30 años, de Paulós a Manini

Por: Leonardo Haberkorn

opinion

24/03/2019 08:30

Publicado: 24/03/2019 08:30

Escribe Leonardo Haberkorn*

En 1988, tres años después de recuperada la democracia, entrevisté al entonces presidente del Centro Militar, el general Iván Paulós.

Fue una entrevista hecha en forma conjunta con Álvaro Diez de Medina, para la revista Punto y Aparte. Se publicó en la edición de setiembre de ese año.

No fue una tarea fácil. Para empezar, y en un acto que parecía más propio de la dictadura, Álvaro y yo debimos pasar por el Centro Militar y dejar nuestras cédulas unos días antes de la entrevista. No unas fotocopias. Las cédulas. Nos las devolvieron cuando fuimos a hacer la nota.

Cuando llegó el día, al entrar a su despacho el general Paulós le citó a Álvaro todos los antecedentes políticos de su padre, como para que nos quedara claro que sabía todo lo que tenía que saber sobre nosotros.

Más que una entrevista, fueron dos. En la primera charla, bajo un cuadro que mostraba a los cuatro soldados acribillados en un jeep a mansalva por el MLN, Paulós pidió que no grabáramos.

Ese día comentó que su despacho se había transformado en un “confesionario” a donde los oficiales iban a contar sus penas: uno cuyo hijo había tenido que dejar la facultad por el hostigamiento de sus compañeros, otro cuya hija había sido “desgremializada” en una asamblea estudiantil, otro dolido porque lo llamaban “torturador”.

El propio Paulós estaba ganado por esa desazón. No entendía porque los politólogos decían que era un “duro” si él se sentía razonador y flexible.

Al otro día nos permitió entrevistarlo. Uno de nosotros le preguntó por “los brutales excesos que cometieron las Fuerzas Armadas” y él respondió: “no sé a qué excesos se refiere”.

Ese fue el tono de la conversación.

“Acá se declaró el estado de guerra interno, y las Fuerzas Armadas fueron llevadas a cumplir su cometido”, dijo el general retirado. “¿Usted sabe lo que es la guerra? Todos lo sabemos. Pero en esencia, la guerra es la realización de acciones violentas”.

Y continuó:

“Ustedes quieren enfrentar los problemas de derechos humanos con la guerra? Si el primer derecho humano es la vida. Y la guerra es el primer atentado contra la vida. Entonces son, por definición, cosas incompatibles (...)

Cuando hablamos de decenas de desaparecidos o de muertos, es una insignificancia para lo que se logró”.

Por fin, de tanto repreguntarle, Paulós admitió que “ha habido errores. Cientos de errores”. Y calificó como “un exceso” y “un hecho muy lamentable” la muerte de Vladimir Roslik en un cuartel en 1984.

Pero negó con mucha vehemencia y un énfasis muy tajante la posibilidad de que los responsables de esos “errores” fueran siquiera identificados, porque -sostuvo- habían actuado en el marco de una acción colectiva y con las mejores intenciones: “Eso es aparentemente justo. Pero en la esencia es una mala fe, y una mala intención, y un revanchismo, contra quienes tanto han hecho para el bien de la patria”.

Cuando terminó la entrevista, recuerdo haber salido a la calle con una sensación profunda de desazón. No habría acercamiento posible, ni reconciliación, ni ninguna posibilidad de llegar a un punto de acuerdo. Sentí que la brecha entre civiles y militares no tendría solución.

Treinta años después, pude dialogar un par de veces con el comandante del Ejército, Guido Manini Ríos.

El acceso fue más sencillo. No hubo que dejar antes el documento para ser averiguado. En su austero despacho, Manini no tenía nada que recordara el enfrentamiento contra los tupamaros.

Cuando hablamos por primera vez, el comandante acababa de tener un serio diferendo con Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos. Manini había anunciado que tenía un dato sobre un posible enterramiento clandestino, pero la información había resultado falsa.

Familiares sintió que todo había sido una tomada de pelo. Él, en ese diálogo, aseguró que no, que el dato había venido de un militar que parecía saber lo que decía, que había presentado elementos que le daban crédito a su relato, que él también había sido engañado. Había actuado de buena fe, dijo. Él era el primer interesado en tratar de aportar información que permitiera encontrar a los desaparecidos, agregó, porque eso le haría un gran bien al Ejército.

Parecía estar diciendo la verdad. Le creí.

Le hablé de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, y de algunos de sus casos más notorios y aberrantes.

En esa primera charla, Manini respondió con la condición de que lo dicho no se publicara. Pero unas semanas después, ante mi insistencia, aceptó una entrevista que se publicó en Ecos, el 1 de febrero de 2018.

-¿Qué sintió cuando apareció el cuerpo de Julio Castro y se vio que había sido ejecutado?

-Una gran vergüenza. Se comprobó que mataron a alguien de 69 años que no era guerrillero, era periodista. Ninguna razón pudo justificar algo así. El que lo hizo, lo hizo por una concepción totalmente errada. Las Fuerzas Armadas capturaron a los principales líderes guerrilleros y los cuidaron muy bien. Sendic, que fue capturado gravemente herido en la cara, fue operado varias veces para salvarle la vida. Se lo pudo haber dejado morir, pero no se hizo. No era la forma de actuar del Ejército. Pero tres o cuatro años después, sobre todo en el Servicio de Información y Defensa, comenzó a haber otra forma de actuar. Y ahí comenzaron a ocurrir los casos más injustificables de la dictadura, como el caso Castro, el segundo vuelo y el caso María Claudia García de Gelman.

-¿Cómo definiría el caso de María Claudia García?

-Como lo más bochornoso e indefendible que se pueda haber realizado en aquellos años. Es el mismo horror que Castro, pero acaso peor porque María Claudia tenía 19 años.

-¿Qué querría que pasara al respecto?

-Que se conociera exactamente la realidad de lo que ocurrió, cómo ocurrió, quién fue responsable, y que no pague la Institución por las barbaridades que hicieron algunos.

Treinta años después de la entrevista con Paulós, salí de aquella entrevista con Manini con cierta ilusión y esperanza. Quizás, tres décadas después, pudieran comenzarse a dar los pasos tanto tiempo esperados.

No fue así. La declaración de Manini -que yo sepa, la primera de un comandante del Ejército con ese nivel de autocrítica y condena sobre los horrores de la dictadura- pasó desapercibida. Si él con sus dichos había querido ofrecer un gesto reconciliatorio, casi nadie se dio por enterado. A un lado y al otro de las trincheras.

El tiempo pasó y los esfuerzos de Manini Ríos por aportar un dato sobre los desaparecidos - si eran sinceros- siguieron sin dar ningún resultado.

En eso estaba la cosa, un año después de aquella entrevista, Manini se despachó con su brulote contra la actuación del Poder Judicial.

Escribió, en un documento que le envío al presidente Vázquez, que la Justicia en muchos casos trató a los militares como enemigos y los consideró culpables "aún antes de ser juzgados", condenándolos en base a "convicciones inadmisibles, sin pruebas fehacientes y en muchos casos fraguadas o inventadas".

Aunque otros -incluyendo a la exministra Azucena Berrutti- hayan criticado los juicios a los militares, lo lapidario, tajante y genérico de los dichos de Manini resultó chocante. Hubiera sido mejor que argumentara caso por caso. Porque algunas de las actuaciones judiciales que parece descalificar son las mismas que han arrojado luz sobre esos mismos casos de horror a los que él se había referido un año antes.

La segunda cosa chocante fue que el comandante Manini eligiera hacer su manifiesto contra el Poder Judicial como apostilla de un insólito y grotesco Tribunal de Honor realizado ni más ni menos que a José Nino Gavazzo y Jorge “Pajarito” Silveira, condenados por la Justicia por 28 homicidios.

Lo haya querido hacer o no, Manini Ríos apareció como defendiendo a dos militares acusados, condenados y señalados por decenas de testimonios como responsables de los peores abusos y crímenes de la dictadura.

El presidente Vázquez -al cesar a Manini- recibió el apoyo total del oficialismo y el de una abrumadora mayoría de la oposición y de la prensa. De los civiles.

Manini, mientras tanto, recibió el apoyo del Centro Militar, del Círculo Militar, y de cientos o miles de militares activos o retirados en las redes sociales. Hasta se habló de crear un partido militar, como en los tiempos del coronel Bolentini.

Volvió a escucharse la palabra “revanchismo”.

El comandante pateó el tablero y atrasó el reloj 30 años.