados.

- ¿Usted naturalizó alguna vez estas actitudes?

En Uruguay hay un verbo que no se usa en Argentina: “judear”. Es totalmente antisemita.

- Sí, he puteado mujeres.

- ¿Se arrepiente hoy?

- Profundamente. Más que arrepentido lo he modificado y reprimido. Y cambio. Y claro, he pedido perdón.

CONVINCENTE

Además de ser abogado, Romano jugó diez años en la primera de Olivos, un equipo de rugby. Era wing tres cuartos. “Teníamos un convenio con (el club) Old Christians, de Uruguay. Veníamos en la primavera a jugar con ellos, con Carrasco Polo o la selección uruguaya. Ellos en el otoño iban para allá. Una vez veníamos en el Vapor de la Carrera y empezamos a armar relajo, molestamos a la gente, nos pusimos en pedo… a la llegada nos metieron presos en Prefectura. Se metieron las embajadas para sacarnos y nos dejaron jugar. Pero la Unión de Rugby del Uruguay (URU) le pidió a Christians que suspendiera el convenio con nosotros. Entonces comenzaron a viajar a Chile. En la cadena de causalidades fácticas, no jurídicas, si nos hubiéramos portado bien esa vez, capaz que no pasaba lo de los Andes…”.

Para el rugby estaba quedando viejo y la creciente tensión de la situación en Argentina hacía que su militancia en la Juventud Peronista Universitaria, como toda actividad política, tendiera a desaparecer. El actor surgió poco antes de los treinta años, mucho después del ingreso de la gran mayoría de la gente a este mundo. Tenía letra y tenía chamuyo, pero no tenía pensado aplicarlo arriba de las tablas.

“Era gracioso, imitador, tocaba la guitarra, pero no tenía la menor fantasía actoral. Cuando quedé solo con el trabajo de abogado, recordé que tenía una amiga que siempre me insistía que estudiara teatro. Ella me había visto toda una noche tratando de convencerla de algo…”.

- ¿De algo…?

- De algo así como hacer el amor. Esa noche, a eso de las seis de la mañana me dijo: “Mirá, Gerardo, no te vas a acostar conmigo, ¡pero tenés que estudiar teatro!”. Todo fluyó muy fácilmente, me resultó muy fácil actuar y las chicas eran muy lindas. El 100% de los hombres que se meten a actuar lo hacen motivados por seducir a una mujer. El pequeño porcentaje que no sienta eso será porque quiere seducir a otro tipo. Pero la clave sigue siendo seducir. Pensaba en hacer el curso y nada más, pero a los dos meses alguien me ofreció trabajar en una obra, “Juegos a la hora de la siesta”. Todos éramos nóveles actores. Tuve una actuación lúcida. De ahí me llamaron a hacer una primera obra comercial: “Postdata, tu gato ha muerto”, con Luis Brandoni. Luego me convocaron a un musical, donde conocí a Leonor Benedetto, con quien tuve una relación… Ahí me vio Hugo Moser, un autor de televisión, que me dijo de hacer “Los hijos de López” (1979). Para entonces, ya no podía salir a la calle.

- Usted está hoy muy identificado con la izquierda. ¿Cómo era trabajar en dictadura?

- A pesar de mi militancia, como no fui cuadro armado tardé en enterarme lo que pasaba. Empecé a ensayar “Juegos a la hora de la siesta” en democracia, enero de 1976. En marzo fue el golpe y en junio estrenamos, en el teatro Ecos, por calle Rivadavia. No teníamos conciencia de lo que hacíamos, una obra contestataria. Originalmente, la obra se llamaba “Susana no quiere a Dios” y la municipalidad prohibió ese título ofensivo. Empezamos en un teatrito y con buenas críticas y boca a boca pasamos a salas más grandes. En un momento, vino un señor y dijo que quería hacer una versión fílmica. Para eso había que conseguir un crédito en el Instituto de Cine, que estaba controlado por los militares. Vieron la obra y la prohibieron en 48 horas.

- Entre series televisivas, películas y obras de teatro, ¿por qué actuación le gustaría ser recordado?

- Por “Un judío común y corriente”, que es lo que estoy haciendo. No porque lo estoy haciendo ahora, sino porque es lo que más me representa y expresa. Es un texto que me sintetiza como ser humano, lo que vengo diciendo, eligiendo y descartando a lo largo de mi vida, en cuestiones filosóficas y metafísicas. Se habla de judíos y de seres humanos, y de lo que le hicieron otros seres humanos a los judíos.

- Acá en Uruguay usted se hizo conocido por la telenovela “Barbara Narváez” (1985) y, sobre todo, por la miniserie “Zona de riesgo” (1992-1993), junto a Rodolfo Ranni. Por esta usted ganó un Martín Fierro y se volvió un símbolo sexual. ¿Le gusta ese rótulo u hoy abjura de él?

- No abjuro ni me arrepiento. Lo disfruté. ¡Me permitió cumplir con creces ese objetivo inicial que era seducir, sin ninguna duda! Lo que sí, me corrí del lugar y no me hice cargo de lo que me enrostraban. Yo era setentista: para mí, ser actor era un compromiso, fue lo que sustituyó mi militancia, así que no quise quedarme en ese lugar. Sí, podría haber seguido hasta hoy, ser un Susano Giménez, o un Mirtho Legrand. Pero ese no era mi lugar natural.

LAS GRIETAS

A Romano le gustaría ser abuelo, dice. Su hijo mayor Lucio, nacido en 1989, fruto de su relación con la actriz Andrea Bonelli, está muy tranquilo. Su padre, por el contrario, está muy tranquilo. En Netflix se puede ver su actuación en “El marginal”. Además, cuenta, acaba de rodar “tres o cuatro películas”. Una es “Hipersomnia”, que se estrenará en breve. Para agosto se prevé la llegada de “La cordillera”, con un elenco encabezado por Ricardo Darín, una producción que lo tiene muy entusiasmado.

“La cordillera trata sobre una cumbre de países latinoamericanos, decididos a gestionar sus reservas energéticas, que se hace en Chile. Se decide a hacer algo así como una Unasur pero mucho más potente, ¡con Chile y Colombia! Pero en Estados Unidos, donde nunca hay golpes de Estado porque no tienen embajada de Estados Unidos (sonríe), mandan a un funcionario a boicotear esa cumbre, intentando sobornar al presidente argentino, para que se haga algo así como un ALCA. Darín es el presidente argentino y yo el jefe de gabinete”.

- Ha sido muy expresivo de sus opiniones políticas, se ha manifestado muy afín al kircherismo. ¿Cómo lo ha llevado este primer año y medio de Mauricio Macri?

- Lo mejor que puedo… Tratando de no ahondar la grieta y no irritar. De pensar dos veces, ser mesurado y prudente.

- Capaz alguna vez no lo fue. Antes de las elecciones de 2015, Romano dijo que “Macri es como si se presentara Hitler nuevamente en Alemania" y "Me tengo que suicidar si me tengo que comer cuatro años de macrismo".

- Si, sin ninguna duda. Pero estoy tratando de conservar la entereza y la objetividad.

- Hoy por hoy parece haber una gran polarización en Argentina, en la sociedad y también entre los artistas. Usted habla de la grieta, ¿algún día se va a cerrar? ¿O siempre fue así?

- Así como en el siglo XIX estuvieron los unitarios y los federales, esa grieta existió al menos en dos períodos del siglo XX en Argentina. Fue con el peronismo y el kichnerismo. Fueron dos momentos de la historia en que el oficialismo, el gobierno, se metió con el establishment.

- Más allá de las políticas sociales con las que se sintió identificado, ¿no hay nada del kirchnerismo que sea de arrepentirse?

- Sí, claro, ha quedado enlodado… ¿cómo se podría haber reemplazado al kirchnerismo si no hubieran habido casos de corrupción, con todas las medidas superadoras que hubo? Desde las jurídicas a las civiles, el matrimonio igualitario sin ir más lejos. ¡Esa es una de las pocas cosas en las que Uruguay vino a la cola de Argentina! Por lo general, en temas sociales ha pasado al revés. Acá hay aborto legal y gratuito, que no hay allá, aunque cada tanto aparece una “argentinada” como la jueza de Mercedes (N. de R. se refiere a Pura Concepción Book, la que ordenó a una mujer suspender su aborto). ¡Esa jueza merece cinco juicios políticos!
Acá hay aborto legal y gratuito, que no hay allá, aunque cada tanto aparece una “argentinada” como la jueza de Mercedes.

- Usted tiene acá una vida “rural”, ¿No extraña nada del Buenos Aires frenético? ¿Los años ’90? ¿La época de la pizza con champagne?

- Lo único que pesa a veces es la soledad, el ermitañismo (sic). Yo vivo solo, aunque tenga a mi hija a unos pasos. No es una soledad estricta. Pero cuando el hombre habla de soledad habla de la pareja.

- ¿No está en pareja?

- Ahí… más o menos.

- ¿Qué encontró en Uruguay?

- Geográficamente, belleza y más belleza. Pero por encima de la belleza, la idiosincrasia, tolerancia, respeto y consideración. No absoluto, porque no hay paradigmas. Pero es una sociedad que tiene esas características respecto de la Argentina.

- ¿Y qué no encontró acá, que lo hace volver siempre tener que volver a Argentina?

- Trabajo.

El Fórmula 1 de los Unipersonales



El dramaturgo Lázaro Droznes, amigo de Gerardo Romano, fue quien tradujo y adaptó para teatro “Un judío común y corriente”, originalmente escrita por Charles Lewinsky, pensada para el cine, donde la llevó Oliver Hirschbiegel en 2005.

“Vi la película hace muchos años, compré los derechos y conseguí a Gerardo como actor y a Manuel González Gil como director. Hubo que hacer basantes adaptaciones para el teatro. Varios artificios de la película se eliminaron, se incorporó un nuevo final, teatral y no cinematográfico. Todo eso fue un trabajo colectivo, con Gerardo y el director”, le contó a ECOS.

Gerardo Romano, en todo caso, fue la novena opción para ponerse en el rol de Emanuel Goldfarb.

“Muchos no quisieron hacerla porque se sintieron amedrentados por la obra. Es que hay que tener el coraje y la energía de Gerardo para encararla, además de su experiencia en unipersonales. Hay un hecho: la mayoría de los actores no hacen unipersonales, y él es un especialista, un Fórmula 1”.