A la uruguaya: Violencia letal hacia las mujeres

Por: Andrea Tuana

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7/06/2019 06:15

Publicado: 7/06/2019 06:15

Opina Mag. Andrea Tuana*

En los últimos días, la opinión pública se ha visto conmocionada por casos de violencia letal y cruenta hacia jóvenes mujeres uruguayas. Cuatro femicidios, que se perpetraron con extrema crueldad, donde algunas de las mujeres fueron tratadas como deshechos humanos una vez asesinadas.

En distintos países del mundo, se identifican territorios donde ocurren verdaderas masacres contra las mujeres. Los femigenocidios (*1) en Ciudad Juárez, la violencia sexual como forma de tortura en los conflictos bélicos (Ruanda, Yugoslavia), la violencia sexual en el terrorismo de Estado (dictaduras militares latinoamericanas) y en los genocidios de pueblos indígenas (Guatemala, Canadá) entre otros.

En nuestro país, no asistimos a matanzas sistemáticas y generalizadas de mujeres como Ciudad Juárez o como Guatemala, pero ocurren otras formas de violencia cruenta y letal hacia las mujeres en forma masiva.

La violencia sexual hacia las mujeres durante la dictadura militar uruguaya es un claro ejemplo de ello, mujeres torturadas sexualmente, violadas, obligadas a parir en cautiverio, separadas de sus hijos/as, desaparecidas y asesinadas. Frente a esta barbarie, femigenocida, ocurrida en nuestro país, la impunidad persiste.

También existen otras formas de violencia letal que cotidianamente- como una gota que orada la piedra – destruyen las vidas de nuestras mujeres (adultas, niñas y adolescentes).

Algunos ejemplos:

-El abuso sexual crónico y la impunidad. Se descree de la palabra de las víctimas, hay fallas enormes en la detección, el diagnóstico y la valoración de los casos de abuso sexual y eso conlleva a que muchos abusadores sexuales queden impunes y en muchos casos ocurre la tragedia de que se obliga a las niñas a revincularse con el abusador sexual.

-La explotación sexual de niñas y adolescentes, que ocurre diariamente en todo el país. Las trayectorias de vida de muchas mujeres que están hoy “enterradas” en whiskerías (algunas muertas en vida), empezaron en la infancia, con abusos sexuales crónicos intrafamiliares, o habiendo sido vendidas por sus familias a un señor mayor para matrimonios serviles. El circuito de explotación sexual en la adolescencia transita en calles, plazas, whiskerías, fiestas, donde son explotadas por varones uruguayos. Al cumplir la mayoría de edad, algunas jóvenes inician los circuitos de la prostitución legal, otras son captadas por redes de trata y trasladadas dentro y fuera del país, hasta que la vida útil de ese cuerpo se termina y son descartadas y desechadas en whiskerías de poca monta de alguna localidad. Algunas adolescentes, se quiebran por tanto sufrimiento y se suicidan, otras viven años en clínicas psiquiátricas, otras cometen delitos muchas veces asociados a la violencia sexual de la que son víctimas, pero son penalizadas y sus vidas entran en un círculo perverso entre la cárcel de adolescentes, la cárcel de adultas, la calle y el Vilardebó, hundiéndose cada vez más en la ausencia de respuestas adecuadas.

-Las parejas abusivas y los matrimonios serviles. Parejas de niñas o adolescentes con varones que les duplican o triplican la edad, pasan desapercibidas frente a los ojos de la comunidad y de las instituciones. Estas situaciones, no son identificadas como abusos sexuales, sino que se aceptan como elecciones válidas y libres de las niñas/adolescentes. El último caso de femicidio ocurrido en estos días, fue el asesinato de una adolescente de 17 años, por parte del abusador sexual de 42 años que se presentaba como su pareja.

-Las maternidades forzadas de niñas entre 10 y 14 años. Muchas de esas niñas estando embarazadas, en vez de ser protegidas por los equipos sociales, de salud y el sistema de justicia, son obligadas a parir, usando estrategias de violencia institucional. Las estrategias clásicas de violencia institucional utilizadas son: la manipulación y la negligencia. La manipulación opera cuando ingresa una niña embarazada en el sistema de salud y se le pregunta si va a tener a su bebé, se le invita a ver la ecografía y a escuchar los latidos del corazón del feto y en algunos casos hemos visto que se le aplica una intervención terrorista, diciéndole a la niña, que si aborta se puede morir. La negligencia opera cuando los equipos o profesionales no intervienen en la situación, planteando que el deseo de la niña es continuar con un embarazo forzado. Seguramente, estos equipos, no actuarían de la misma forma si el deseo de la niña fuese quitarse la vida.

-También asistimos a casos donde las víctimas de violencia de género, dan muerte a los maltratadores, abusadores sexuales o explotadores, como forma de poner fin a años de sufrimiento e indefensión. Hay varios casos de mujeres adultas y adolescentes presas por haber dado muerte a quienes las violentaron durante años. La sociedad las castiga doblemente, las castiga cuando no evita la violencia, ni les brinda protección y las castiga por haber dado muerte a quien las violenta. En los últimos días, también hemos visto, casos de varones que han dado muerte, a personas violentas, para defender, en un caso a su madre y hermana y en otro caso, a su novia, del abuso sexual y la violencia doméstica.

La masividad de la violencia hacia las mujeres en nuestro país y el clima de impunidad.

En un país de poco más de 3 millones de habitantes, las siguientes cifras hablan de esa masividad:

-40.000 denuncias y 30 femicidios por año (Fuente: Ministerio del Interior)
-200 embarazos forzados en niñas entre 10 y 14 años (Fuente: MSP)
-7 de cada 10 mujeres víctimas de violencia basada en género (Fuente: INMUJERES)
-900 situaciones de abuso sexual hacia niños, niñas y adolescentes, 3 de cada 4 afectaron a personas de sexo femenino, el 83 % de los abusadores fueron hombres y el 46 % padres o parejas de la madre. (Fuente: SIPIAV).

Basta ver los datos estadísticos con los que contamos para entender la masividad de las violencias. Además, no debemos perder de vista, que estos son los casos que llegan al sistema, que piden ayuda, que se reportan o son detectados, porque muchos, muchísimos casos permanecen en la invisibilidad.

Reconocemos la violencia de género, pero la reconocemos “a la uruguaya”, porque a veces parece que vivimos en un país, donde nunca pasa nada, o si pasa es a una escala mínima. Parece que lo malo sucede afuera, que la “verdadera” violencia hacia las mujeres, ocurre en Ciudad Juárez, Guatemala o en los países árabes, pero que en Uruguay no llegamos a tanto. Esta idea es parte del conjunto de ideas que producen y reproducen el clima de impunidad.

Lagarde (2014), conceptualiza el clima de impunidad como aquellas condiciones que permiten la ocurrencia de violencia letal hacia las mujeres.

Ella expresa: “En las regiones donde hay crímenes contra mujeres hay otras formas de violencia contra las mujeres que están presentes en la vida social, de forma constante, tolerada socialmente y por las autoridades, que crean un clima de impunidad.”

El clima de impunidad del que habla Lagarde, se sigue consolidando y reproduciendo de múltiples formas en nuestro país.

Frente a esta masividad de la violencia sexual, la violencia doméstica y la violencia femicida, seguimos escuchando los mismos argumentos de sospecha de las víctimas, de poner en duda sus relatos y su credibilidad, de minimizar las violencias, de no intervenir en los casos porque “no es el momento”, “no nos parece adecuada la estrategia”, “no le corresponde esta zona”.

Seguimos viendo profesionales que prefieren no ver, para no complicarse el día, que prefieren pensar que “algo habrá hecho”, o ponen en duda la violencia porque la víctima no se ajusta a ciertos parámetros esperables. Es una víctima que no muestra angustia, que se muestra querellante, que nos cuestiona y nos agrede.

En un país donde la violencia hacia las mujeres adultas, niñas y adolescentes tiene una incidencia altísima, la academia, no incorpora en la curricula de grado, la formación en esta problemática. Estamos inundados de profesionales que no saben de violencia basada en género, de maltrato infantil, que trabajan desde ideas prejuiciosas acerca del abuso sexual y la violencia de género, que no saben decodificar los efectos de las violencias, la expresión del daño, que no saben leer las formas en que las victimas expresan la situación que viven, no saben interpretar los indicadores, no saben valorar los riesgos, no saben entender la dinámica que sucede en las situaciones de violencia de género, la ambivalencia, la retractación, la anestesia emocional, la indefensión, no saben valorar los riesgos y no saben identificar relaciones abusivas que rompen los ojos.

Pero la falta de formación profesional, no es el único problema al que las víctimas de violencia se enfrentan. También se enfrentan a la ideología patriarcal que nos ha colonizado y que reproducimos día a día, hora a hora, segundo a segundo. Esa ideología patriarcal, avanza y avanza, tratando de mantener incuestionable la doble moral sexual, que culpabiliza a las víctimas, que las responsabiliza de la violencia sexual que sufren y que no se quiere meter en “problemas de pareja”. Aunque esos “problemas de pareja” terminen en un femicido. Esa doble moral sexual que siempre duda de las denuncias de abuso sexual, que desprecia a las víctimas, que cree que “si la mujer va a la boca del lobo”, se tiene que bancar las consecuencias, aun si las consecuencias implican una violación individual o grupal.

Para cerrar esta columna quiero destacar dos cosas más.

Primero, reconocer a quienes hacen la diferencia, quienes están en las comunidades, en las oficinas, en la casas vecinas, en los consultorios, en las puertas de emergencia, quienes están pateando el barrio, en las aulas de las escuelas, liceos y facultades, en los juzgados, en las coberturas periodísticas, en las celdas, en los consultorios jurídicos, en el parlamento, en las seccionales policiales, en las organizaciones sociales, barriales, sindicales, en los hogares de protección, en las calles .

Esas personas, que hacen la diferencia junto a las víctimas de violencia de género, son personas convencidas de que otro mundo es posible, son personas que saben que necesitan buscar herramientas, que necesitan formarse y así lo hacen, son personas que buscan salidas aun donde no las hay, que ensayan nuevas y creativas respuestas cuando todas las soluciones se cierran. Son personas comprometidas con la trasformación social, con la lucha contra toda forma de opresión, que salen día a día a la cancha buscando hacer esa diferencia.

La diferencia entre ser funcional a un sistema desigual, heteropatriarcal y violento o desarrollar micro políticas de transformación, acompañamiento y protección.

Cada cual elige qué caminos quiere transitar, pero es responsabilidad del Estado, garantizar derechos humanos, garantizar a las mujeres una vida libre de violencias y si trabajamos en el Estado, es nuestra responsabilidad trabajar en estos sentidos.

Lo segundo y último que quiero decir, es que estoy convencida que, parar con la violencia letal hacia las mujeres, es posible. Está en nuestra cancha, está en nuestras manos, está en nuestras palabras, está en nuestras enseñanzas, está en nuestras prácticas. Pero no podemos olvidar que implica transformar relaciones de poder, que implica asumir un cambio radical del sistema, que implica afectar intereses, privilegios y dominios múltiples. Por lo cual, lo que parece estar en nuestras manos, a veces se diluye cuando hay que tomar partido. No hay neutralidades en las violencias, o estás con los opresores o estás con los oprimidos peleando por relaciones igualitarias.

Desmontar el patriarcado no es una expresión de deseo, es un asunto que implica decisiones firmes, voluntades políticas, valentía y mucho presupuesto.

*1. “Necesitamos una categoría que pueda ser llevada a la categoría de un nivel jurídico en el fuero internacional de Derechos Humanos, que hable de un tipo de crimen de otro orden, donde la mujer muere no en la dinámica de las relaciones interpersonales, sino que muere por el genus (género), es decir que no hay conocimiento, que sus torturadores no la conocen, no hay una relación personal, ni una proporcionalidad uno a uno entre el asesino y su víctima. Sino que un grupo y un mandante de asesinos victimizan a un número alto de mujeres, un número mayor de víctimas y es allí donde propongo que reservemos la categoría femigenocidio”. Entrevista a Rita Segato. Fundación Iberoamericana para el Desarrollo. Recuperado de: www.fundacionfide.org/comunicacion/noticias/archivo/81564.html


*Andrea Tuana es licenciada en Trabajo Social y magister en Políticas Públicas de Igualdad, directora de la ONG El Paso, e integrante de la Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica y Sexual.