La campaña electoral que padeceremos

Por: Oscar Larroca

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10/02/2019 11:10

Publicado: 10/02/2019 11:10

Opina Oscar Larroca*

En pocos meses más comienza la propaganda electoral. En primera instancia para las internas y luego para las elecciones nacionales.

Los precandidatos Juan Sartori (Partido Nacional) y Edgardo Novick (Partido de la Gente) tuvieron que eliminar spots publicitarios de medios masivos ya que violaron las leyes 17.045 y 17.818 relativos a lo político electoral. La decisión tomada por las autoridades de la corte correspondiente está sujeta las normas vigentes (aunque con el mismo criterio cabe preguntarse si no existe publicidad implícita en los spots emitidos por el gobierno y que los medios audiovisuales están obligados a emitir en una cantidad determinada de minutos diarios).

De cualquier modo, con trampas bajo la manga, más allá o más acá, ya se comienza a percibir la contienda para un año electoral que será, posiblemente, uno de los más reñidos de los últimos lustros. Es probable que algunos oferentes político-partidarios recurran a los golpes bajos a sabiendas de que muchos votantes son presas fáciles del eslogan, el miedo y la promesa mesiánica. Los estereotipos torpes estarán a la orden del día, como aquél aviso del Partido Colorado en las elecciones del año 2004, en el cual Pedro Bordabery viajaba al futuro y nos alertaba de un país en ruinas como consecuencia de las políticas económicas del Frente Amplio. Si de viajes al futuro se trata, también los adherentes a Constanza Moreira viajaron al futuro de la mano de un personaje interpretado por Gabriel Calderón, quien nos advertía de la desdicha sufrida por los uruguayos que votaron a los partidos de la oposición.

Apelar al miedo es una estrategia que fue utilizada por los militares durante la campaña electoral de 1971: osos rusos, tanques de guerra, muros divisorios, alambres de púa, ghettos comunistas, expropiación de campos y viviendas. En 1980, los militares, otra vez, apelaron a un pasado ominoso durante su campaña a favor de la reforma constitucional.

Clichés

Durante las cuatro primeras elecciones nacionales posteriores a la dictadura (1984, 1989, 1994, 1999), el Frente Amplio encontraba la explicación de sus derrotas en las urnas a expensas del “interior profundo”. En el imaginario colectivo, el interior profundo es una suerte de espacio geográfico divorciado de la civilización y habitado por un espécimen humano (generalmente varón) de clase baja, mestizo, parco en el habla y, por lo general, fotografiado delante de un rancho precario o entrevistado entre gallinas batarazas.

En la medianoche del último domingo de noviembre de 2004, durante el conteo de votos en las elecciones presidenciales, el nacionalista Luis Alberto Heber, adivinando lo peor, formuló un último hálito de esperanza: “No debemos apresurarnos: todavía falta escrutar los votos del interior profundo”. Aquella esperanza anidaba en el hecho de que la izquierda todavía no había hecho carne en los dominios gobernados por los caudillos tradicionales. Sin embargo, esos criollos, otrora fieles a una estirpe de divisas históricas, comenzaban lentamente a alinearse con el sufragio de la capital.

Tabaré Vázquez es universitario. Las distinciones académicas que recibió en los últimos años fueron exhibidas como contrapeso ante la carencia de currículum de su oponente Luis Lacalle Pou en la propaganda electoral del año 2014. Una publicidad exponía, precisamente, a un habitante del “interior profundo”. El personaje, sumergido en un cliché de panza fajada y sombrero al tono, tenía voz aguardentosa y dicción paisana (en lugar de decir “causa”, este hombre murmuraba “caudza”). El individuo se ubicaba en el centro de la pantalla, entre la estampa sonriente y acartonada del doctor Vázquez y la imagen aniñada de Lacalle Jr., en su conocida performance de la “banderita”.

Los argumentos de ese gaucho risueño y cómplice se reducían a detallar los atributos académicos obtenidos por el candidato frenteamplista, en desmedro del despeinado pibe colgado en una columna del ornato urbano.

El Partido Colorado y el Partido Nacional también incurrieron en la desacreditación gratuita a la hora de describir a Vázquez y otros connotados dirigentes de la coalición de izquierdas. Sin embargo, estos modos fueron los mismos utilizados por la coalición para desacreditar la escasa edad que por entonces tenía Luis Lacalle (43 años).

Siguiendo con las anteriores elecciones nacionales, en una publicidad de la senadora Constanza Moreira (lista 3311), se presentaba Nany: una mujer de clase alta que telefoneaba a Luis Lacalle para quejarse de diferentes cuestiones relacionadas con la gestión del Frente Amplio. Aprovechando la polémica en torno a la ley de ocho horas del trabajador rural (una de las leyes promulgadas por la administración en ejercicio), Nany le agradecía a Lacalle Pou su actitud, opuesta a la del Gobierno. Con voz nasal y estirando las comisuras de los labios, esta figura, encarnada por la actriz Gabriela Iribarren, respondía: “Yo ya sé que no votaste la ley del trabajador rural”.

Caricaturas burdas: pitucos, arrogantes, oligarcas con acento a los barrios del este de Montevideo y al sur de la calle Rivera versus laburantes concientizados y cuasi-ideologizados que votan a “la izquierda”. Esta burla hacia el otro, subida al caballo de estereotipos, donde no falta el peón de cejas tupidas o el homosexual de clase alta que se toma las manitos, también se regía por la misma ecuación que fuera utilizada oportunamente por José Mujica: universitarios (es igual a sujetos que no saben lo que es ordeñar una vaca) versus operarios en carreras técnicas (es igual a mano de obra al servicio de la matriz productiva fundada en el agro).

Desde luego, un presidente como Mujica, que se codeaba en el Quincho de Varela con empresarios de dudoso predicamento, embajadores, princesas y oligarcas de verdad (no la oligarca de mentira personificada por la laburante Iribarren), no tuvo más remedio que solicitar disculpas por esta publicidad: “En todo caso, en nombre de mi pueblo, le pido disculpas [a Lacalle Pou]. A veces se nos pasa un poco la lengua en la calentura del momento. Pero la cofradía en nosotros hay que cuidarla. Yo soy amigo de todos, de abajo, de arriba y del medio”.

Ojalá que, para la campaña electoral que se avecina, los publicistas, los mandos medios y demás operadores de todos los partidos políticos, no apelen al miedo y a la zancadilla como únicos insumos del ejercicio argumentativo.

*Oscar Larroca es artista plástico, profesor y ensayista.