¿Se entenderá por fin que no se trata de su boina ni de su campera?

Por: Miguel Ángel Campodónico

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27/01/2019 09:56

Publicado: 27/01/2019 09:56

Opina Miguel Ángel Campodónico*

Cuando se hace una denuncia no se abandona hasta el final, es decir, hasta que se sepa qué fue lo que sucedió. Por esa razón continuaré con lo que empecé hace varios meses. Es necesario aclarar cuál ha sido el destino de los muebles y objetos que Manuel Espínola Gómez dejó en el edificio de Paraguay 1176. No se trata de saber dónde están ni su boina ni su campera, me preocupo –junto a varios amigos del artista- por algo realmente grave.

¿Dónde está todo lo que el artista compró en remates gastando varios miles de dólares para que formara parte del museo que nunca se creó en el edificio del que tomó posesión la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura?

Me he ocupado de este asunto en cuatro columnas publicadas en ECOS durante 2018 (10 de junio, 8 de julio, 18 de agosto y 21 de octubre), de modo que no insistiré con los detalles que expliqué en ese largo lapso. En la última columna anuncié que dado el silencio del Ministerio pediría una entrevista con el Director de Cultura. Eso fue lo que hice.

No me pareció raro que un problema lleno de vacíos y sombras no despertara inmediatamente el interés del Ministerio para aclararlo. Me resultó evidente que para las autoridades carecía de importancia.

La ministra María Julia Muñoz hace pocos días al contestar las dudas planteadas por quienes criticaron la compra del Museo Gurvich aseguró que siempre hay ignorantes y la comparó con la remodelación del Teatro Solís y con la construcción del Estudio Auditorio del Sodre. Hechos que nada tienen que ver con el asunto del Museo Gurvich.

A partir de la imposibilidad demostrada para resolver el enigma de todo lo desaparecido de la calle Paraguay me pregunto quiénes seremos los ignorantes.

Paso a describir la travesía burocrática que cumplí hasta la fecha, una forma de aerobismo administrativo que los uruguayos conocemos muy bien.

El 5 de noviembre del año pasado me presenté en la secretaría de la Dirección de Cultura para solicitar una entrevista con el director Sergio Mautone. Se me informó que el pedido debía hacerlo por correo electrónico.

Al día siguiente, martes 6 de noviembre, envié un correo explicando quién era yo al tiempo que comuniqué cuál sería el asunto que le plantearía al director.

Pasaron trece días sin que se contestara mi pedido por lo que el lunes 19 de noviembre envié un segundo correo repitiendo la solicitud de la entrevista.

Al día siguiente recibí una contestación de la secretaría en la que entre otras cosas se me decía textualmente “le haremos llegar su consulta al director”. Al leer este correo quedé perplejo, habían pasado dos semanas y según entendí mi solicitud todavía no le había llegado a Mautone.

Veinticuatro horas después (21 de noviembre) escribí nuevamente para manifestar mi desconcierto por la respuesta recibida y para pedir una aclaración.

El mismo día recibí un correo firmado por la funcionaria de la secretaría Laura Castagnola con varias explicaciones sobre los procedimientos seguidos al tiempo que me pedía disculpas. A ello agregaba la novedad de que el director me recibiría el martes 27 de noviembre. A esa altura ya habían pasado veintitrés días desde mi pedido de entrevista.

Concurrí a la entrevista con la ansiedad propia de quien por fin podría hablar con el responsable del área cultural. Sin embargo, no fue él quien me recibió.

“Está muy ocupado hablando con unos arquitectos”, me dijo Liliana Viera, asistente de dirección, encargada de recibirme en nombre del director. La explicación usada para justificar la ausencia de Sergio Mautone, estuvo a punto de provocar que yo me retirara pero luego decidí quedarme para hablar con quien no había solicitado hacerlo.

No nos reunimos en un despacho ni en nada que se le pareciera, hablamos simplemente en el gran salón vacío de la planta baja.

De algo estaba enterada la señora Viera, pero lo cierto es que después de hablar más de media hora la única información importante que obtuve fue que por la época en la que habían sucedido los hechos planteados debía consultar al Ministerio de Educación y Cultura, ya que la Dirección nada tenía que ver entonces. Se comprometió a ocuparse y a comunicarme lo que hubiera averiguado.

El 20 de diciembre escribí para preguntar qué era lo que se había averiguado.

Ocho días después me contestó Liliana Viana para decirme que estaba de licencia “por temas familiares”, pero que podía adelantarme que la Asesoría Jurídica de la Dirección de Cultura informaba que cuando esa Dirección “había tomado posesión del lugar lo único que estaba era la obra de Espínola”.

Han pasado dos meses desde la entrevista y no recibí otra información. Algo al menos se ha logrado. Tal como estoy denunciándolo desde junio de 2018 la Dirección de Cultura ha admitido tácitamente que desapareció todo lo que era propiedad del artista. Ahora resta lo más importante: las autoridades deberán individualizar a quienes lo hicieron desaparecer. Cuando eso suceda por fin abandonaré el tema.