El Ministerio puede y debe hacerlo

Por: Miguel Ángel Campodónico

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11/02/2019 07:32

Publicado: 11/02/2019 07:32

Opina Miguel Ángel Campodónico*

Mi intervención en el asunto Espínola Gómez termina con esta columna.
Recibí dos respuestas oficiales, es decir, de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura, aclarando el destino que tuvieron los muebles y objetos diversos comprados por el artista. Esto es lo que estoy buscando desde hace siete meses, es decir, saber dónde estaba todo lo que se encontraba en el edificio de la calle Paraguay 1176.

Según la primera respuesta fechada el 28 de diciembre de 2018, “cuando la Dirección de Cultura tomó posesión del lugar lo único que existía era la obra de Espínola”. Se refiere obviamente a la obra pictórica, todo lo demás ya no estaba ahí.

Los albaceas de esa obra cumplieron con el mandato recibido ya que ella se encuentra ahora en el Museo Nacional de Artes Visuales, lo que significa que está en poder del estado, tal como debía ser.

En la segunda respuesta oficial, del 31 de enero de 2019, se me contestó que en el testamento de Espínola Gómez se designó “a la Sra. Magalí Sánchez como albacea de todo el resto de sus objetos personales que a la fecha permanecen a su poder”.

Que la mencionada señora fue designada albacea de esos objetos personales yo lo había expresado en mis columnas. Ahora se agrega la declaración de la Dirección de Cultura aclarando que los objetos permanecen en poder de ella. No soy yo quien aventura una opinión, es el ministerio quien lo afirma, si alguien quiere discutirlo deberá dirigirse a las autoridades.

Destaco el pasaje de la declaración oficial del ministerio en la que se afirma “todo el resto de sus objetos personales…”, ya que cuando se dice “todo” no hay dudas sobre lo que eso significa. Ese todo debería abarcar –es apenas un ejemplo- el enorme ropero de caoba que compró en una casa de antigüedades de la Ciudad Vieja por el que pagó alrededor de dos mil dólares.

Albacea, según la definición de la Real Academia de la Lengua Española, es la “persona encargada por el testador o por el juez de cumplir la última voluntad del fallecido, custodiando sus bienes y dándoles el destino que corresponde según la herencia”.

El albacea en definitiva no se convierte en dueño sino en un mero encargado de custodiar lo que deberá llegar al destino ordenado por el testador.

La última voluntad del fallecido según lo transcripto en su testamento fue que todo se entregara al museo que llevaría su nombre “hasta completar mi acervo representativo”.

Por distintas razones el museo nunca se creó. Me ocupé en mis columnas de explicar la causa seguramente decisiva, esto es, la ruptura de Espínola Gómez con el expresidente Julio María Sanguinetti al enviarle una agresiva carta que quebró la relación para siempre.

En mayo de 2018, a quince años del fallecimiento del artista, el Ministerio de Educación y Cultura inauguró en el ahora casi legendario edificio de la calle Paraguay, lo que llamó Espacio Espínola Gómez. Se hizo un acto con bombos y platillos que dio lugar a discursos de la ministra y del director Sergio Mautone. En ese lugar se colgaron unos poquísimos cuadros de Espínola Gómez, algunos a una altura inapropiada. Eso fue todo, el resto se dedicó a oficinas de la Dirección de Cultura.

La decisión ministerial de crear ese espacio y denominarlo con el nombre del artista permitió imaginar que las autoridades querían homenajearlo. Entonces, si realmente esa fue la intención debió aprovechar la oportunidad para llevar a él todo lo que, según la propia Dirección de Cultura, permanece en poder de quien fue nombrada albacea. En definitiva el Espacio Espínola Gómez sería algo así como un remedo del museo nonato y sobre todo sería una forma de respetar al menos en parte la última voluntad del homenajeado.

Un artista que llevó su versatilidad desde originar el logo del Frente Amplio, el de la CNT, la decoración del gasómetro de la rambla Sur y la remodelación del Palacio Estévez de la Plaza Independencia durante la primera presidencia del doctor Julio María Sanguinetti cuando todavía no se había roto la amistad. El PIT CNT llegó, incluso, a hacerle un homenaje público.

Hoy en día se está a tiempo de llenar ese vacío literal y metafórico que se impone en el edificio de la calle Paraguay, ya que el salón es un espacio desierto en el que además golpea tristemente la ausencia de lo que debió estar según la voluntad testamentaria.

El ministerio debe hacerlo, de lo contrario el homenaje a Espínola Gómez quedará reducido a una hueca denominación. Muy poco, sin duda. El máximo organismo encargado de la cultura tiene ahora la obligación de actuar. ¿Lo hará o tolerará que tantos años después de la muerte del artista lo que debería estar ahí continúe en manos privadas?

*Miguel Ángel Campodónico es escritor y periodista.