Tinta china, el stand up de Vázquez y algo más

Por: Miguel Ángel Campodónico

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17/03/2019 07:23

Publicado: 17/03/2019 07:23

Opina Miguel Ángel Campodónico*

“Convengamos, señor, en que hacía falta una revista así, de sangre dulce, en este país en el que hay un 45% de analfabetos y un diputado cada dos mil almas (…) Distinguido amigo, sepa Ud. de una vez que la revista extranjera es pornográfica y que la revista nacional es inocua. En este sentido Tinta China, se ne fute…”.

Tinta China, publicación montevideana, así anunciaba descaradamente su finalidad. Fue un semanario de veinte páginas que luego fue quincenal y que finalmente apareció con irregularidad. Duró con sus noventa números desde el 8 de setiembre de 1927 hasta el 4 de febrero de 1932.

Desde el principio se constituyó en un aguijón periodístico que, con atrevido humor, fue capaz al informar de transformarse en ácida ironía.

“Hemos organizado en serio una gran empresa en broma. Al revés de lo que se hace en este país, donde se organizan en broma empresas en serio”.

Ese es uno de los habituales recuadros con los que recordaba su transgresora forma de decir para justificar su presencia en el periodismo nacional.

Abarcaba todos los temas, es decir, políticos, policiales, deportivos, sociales y culturales. La tapa consistía en una caricatura política sobre un tema de actualidad y las secciones permanentes estaban a cargo de responsables que se valían de seudónimos que no dejaban dudas sobre sus intenciones: Fray Telescopio, Tachuela, Fray Estoque, Fusta, Mr. Picana, Latiguillo, etc.

En el primer momento fue dirigida por Vicente Basso Maglio y Abelardo Rondán, figurando luego este como único director. No eran dos desconocidos, el primero fue un elogiado poeta nacido en Montevideo, además de dramaturgo, crítico literario y ensayista que participó en la fundación de la radio El Espectador. Rondán, por su parte, nacido en Salto, también se destacó como poeta y fue colaborador de diversos diarios y revistas americanos, al tiempo que sobresalió como animador de grupos culturales y de ayuda social.

Vengamos a nuestros días. Navegando en medio de las revueltas aguas políticas, zarandeado por las acusaciones lanzadas desde un lado y del otro, aturdido por los adjetivos más furiosos que tienen como blanco fijo a los adversarios, al parecer culpables de los males del país, el periodismo uruguayo de hoy hace su trabajo obligado a dar cuenta de todos los desbordes verbales y de no ocultar ninguna declaración por disparatada que sea.

Cumple así con su deber de informar sin cortapisas, a pesar de que con ello termine provocando en la gente un estado de comprensible decepción y de rechazo a la actividad política. Es necesario creer que la mayoría de los uruguayos desea que los políticos y sobre todos los gobernantes utilicen otras armas, que se enfrenten a sus adversarios en una contienda limpia y que se batan en duelo verbal respetando las reglas más elementales. Que en el debate busquen la victoria con honor no con bajeza.

No hay, sin embargo, señales de que esto cambiará en la tempranera campaña electoral. Por eso el periodismo podría seguir los pasos de Tinta China para provocar la risa incluso cuando algunos políticos buscan derribar a sus adversarios con golpes bajos. Esas trompadas que nunca son penadas por ningún árbitro.

Sería entonces cuando el espíritu de Tinta China resucitaría como un remedio eficaz para que se saboreara una forma de periodismo que a principios del siglo XX llamó la atención. La prensa se ocuparía de esa manera de los hechos con la ajustada puntería de los francotiradores, dispararía sobre todo a partir de una mirada bromista que le daría a la gente la posibilidad de informarse y de reír al mismo tiempo.

La risa como calmante sería la regla a cumplir. Podríamos reírnos mientras nos enteramos de las noticias desagradables y de las declaraciones políticas más alejadas de la ética y de la estética. Reiríamos hasta llegar a las lágrimas.

Pensemos cómo hubiera tratado Tinta China el Stand Up de Tabaré Vázquez en el Antel Arena a cuya construcción se había opuesto duramente y en el que actuó respaldado por una fiel claque.

Imaginemos de qué forma Tinta China se hubiera ocupado de Pluna, de Ancap o del título de Sendic.

Tratemos de reproducir mentalmente las risas que hubiera provocado Tinta China al dar cuenta de cualquiera de las postsocráticas especulaciones de José Mujica.

Ocupemos por un instante el lugar de un periodista de Tinta China explicando el papel de presidente de la República que representó Fernando Vilar frente a las cámaras de la televisión.

Empecemos ya a reír al creernos que estamos escribiendo en Tinta China para anunciar la inauguración del Tren de los Pueblos Libres, muerto al nacer.

Alcanza con imaginar todo eso y muchas cosas más para empezar a desternillarse de risa, la información se conocería en medio de una sinfonía de carcajadas. Un camino que contribuiría a la salud mental de la población ya que la risa es un gran remedio. Por algo Tinta China llegó a declarar en aquel remoto tiempo que contaba con diez mil lectores y a anunciar frecuentemente que el tiraje se había agotado.