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Opinión

6/08/2020 13:55

Luchar contra molinos de viento

Por: Sebastián Wilson

La muerte de George Floyd, el enojo, la impotencia y las marchas que pronto se transformaron en caos.

Luchar contra molinos de viento

EFE (Archivo)

Publicado: 6/08/2020 13:55

El ser humano suele encontrarse en la disyuntiva de hacerle caso a la emoción o a la razón. El miedo, el enojo y la actitud tribunera son enemigos de la razón, el orden y la justicia.

Alrededor del mundo, con el eslogan de “Black Lives Matter”, tomaron protagonismo una gran cantidad de movimientos sociales y marchas a raíz del asesinato de George Floyd.

Esta injusta muerte dejó en evidencia lo que las sociedades en la época de la globalización son capaces de hacer para responder a un acto de brutalidad policial filmado con un celular. Por todo occidente las comunidades negras, respaldada por grupos activistas, salió a las calles a protestar contra la brutalidad policial y el “racismo sistémico” que hay en los Estados Unidos.

Pero como es costumbre, lo bueno duró poco. Las marchas pronto se transformaron caos generando medios propicios para alentar disturbios, violencia, saqueos e incendios que requirieron intervención policial. Lejos de transmitir paz y generar conciencia estos movimientos promovieron el oportunismo de algunos vivos que utilizaron la atención mediática y el anonimato de las multitudes para vengarse de un sistema que califican de opresivo.

Surge, sin embargo, la duda de si existe una justificación para esta violencia. Para ello debe de estudiarse la posibilidad de que se promueva una sistémica discriminación por parte de la Policía y las instituciones americanas hacia los negros.

En Estados Unidos el 13% de la población es negra. Esta, sin embargo, es responsable del 50% de los asesinatos efectuados en el país, según cifras del FBI. Este 13% también es responsable del 27% de los crímenes violentos. Estos números muestran una desproporcionalidad en la conducta delictiva por parte del sector de la población en cuestión.

Sin embargo, esto no justificaría en lo absoluto un racismo sistémico ni una discriminación hacia nadie por el color de su piel. Ha de verse entonces quienes cometen los asesinatos hacia los miembros de este colectivo. Los asesinatos hacia los negros provienen, en un 90%, por parte de otros negros. No de blancos racistas, no de supremacistas nazis ni de policías. En 2017 la policía abatió a un total de 786 personas. Entre ellas 457 blancos y 223
negros. Por lo tanto, estos últimos son el 28% de las víctimas de los policías.

No casualmente los disparos y asesinatos de policías contra los negros son en proporción casi iguales a su participación en crímenes violentos. Si se cruzan estos datos con la cantidad de negros asesinados, un 8% de estos, fue a manos de policías; en el caso de otra raza como los blancos, un 15%. Por lo tanto, los estudios sugieren que en Estados Unidos un blanco, si es asesinado, tiene dos veces más chances de ser víctima de un policía que siendo negro.

No hay evidencia cuantitativa suficiente para respaldar que en Estados Unidos haya un racismo sistémico e institucionalizado hacia los negros. Sin embargo, se ve una aparente hipersensibilidad mediática y social hacia una parte vulnerable de la población que por razones culturales y educativas -más que por la cantidad de melanina que tenga su piel- está permanentemente expuesta a la violencia intracomunitaria y, a causa de eso, se ve desproporcionadamente afectada por sus consecuencias. Iluso sería asegurar que no existan situaciones particulares que pudieran ser interpretadas como racismo, pero aclamar que hay todo un sistema político y judicial que respalda tal discriminación es irreal y poco útil para el debate y combate de estas injusticias.

El enojo y la impotencia pueden fomentar, por momentos, una toma de decisiones impulsiva por parte de una sociedad separada y propensa a exagerar. Agregando a la ecuación jóvenes que a sus 20 años quieren revolucionar al mundo con un hashtag, medios de comunicación amarillistas y marcas que usan todo lo anterior para sacar rédito económico;
se cocina un cóctel de caos y el mundo es una olla. La receta es casi perfecta.

Por suerte las emociones son efímeras y pronto la razón volverá a predominar en el debate político. Se entenderá que la problemática no tiene nada que ver con el color de su piel sino con la cultura que se vive en sus ciudades.

Buscar una solución racial a un problema cultural es un malgasto de tiempo, dinero y energía. Todos los problemas que BLM denuncia se podrían asociar más a temas de desigualdad de clases y diferencias en oportunidades que a discriminación racial. Las vidas de los negros importan, mucho. Y por eso es importante identificar el verdadero problema que hay detrás de todo esto. Las tasas de: padres ausentes, hijos por fuera del matrimonio, desempleo, drogadicción, alcoholismo, delincuencia y bajos niveles educativos; son algunos de los índices que, desde el punto de vista práctico, permitirían generar propuestas de políticas públicas que apunten a un cambio real. Denunciar que toda la Policía es racista, que las vidas de los negros no importan y que los blancos tienen que salir a pedir perdón por su “privilegio” no ha demostrado tener ningún cambio sustancial hasta el momento.

Cuando las personas permiten que las emociones guíen su conducta quedan a merced de las mareas sociales y se transforman en individuos maleables, manipulables y, a fin de cuentas, irracionales. Peligrosamente evaden las garantías de utilizar la razón para solucionar problemas y ponen el foco en la subjetividad total de las emociones.