Verdades e incertidumbres

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16/03/2019 09:20

Publicado: 16/03/2019 09:20

Opina Oscar Larroca*

716 mil páginas en español comentan, explican o reivindican el “terraplanismo”. Esto es, la idea, alimentada por un heterogéneo grupo de personas en todo el mundo (ya no podría usar el sinónimo “globo”) de que la tierra es plana. Si se escribe “Flat Earth” (Tierra plana) en YouTube, aparecen más de 25 millones de entradas. En Netflix, por su parte, se puede ver el documental Tan plana como un encefalograma (Ty Evans, 2018) que sigue el diario vivir de algunos de los más célebres integrantes estadunidenses de esta comunidad.

El documental no profundiza en el fenómeno más allá de algunas pocas y ligeras conclusiones asociadas a los “signos de pertenencia”, o a la “experiencia grupal de los individuos rechazados por la sociedad”. En todos los casos se trata de personas que creen en teorías conspirativas de parte de la NASA, la masonería, los grandes industriales del agro, y los laboratorios médicos (SIC). En varios de esos sujetos resulta palmario su trastorno psíquico, pero en otros casos se trata de individuos aparentemente mesurados, supuestamente reflexivos y con un bagaje de conocimiento sobre física que supera en todo caso la media del total de sus integrantes. Guillermo Wood, un miembro terraplanista explica: “Mis argumentos son geométricos y de trigonometría esférica. La Tierra plana no es una moda. No me importa que la ciencia no nos tome en cuenta. Cualquiera que se ponga a reflexionar con la mente, con el corazón y la intuición abiertos concluirá lo mismo que nosotros”.

Algunos científicos ya han comenzado a prestar atención a este fenómeno, pues la visibilidad de los terraplanistas va en aumento. Y estos cada vez son más.

El sarampión es un virus que produce fiebre alta, secreción nasal, conjuntivitis y erupciones en todo el cuerpo. Esta dolencia tiene el dudoso honor de ser la enfermedad más contagiosa -se mide con el llamado índice de Ro- muy por encima de la gripe, el ébola, el VIH o la rubeola. En términos promedios, en una población susceptible (es decir, no vacunada), una persona con sarampión infectaría a otras dieciocho, la gripe a tres y el ébola a una persona y media. Según datos del año 2017, el sarampión sigue siendo una de las principales causas de muerte entre niños pequeños en países en vías de desarrollo: en 2015 causó 134.200 muertes en todo el mundo.

En algunos países del tercer mundo el bajo porcentaje de niños vacunados es debido a la precariedad de los sistemas de salud (Rumanía y Ucrania adolecen de sistemas sanitarios pujantes y su situación política es inestable), pero en el primer mundo -particularmente en varios países de Europa- la explicación tiene que ver con el resurgimiento de los padres antivacunas.

“Las teorías conspirativas de que las vacunas no son seguras o que la industria farmacéutica solo quiere enriquecerse acaban surtiendo efecto”, explicó un médico catalán. Tampoco se trata de padres y madres con escasa alfabetización; generalmente son bachilleres y universitarios de tendencia “pro”. Ni la evidencia científica ni la solidaridad (el contagiar a otros) son razones de peso para estos individuos. Y cada vez son más.

En los últimos dos años han surgido terapeutas especializados en técnicas ancestrales cuyo fin es el de sanar el cuerpo y conectar el espíritu con el cosmos. Nada nuevo si tenemos en cuenta la cantidad de falsos profetas que prometen la prosperidad eterna para el sufriente siempre y cuando asista a un costoso retiro espiritual en algún país de Asia. Tampoco es nuevo si uno se atiene al recuerdo de las afables curanderas de barrio que “tiraban el cuerito” (bastante denostadas, por cierto) y a los rituales de las hechiceras y hechiceros de tribus antiguas o contemporáneas. Algunos terapeutas trabajan con las particularidades propias de cada sexo, como las “terapeutas menstruales”, que ayudan a las mujeres a “reconectarse con su ciclo menstrual, con su energía sexual y a empoderarse.” “Heridas portales”, “materiales brujiles”, “mandalas de sangre”, “cantos mantras”, son algunos de los términos utilizados para entender el cuerpo y contrarrestar las consecuencias del consumo de los métodos químicos (anticonceptivos, toallas higiénicas, etc.).

La ciencia médica y los científicos de la salud se toman su tiempo para mostrarse de acuerdo con estas terapias alternativas. Sin ir más lejos, la acupuntura todavía es una práctica no totalmente admitida por ciertos sectores de la medicina occidental.

Si bien hacen falta más elementos para llevar a cabo un juicio templado, y a juzgar por el interés de los usuarios en estas terapias, podríamos concluir rápidamente que existe una cierta desconfianza hacia los prestadores de salud, como médicos, especialistas y cirujanos. Y sin mencionar el hecho de que el sujeto contemporáneo exige soluciones cada vez más rápidas y efectivas. Por algo las iglesias están desoladas mientras que los templos, los tarotistas y los pastores evangélicos que prometen milagros instantáneos rebosan de parroquianos que necesitan resolver sus problemas “ahora”. Y también son más.

¿Qué tienen en común estos fenómenos socioculturales? El concepto posmoderno del “vale todo”, el descrédito hacia los relatos históricos, el nihilismo hacia las instituciones, el desprecio a la ciencia según el poder o la genitalidad de quien arribó a determinadas conclusiones, una particular idea de lo que significan los conceptos “autonomía”, “participación” y “emancipación”, entre otras causas.

Son cada vez más quienes quieren quemar las iglesias, la academia, los libros, las pinturas, los museos y los testimonios de nuestra perfectible civilización.
¿Terminaremos obedeciendo a una doctrina que afirme que la tierra es plana? ¿Cuántas muertes de niños no vacunados se necesitan para que los movimientos antivacunas no prosigan con su causa? ¿Son los médicos, los historiadores, los científicos y los intelectuales los nuevos enemigos de esta sociedad decadente y anestesiada? Alguien podría decir que yo también estoy hablando de la existencia una “teoría conspirativa”, pero quisiera creer que esta circulación del sinsentido es propia de las sociedades capitalistas contemporáneas e hiperconsumistas como consecuencia del deterioro de la educación. En todo caso, una de las puntas de la madeja.

*Oscar Larroca es artista plástico, profesor y ensayista.